miércoles, 11 de noviembre de 2020

 SAN IGNACIO, SINALOA 

RECUERDOS

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

Ellos quieren llorar, no desean sembrar verbos, números y palabras en su tierno cerebro.- Ella les vuelve a gritar con mayor enojo al recordar que ella fue niña  y tuvo que correr sin rumbo sabiendo que sus padres no pudieron o tuvieron la oportunidad de mandarla a la escuela.- Ella quisiera ser una niña nuevamente para llenar de fantasías su mente, plagar de esperanzas su espíritu y lograr la plenitud de sus ilusiones perdidas. Ella quiere ser niña, gritar, correr, jugar a las muñecas ir a la escuela y saber que en casa alguien la espera con la mesa servida por eso grita y repite en diferentes tonos a sus hijos para que asistan a la escuela. Para el padre de esos niños el día es lluvioso, la tierra fangosa, sin embargo hay que ir a plantar las semillas se su maíz y calabaza bajo esas condiciones.

Nadie puede regresar los tiempos, la vida se va y no regresa por más que miremos atrás su sombra se ha marchado. Un día eres niña jugando a las comiditas y quieres ser mujer, después escuchas la voz de tu cansancio y hastió en donde se vuelve obligación y se repite a diario esa rutina perdiendo toda ilusión, pasmado los ojos sobre la limpieza de los trastes con la mirada perdida y la ilusión muerta.

Los recuerdos impregnados de un aroma suave y olor a campo fresco que presagiaba lluvia eran los emisarios del resguardo en casa. Luego vendrían los vapores traspirados por la tierra, aunque impalpables se dejaban sentir en el ánimo placentero de quien vive a plenitud ese carmesí con los ojos de una vida que se esmera en ser desmedida en sus favores y refleja nuevamente los rayos del sol sobre esos rostros para que recuerden la maravilla que les ha tocado vivir en ese espacio de brumas matinales, de hechizos inolvidables, de recuerdos en paseos al rio, la paz de sus montes, el perfume de sus flores, las nubes azules en el horizonte presagiando nuevamente lluvia y la caída de gotas en la hojas de sus árboles.

De mi pueblo San Ignacio, Sinaloa, yo recuerdo esas espantosas rayerías sobre la punta de sus cerros cercanos, la lluvia torrencial. Recuerdo flotando en las calles de arena sobre arroyos de agua que bajaban de la Mesa quienes se juntaban en la calle libertad para bajar por el callejón del beso hasta el parque frente a la Iglesia (Cerro, Atrás del pueblo) Recuerdo ese ambiente cálido, agradable, feliz teñido por los relámpagos de color plata que brotaban de todas direcciones.

 Recuerdo esa vida de niño, de joven apasionado que me excitaba en amores ilusionados, en los suspiros guardados por las grandes emociones que las jóvenes iniciaban en despertar mi juvenil hombría. Son emociones, aluviones de alegrías, recuerdo de mi naturaleza tropical. Son los recuerdos latentes de los árboles que aún siguen en su sitio dando sombras en la cenit de mi existencia y arrancan suspiros al verlos que aún están vivos, que siguen en su sitio. Recuerdo árboles, plantas, flores, hojas caídas en cierta época del año como encajes que visten la tierra, eso desata los suspiros guardados al descubrir que esos recuerdos aun hacen espuma en el centro de mis nostalgias. Recuerdo el arroyo de Colompo con sus socavones perfumados en época de lluvia, el ir al rio a sacar pequeños camarones que se escondían debajo de una piedra.

Allí bajo esas piedras con el agua arremolinada color chocolate que bañaba el cauce del rio. Aguas que pasaban de dormidas a implacables arrastraderos de todo lo que encontraban a su paso y que sentado medio pueblo en las pilas para curtir cueros se dedicaban a contar las vacas que pasaban ahogándose en medio de aquella inmensidad de agua. Recuerdo la luz de la vida, el sol en su atardecer, las promesas entretejidas entregadas a una joven y el placer embriagador de la primera tomada de una mano femenina. Recuerdo el lanchón de Santos Ríos, en donde nos colgábamos de un tubo de acero para cruzar el rio mientras el lanchón se desplazaba de un lado a otro. En ello revolotean las ideas, en esa bola abrazadora de nostalgias cuyos recuerdos los plasmo en una hoja bosquejando lo brillante con sus siluetas borrosas cuyos recuerdos se quedaron en el centro y a la orilla de aquel pueblo sin ser interrumpidos con el paso de los años.

Recuerdo que un día estando distraído me pare justo encima de un hormiguero-, ellas molestas ya se estaban subiendo por dentro del pantalón con destino a mis partes nobles y aunque no eran grandes hormigas si eran los suficiente buenas para picar dejando ardor en la zona. Las mire y tenían un color rojo con colmillos y una aguja lista. Quede por principio paralizado, empecé a moverme tratando de sacudírmelas pero estaban por todos lados, logre arrancarme unas cuantas pero otras hacían de las suyas dentro de mis partes nobles.- Muy graciosas me dije.- Falta y me dejen para caminar arqueado. Las que me mordieron creo lograron penetrar hasta el hueso, la hinchazón se dejó sentir y al caminar cojeaba de seguro me habían dejado estéril. Todo inicio al pararme a observar el hermoso panorama que tenía enfrente pero no vi el suelo.

 Eran miles que caminaban en hilera llevando comida en sus fauces y justo encima del hormiguero me encontraba parado. La única opción coherente fue salir corriendo y tirarme adelante en el agua del rio para deshacerme de ellas. Durante las siguientes cinco horas me aguante bañándome con agua helada y en esta forma disminuir la inflamación. Después de esa traumática experiencia lo que deseaba era no topar con otro tipo de bichos ya fueran voladores o rastreadores por lo que tome precauciones. Los bitachis (Insectos tipo abeja pero más esbeltos y no producen miel) sobrevolaban mi cabeza y aunque se veían inofensivos no los perdía de vista.

La ropa la traía empapada por lo que la extendí en las piedras para que secara rápido, el calor hizo su parte, yo, simplemente me relaje cerca en un remanso de agua completamente desnudo. Un rato después me gano el sueño, buscando una sombra acogedora ante el clima cálido dormí unas dos horas. El sueño trajo a mi mente otra situación: Voy andando por un sendero. Dejo que mis pies me lleven. Mis ojos se posan en los árboles, en los pájaros, en las piedras. En el horizonte se recorta la silueta de las luces del pueblo. Agudizo la mirada para distinguir bien. Siento que me atrae. Sin saber cómo, me doy cuenta de que en este lugar puedo encontrar todo lo que deseo.

Todas mis metas, mis objetivos y mis logros. Mis ambiciones y mis sueños están en están ahí. Lo que quiero conseguir, lo que necesito, lo que más me gustaría ser, aquello a lo cual aspiro, o que intento, por lo que trabajo, lo que siempre ambicioné, aquello que sería el mayor de mis éxitos. Me imagino que todo eso está en el pueblo. Sin dudar, empiezo a caminar hacia allá. A poco de andar, el sendero se hace cuesta arriba. Me canso un poco, pero no me importa. Sigo. Diviso una sombra negra, más adelante, en el camino.


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