ME ¿QUIERES?
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Una palabra muy usada, mercantilizada, bastardeada,
exagerada, malgastada y devaluada. (Si es
que todavía conserva algo de su significado). Cuentan que una mujer entró a un
restaurante y pidió como primer plato
una sopa de espárragos. Unos minutos después, el mesero le servía su humeante
plato y se retiraba. ¡Mesero! – Gritó la mujer -, venga para acá. ¿Señora? –
contestó el mesero acercándose. ¡Pruebe esta sopa! – ordenó la clienta.
¿Qué pasa, señora?
¿No es lo que usted quería? ¡Pruebe la sopa! – repitió la mujer. Pero que
sucede... ¿le fatal sal? ¡Pruebe la sopa! ¿Está fría? ¡Pruebe la sopa! repetía la mujer insistente. - Pero señora por favor,
dígame lo que pasa... – dijo el mesero. - Si quiere saber lo que pasa... pruebe
la sopa – dijo la mujer señalando el plato.
El mesero, dándose cuenta de que nada haría cambiar de
parecer a a la encaprichada mujer, se sentó frente al humeante líquido y le dijo con cierta sorpresa: - Pero aquí no
hay cuchara. - ¿Vio? – Dijo la mujer - ¿vio?... falta la cuchara. Qué bueno
sería acostumbrarnos, en las pequeñas y en las grandes cosas, a poder
nombrarlas por su nombre, sin rodeos, situaciones y emociones directamente, sin
rodeos, tal como son. Cuando hablo del amor y esa preguntita del me quieres tan
frecuente.
No hablo de estar
enamorado, no hablo de sexo, de emociones que sólo existen en los libros, ni de
placeres reservados para los exquisitos. Hablo de una emoción capaz de ser
vivida por cualquiera, de sentimientos simples
y verdaderos, de vivencias trascendentes pero no sobrehumanas, hablo del
querer no en el sentido etimológico de la posesión, sino en el sentido que le
damos.
Entre nosotros, rara vez usamos te amo, más bien decimos te
quiero, o te quiero mucho, te quiero muchísimo. Pero ¿qué estamos diciendo con
ese te quiero? Decimos: Me importa tu bienestar. “Nada más y nada menos” Cuando
quiero a alguien, me doy cuenta de la importancia que tiene para mí lo que
hace, lo que le gusta y lo que le duele a esa persona. Te quiero significa,
pues, me importas, y te amo significa me importa muchísimo. Y tanto me importa
que, cuando te amo, a veces priorizo tu bienestar por encima de otras cosas que
también son importantes para mí.
Pero no debemos engañarnos ya que no es verdad que te
quieran mucho aquellos a quienes no les importa demasiado tu vida y no es
verdad que no te quieran los que viven pendientes de lo que te pasa. Esa diferencia solo cuantitativamente que
hago entre querer y amar es la misma diferencia que hay con la mayoría de las
expresiones afectivas que usamos para no decir Te quiero.
Decimos me gustas, me caes simpático, te tengo
afecto, te tengo cariño, etc. Si yo digo que quiero a mi perro, por ejemplo (lo
cual es profundamente cierto), puede no parecer una gran declaración, pero no
es poca cosa. No es lo mismo mi perro que cualquier otro perro, me importa lo
que le pase. Y digo que quiero a mi vecino, y al señor de enfrente, pero no al
de la vuelta, a ese no lo quiero. Y estoy diciendo que mucho no me importa,
aunque vive a la misma distancia de mi casa que aquellos a los que quiero, pero
con estos tengo algo y con aquel no tengo nada.
Y cuando una persona y te dice: - No sabes quién se murió,
se murió el Poncho. - Ahhh, se murió. - ¿Te acuerdas que venía a casa, es aquel
que un día saludamos? – No, - ¿Como que no te acuerdas? – Bueno, si me acuerdo.
¿Y? - Se murió. Y a mí que me importa. La verdad, la verdad, es que no me
importa nada. Pero me importa la persona que me lo dijo, y entonces, a veces,
para acompañarla, digo: - Pobre Poncho. Y ella me dice: - Sí, ¿viste?
Pobre.
Quiero decir, me importa el vecino de la vuelta y el niño de
Kosovo que fue violado, por su simple condición de seres humanos. Pero no me
refiero aquí a esto, sino a lo cotidiano, más allá de la caridad, más allá de
la benevolencia, más allá de la conciencia de ser con el todo y de aprender a
amarme en los demás.
Cuando empezamos a
pensar en esto, nos damos cuenta de que en realidad no queremos a todos por
igual y que es injusto andar equiparando la energía propia de nuestro interés
ocupándonos de todos indiscriminadamente. Me parece que querer a la humanidad
en su conjunto sin querer particularmente a nadie es un sentimiento reservado a
los santos o una aseveración para los demagogos mentirosos y los discapacitados
afectivos (aquellos que no conocen su capacidad de amar y por lo tanto no
aman).
Cuando me doy cuenta sin
culpa de que quiero más a unos que a otros, empiezo a destinar más interés a
las cosas y a las personas que mas me importan para poder verdaderamente
ocuparme mejor de aquellos a quienes más quiero. Parece mentira, pero en el
mundo cotidiano muchas personas viven más tiempo ocupándose de aquellos que no
les importan que de aquellos a quienes dicen querer con todo su corazón. Pasan
más tiempo tratando de agradar a gente que no les interesa que tratando de
complacer a la gente que ama. Esto es necedad.
Hay que ponerlo en
orden. Hay que darse cuenta. No es inhumano que yo sea capaz de canalizar el
poco tiempo que tengo para ponerlo
prioritariamente al servicio de aquellos vínculos que construí con las
personas que más quiero. Tengo que darme cuenta de la distorsión que implica
pasar más tiempo con quienes no quiero estar que con los que realmente quiero.
Una cosa es que yo dedique una parte de mi atención para hacer negocios y
mantenga trato cordial con gente que no conozco ni me importa, y otra cosa es la
perversa propuesta del sistema que sugiere vivir en función de ellos.
Esto es enfermizo, aunque ellos sean mis clientes más
importantes, el jefe más influyente, un empleado eficaz o los proveedores que
me permiten ganar más dinero, más gloria o más poder. Tómense un minuto para
saber de verdad quiénes son las quince, ocho, dos o cincuenta personas en el
mundo que les importan.
No se preocupen
pensando que tal vez se olviden de alguien, porque si se olvidan, quiere decir
que ESE no era importante. Hagan la lista (no incluyan a los hijos, ya sabemos
que nos importan más que nada) quizás confirmen lo que ya sabían... o quizás se
sorprendan. Hay personas a quienes queremos pero que mucho no nos quieren, y
que hay gente que nos quiere pero que nosotros mucho no queremos. Vale la pena
investigarlo. Tiene sentido la sorpresa. Porque entonces vamos a poder
discriminar con mucha más propiedad el tiempo, la energía, y la fuerza que
usamos en atender lo importante en la vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario