SAN IGNACIO, SINALOA
RÍO PIAXTLA
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
RIO: Ahora estoy en el agua del rio, el agua es clara, está en calma, estoy parado en el medio y no hay nadie a mi lado solo la vista en la inmensidad de la belleza que refleja el panorama. Hay tranquilidad en la mente, siento que un manto espiritual cubre todas las cosas a mí alrededor. No hay miedo, la cara esta mojada con gotas de agua escurriendo hacia mi cuerpo. Aprendí a nadar cuando niño pero por lo bajo del agua en esta época no se hace necesario luchar sino nadar para ejercitarme. ¿Qué me retiene en este espacio, que despeja la mente para que la cabeza permanezca erguida con la vista clavada en ese horizonte? El agua esta tibia, decido salir, camino en las pequeñas piedras que laceran los pies.
Cruzo nuevamente el rio a nado,
camino un poco y me paro en un terraplén, vuelvo a caminar y me agacho para
elidir los váraños, miro al cielo azul el cual se está volviendo oscuro con el
arribo de las nubes y con ellas llega el viento que sopla, que mueve las hojas
y váraños. De pronto ya estaba nuevamente a la orilla del rio con el agua a las
rodillas, luego al cuello por lo que opte por zambullirme.
No sentía miedo, ni nostalgia,
no había sorpresas eran momentos que había conocido muchos años atrás y
disfrutaba de ellos. Al salir del agua note que todo el clima cambio y antes de
darme tiempo en recoger las cosas estaba en medio de la tormenta. Al darme
cuenta que no podía escapar decidí disfrutarla, me tumbe en las pequeñas
piedras y espere a que la tormenta pasara mientras abría la boca para que
cayera en ella las gotas de lluvia limpias, claras. Respire hondo mirando a lo
lejos las centellas, ahí estaba tirado en la orilla con unos calzones como ropa
cubriendo las partes nobles. Esto es la vida en la naturaleza, este es el rio
que da vida, su agua limpia. Los pequeños recuerdos poco a poco se fueron
haciendo grandes: Aquellos años donde las preocupaciones de la vida me fueron
alcanzando y solo tenía el recurso de mirar por la ventana la calle sin desear
querer salir a ese mundo tenso que corría cuando llovía. Pensaba que estando
dentro de la habitación las paredes me protegerían, pero al final no aguantaron
las envestidas de la confusión humana, esas que preocupan y comienzan de nuevo
a inquietar los miedos.
Cuando hablaba por teléfono con
mi madre siempre le decía que todo estaba bien, que estaba estudiando mucho
“oh, de mí, que mentiroso era con ella” Solo cerraba los oídos para no escuchar
reclamos del sacrifico que hacía por enviarme el poco de dinero que podía.
Aquellos años de niñez en semana santa en que las familias llevaban a sus hijos
a que nadaran cerca de la orilla, hasta donde el agua cubría sus rodillas.
Muchos no querían mojarse y los aventaban entre varios niños cayendo como sapos
con la barriga viendo al cielo. Ahora el agua sigue siendo azul clara,
cristalina mientras los vientos soplan rumbo a las montañas. Aire limpio que
llega a mi nariz y fortifica la respiración. Aquí hay tiempo para respirar,
para volver a respirar.
En lo interno mientras me retiro
veo a la figura de la sombra de mi padre fallecido montado en su caballo
cruzando el rio con los estribos levantados para que no se mojen y a mi madre
recibiendo los tambos de agua que le llevaba en burros desde este rio. Allá
atrás había un niño hacendoso, atento al servicio de su casa, ahora es un
adulto caminando entre laS piedras entre el agua del rio y las casas, en ese
camino que dejo de ser vereda para unos y otros de los mencionados. Otra línea
nos separa. Estoy parado, levanto los brazos, la cabeza, la mirada y veo por
todos lados esos recuerdos de aquel niño acurrucado en su catre con su madre al
lado achinquechados ambos a las siete de la noche.
Ella tomándole la mano,
acariciándole los puños que posiblemente ese día uso en defensa de sus
arrebatos. Contuve la respiración para disfrutar un poco más ese instante, me
quede un rato parado, volví a respirar, estaba feliz. La tormenta había pasado
pero en apariencia lo oscuro de ella me hizo tirar los malos pensamientos y
deje atrás el joven que miraba sobre la ventana de un departamento en la ciudad
pendiente del caminar de los humanos por la calle. La lluvia lavo su cuerpo y
alma y dispuesto a comenzar tomo rumbo al caserío en donde vio la luz por
primera vez.
3.- AHOGANDOSE: Las últimas
lluvias se dejan sentir en Enero, luego el rio baja poniéndose casi seco pero
esa agua que corre sirve para bañarse en la Semana Santa antes de que
nuevamente lleguen las lluvias. A la gente les gusta remojarse y se van al rio
la familia completa. Por supuesto aquellos que van gustan en mostrar algo de lo
que poseen (Autos, caballos, joyas, etc.) Salen con su ropa de playa (Rio),
sombrero para el sol, una hielera, balón de para jugar en la arena y dispuestos
a socializar. En febrero compran sus trajes de baño. En las calles se mueve la
pasión de Cristo, el caso es que todos andan ocupados con sus propios paseos y
trucos, no importa si su cuerpo es Miss Universo o no. Lo importante es que
este tirado en la arena o metido en el agua, que no tengas dolor y disfrute de
lo que está haciendo. En el rio todos los niños aprenden a nadar, hacen
ejercicio y se mueven por todos lados. Se practica la respiración de boca a
boca por los enamorados.
Asi que en mi familia aprendimos
a nadar porque asi se estila. Cuando éramos jóvenes estábamos rodeados de agua
en tiempo de lluvias, asi que el rio y los arroyos se convertían en un reto a
saltar, todos los días lo hacíamos. Ahí aprenden a nadar nuestros burros,
caballos, perros, vacas, nos prendemos de su cola para jugar a que nos jalen.
Nos bañamos en lugares que no sean profundos y jugamos mientras los más
pequeños se aferran a la espada colgados del cuello. El que no sabe nadar traga
agua y no falta la mano amiga que lo saca de los pelos antes de que se hunda.
El medio ahogado lo tiran en la
arena de la orilla del rio y toda la gente se inclina alrededor a observarlo.
Eso es motivo suficiente para que en el pueblo se corra la noticia y el que se
andaba ahogando no sale en tres días de su casa por la vergüenza a la que lo
someten. Incluso aunque sepas nadar sigue siendo peligroso si te agarra
desprevenido o indigestas después de una opípara comida con sus chicharrones de
puerco. Eso le paso a un joven de secundaria
cuando lo tiraron en una alberca en la parte profunda y resulto que la
mayoría de los chamacos que lo tiraron tampoco sabían nadar. Yo estaba vestido,
con zapatos y me avente a sacarlo.
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