REFLEXIÓN
RAMÓN
ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Diplomado
y Maestría en desarrollo Humano FESC- Universidad nacional Autónoma de México.
Los
hombres o mujeres que engañan y muestran sus trofeos orgullosos a los amigos
(as), creen ser superiores. La vanidad, el orgullo, el daño, frustración los
acompaña. No son dueños de nada y creen poseerlo todo. Se mueven en el placer, desaparecen
dejando heridas. No entregan amor ni saben dejarse querer.
Estamos
para amar al prójimo, ser para nosotros y los demás, sea como sea, en la
adversidad y en la plenitud. Se apoya al señalar caminos, dar esperanza, fe,
rumbo y al final sentirse satisfecho. Basta una caricia, una palabra de aliento
para refrescar el alma y sirva de inspiración divina. Es su resonancia la
melodía que se desea estar escuchando, que inspire amor, se envuelva en las
fibras del corazón y haga estallar los sentimientos. La decisión está en cada
uno de nosotros para que ¡No! renunciemos y posteriormente en el silencio de la
soledad se lamente. Basta un saludo, frase amable, es la oportunidad y el no
hacerlo una perdida acumulable.
Los
pequeños detalles van abonando, se encargan en bañar los desagravios, hacer que
la vida se mire hermosa en un amanecer o atardecer, es cada palabra esa llama
que acerca o aleja, es combustión para la sana convivencia y genera malestar.
Compartir para vivir es extinguir de la boca palabras que generen confusión
sentimental. Ofender apaga sin contemplación la buena voluntad al grado que
después de soltar se vuelve vano corregirlo. Dominar la palabra desgastante, es
escuchar los latidos del corazón, el silencio de las almas. Respetar es hacer
un hueco para que caigan los malos señalamientos y no puedan flotar hasta la
boca.
Acariciar
con palabras, es alegría latente, energía sutil capaz en despertar al corazón
forjando que aspire existir, sacando ese veneno que ha amargado su vida y logre
ver lo que por sus conflictos perdió de vista. Es rodear de inspiración un ser
atormentado, el cual cegó su alma y en su rutina se ha visto abarcado por los
malos sentimientos. La palabra que acaricia, es buena, propicia sacar, expulsa
lo hiriente, lo que duele, el dolor aprendido permitiendo que otros seres
empiecen a importar. Nadie retiene a nadie, cuando de marchar se trata, da
igual lo que se diga o se haya hecho. Se señala lo malo, se guarda lo bueno por
eso duele, se pierde la confianza y, se generaliza al temer.
Años
dedicamos a encontrar la esencia en lo que somos y en ese transitar egocéntrico
argumentamos merecer las posiciones o cosas que ocupamos o creemos se necesitan
para ser feliz. Encontramos el amor y estamos conscientes que es lo que
buscábamos, se está seguro que es el alma necesaria, la que ofrece seguridad,
una sola alma un solo cuerpo. Está claro que llego porque la merecemos y aunque
a veces la dejamos marchar justificando que no aporto lo que esperábamos o
dimos más de lo que la otra persona se merecía.
No
reconocemos en ese convivir el verdadero amor, capaz en hacernos volar seguros.
Quien pierde en esa sin razón se hace a un lado dejando el camino libre, solo
sus sentimientos no logran alejarse puesto que han demostrado que aman y
sienten que dejan libre a plenitud el amor por esa persona. Dar lo mejor de
uno, no está al alcance del entendimiento de la persona egocéntrica, vanidosa.
Soltar es un acto de amor al ver la madurez en esa percepción en ser mejor
persona. La queja es: La vida se va muy rápido y, no devuelve lo que quita, ni
lo que se ha dado es valorado. Es ese momento en que se para a valorar, se da
inicio a la idea en que no volverá a suceder, pero antes de lo que se espera
está de nuevo presente, dominando decisiones, sacando lágrimas, abofeteando
corduras.
Los
que ven desde fuera dan cuenta de etiquetas según su percepción y lo llaman
inseguridad, a quien queda fijado a una persona que no termina en darle su
lugar. Hay daños en una relación que jamás se olvidan, se llega incluso a
despreciar a la persona de quien se estaba enamorada, es ese algo que no se
olvida y no cicatriza. Se percibe en los ojos de la persona su desconfianza,
miedo a ser nuevamente engañada. Todo es producto de una falta en sinceridad en
no reconocer lo engreído que se puede llegar a ser. A nadie gusta ser
desvalorada en dignidad o sentimientos y quien así lo hace, va destrozando los
sentimientos, deja sin sentido práctico el destino a retomar quedando en el
camino lo que fue el gran encuentro de dos almas. Confundir amor con placer da
como resultado final odio y, señalamientos.
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