EL PROFESOR A QUIEN LLAMABAN DOCTOR
En un pequeño
rancho, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo que vivía un
joven que cuando se miraba al espejo se impresionaba a sí mismo y al mismo
tiempo se lamentaba por estar rodeado de ignorantes y serviles vecinos. Él
miraba con envidia y fascinación la gran ciudad que era la capital de su estado
natal.
Admiraba el
machismo de las películas de la época de oro que llenaban el cine de su pueblo
para disfrute de los campesinos que allí se congregaban por la noche. Se
inscribió para profesor en la escuela normal en la capital de su estado y
regresaba los fines de semana a su pequeña comunidad, en donde los otros jóvenes
campesinos sin estudios le admiraban.
No era un
gran orador, pero estudiaba para profesor y eso le daba un gran status entre
los suyos y las jóvenes mujeres. Formaba parte de las directivas de todas las
organizaciones presentes en la comunidad: junta de vecinos, consejo parroquial,
cooperativa, fiestas patronales, clubes deportivos, centros de madres, círculo
literario, etc.
En su pequeña
comunidad las calles eran de tierra, el suministro eléctrico era de dos horas
al día, el centro de salud sólo un centro, en donde la salud nunca llegó por
culpa de un cheque que siempre estaba en camino, la escuela no estaba en
mejores condiciones de hecho, era una escuela que no tenía nada que envidiar a
las de Somalia, Etiopía o cualquier potencia mundial.
Un día, no se
sabe cómo, logró un cargo de profesor Universitario y, en muy poco tiempo, pasó
de vivir en una precaria casucha a una mansión de dos plantas con piscina y
jardín, también consiguió un vehículo de alta cilindrada con combustible
asignado y un sueldo que le permitió lograr todo lo imaginable. Los vecinos de
su rancho estaban contentísimos, lo admiraban porque un hijo de la comunidad
había logrado el progreso por la vía de la educación, aunque era un profesor
que nunca toco un gis.
Ahora, cuando
se miraba a su nuevo espejo estaba más impresionado, se decía a sí mismo que lo
habían elegido porque él era el mejor, el único capaz de gobernar a estos
brutos atrasados, analfabetos, esos huérfanos que necesitan un líder instruido,
docto, con capacidad de persuasión.
Ahora no solo
los de su pueblo, sino que todos venían a buscarle con cualquier pretexto para
salir en una foto con él, o a traerle obsequios. Le surgieron amigos hasta por
debajo de las piedras y dejaron de llamarlo profesor para empezar a llamarle
doctor. Estando en el puesto uno de los padres de familia tuvo la brillante
idea de llamarle a la sala de medio “Doctor”
Con la
intención de llamar la atención del personaje. Ellos necesitaban mesas que se
arreglara el suministro eléctrico. Pero él no daba la cara y, además, de manera
altruista, les impartía una conferencia magistral sobre “La influencia de los
mercados financieros aprendido el discurso en su paso por una Senaduría.
Era algo
impresionante, los aplausos eran efusivos, los comentarios también lo eran:
“Menos mal que en la comunidad tenemos al doctor”, “¡Qué diferencia entre el
doctor y los de antes! ¡Qué dominio de la palabra! ¡Ya era hora de que se
tomara en cuenta a un Profesor en nuestro estado!”. La fama del doctor
conferencista traspasó las fronteras del estado. Pensaba que, por fin, él sería
reconocido como lo que era “Un gran líder”
Cuando
alguien le cuestionó que en su estado todos los problemas sociales se estaban
agravando él respondía que “esos problemas debían mirarse desde la perspectiva
de la complejidad y de las interrelaciones de los fenómenos humanos y sociales
que influyen en la conducta humana, además de las variables dependientes de la
tasa cambiaria heredada de gobiernos predecesores”. ¡Pobres e ingratos
ignorantes! No sabían reconocer la grandeza y los fines superiores del Doctor.

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