TRABAJO DE LAS MUJERES EN MÉXICO
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN
ANTONIO
Diplomado y Maestría en
Desarrollo Humano
México con una población de 130
millones de habitantes y una población de 48% de hombres por 52 % de mujeres.
En el caso de México, el artículo 3 de la Constitución Política establece que
la educación primaria y secundaria son obligatorias. La mejora de la calidad
educativa y el acceso universal a la educación primaria son siempre objetivos
primordiales para las autoridades mexicanas. La educación es vista como un
factor estratégico para mejorar la condición social de mujeres y hombres. Con
la educación, mujeres y hombres se encuentran en un espacio donde las
relaciones entre ellos son más igualitarias y menos discriminatorias. En
cambio, la desigualdad de género en la educación afecta la participación de
mujeres y hombres en el mercado laboral y en la vida pública. La desigualdad de
género en la educación es también una forma de reproducir la pobreza en la
sociedad.
La realidad educativa del país
dista mucho del marco legal establecido por la Constitución que establece el
derecho a la educación para todos los mexicanos sin discriminación de género.
Las estadísticas muestran que, por el contrario, existe una desigualdad de
oportunidades entre mujeres y hombres. En México, las mujeres han sido objeto
de exclusión, discriminación y segregación educativa. Las estadísticas sobre
analfabetismo, los porcentajes de población sin educación primaria completa y
la escolaridad promedio son un claro ejemplo de esta desigualdad. Además, no
hay cursos en el currículo escolar sobre el tema de género.
El nivel de desigualdad es mayor
en los grupos sociales menos favorecidos económicamente. Culturalmente, las
mujeres están en desventaja porque la sociedad les otorga una responsabilidad
más cercana al hogar y la reproducción familiar que al mercado laboral. Por
otro lado, la sociedad otorga al hombre la responsabilidad de ser el principal
proveedor del hogar familiar. Los hombres, en teoría, permanecerán mucho más
tiempo en el trabajo que en casa.
El modelo femenino subyace una
dualidad entre el mundo de la producción y de la reproducción que va alternando
a lo largo de distintos momentos de la vida o se superpone, como ocurre
mayoritariamente hoy entre las mujeres jóvenes. Esto explica por qué las
familias prefieren invertir más tiempo y recursos en educar a los hombres que a
las mujeres, con la esperanza de permitirles una integración más rápida y
favorable al mercado laboral y, en consecuencia, con miras a un mayor bienestar
esperado en el mercado laboral.
Este tipo de diferencia entre
mujeres y hombres es más frecuente en las zonas rurales, pero también donde la
escuela está lejos de los hogares familiares. Cuando estas familias observan
que es necesario invertir tiempo y medios para ir a una escuela lejana,
prefieren que las niñas se queden en casa para ayudarlas allí. Del mismo modo,
muchos padres toman estas decisiones con el pensamiento de asegurar la vida
adulta de sus familias y padres. En los últimos años la participación activa en
el campo laboral la mujer participa en una tasa de 47% a diferencia de 1970 que
participaba con un 17%. La mayor participación es de mujeres de 24 a 30 años de
edad y para el 2025 andarán rondando los 45 años, mientras que más mujeres
jóvenes y solteras llegaran a los puestos de trabajo, esa es la tendencia.
Esto explica cómo ha cambiado el patrón social
de participación económica en la familia. Ahora es necesario tener dos o más
personas de una misma familia que aporten dinero para mantener a la familia.
Además, esta participación económica tiene lugar durante su “período de vida
reproductiva”, es decir, entre los 20 y los 44 años de edad. Las mujeres que
nacen y crecen en zonas marginadas, urbanas, marginadas, zonas indígenas con
menor nivel educativo son las que menos participan, pero se incorporan al
mercado laboral informal puesto que comienzan a trabajar a los 12 años de edad.
La educación siempre tiene un impacto directo y positivo en la inserción de las
mujeres en el mercado laboral y la participación económica.
A mejor nivel educativo, mejor participación
económica. En las zonas indígenas las mujeres tienen los niveles más bajos de
escolaridad y, al mismo tiempo, un mayor número de mujeres trabajadoras. El
porcentaje de mujeres que no perciben salario es siempre superior al de los
hombres (18,9% de mujeres frente a 13,2% de hombres en 1997 y 13,4% frente a
9,1% en 2000). Las mujeres que tienen el mismo nivel de educación que los
hombres y la misma experiencia ganan salarios más bajos que los hombres por el
mismo trabajo.
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