martes, 1 de agosto de 2023

 

CUENTO: EL DÍA QUE PANCHITO PERDIÓ A SUS PADRES

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad nacional Autónoma de México.

 Sé con certeza que la gran mayoría de padres aman a sus hijos, pero fallan al no cambiar sus actitudes hacia ellos. – Panchito tuvo una infancia feliz, sus padres lo querían mucho, sus maestros fueron amables. Él estaba por terminar sus estudios a la edad de 25 años cuando perdió a sus padres. El joven regreso a su hogar para llevarse algunas cosas, y su sorpresa fue mayor al esculcar un cajón de la recamara de su madre, en donde encontró la pequeña cobija con la que lo cubría cuando niño. Era imposible que estuviera guardara despues de tantos años. La cobija que en aquellos años lo calentaba hoy le calentaba la memoria.

 Se sentó en la poltrona donde su madre lo arrullaba, con ella cubrió sus piernas y se adentró en ese mundo de sus recuerdos. Su manta de infancia era como sentir a su madre junto a él, arrullándolo de nuevo. Sintió el calor de su hogar, los años idos, los cuidados de sus padres, la oración con la que de niños su madre lo acostaba. Sus ideas daban vuelta a la cabeza y   murmuro en ese silencio “Señor, ten piedad de mi madre y de mi padre, de mi abuelita, ten piedad de todos ellos”

 

Recordó las pláticas gentiles que escuchaba como consejos, lo que le decían que estaba mal. Dicen algunas personas que la infancia no debe ser tan feliz, que no debes darle todo el amor a los hijos para que su ambiente sea favorable y sepan defenderse. Sus padres lo educaron y cuidaron con paciencia, y con el paso de los años descubrió que el mundo no era tan amable, como le parecía en la infancia. En otras palabras, la atmósfera social es perjudicial para las personas de buenos sentimientos. Valoraba entre su infancia feliz, y el cambio de actitud ante la vida de los adultos. Una vida plagada de hechos negativos.

 Unos nuevos padres que educan a sus hijos través de una estricta disciplina, todo tipo de restricciones, castigos, etc. Y, otros que no se molestan ni siquiera en saber si viven, comen o mueren. El recuerdo de Panchito y su manta pequeña al sentirla sobre su cuerpo albergaba que salieran todos esos recuerdos. El mundo malvado, cruel, en donde las personas engañan más tarde que temprano. Panchito tuvo ese rio de amor en su infancia y no estaba acostumbrado a enfrentar al mal, pensaba que todas las personas eran buenas como sus padres. En medio del silencio se preguntó ¿Por qué en esta sociedad las personas están tan mal arregladas consigo mismas?

 

 Enseguida reconoció: Yo, tuve una infancia feliz, mis padres siempre estuvieron detrás de mí para apoyarme, pero hoy han muerto y es el único lugar que no deseo regresar en este instante. El dolor me ha derribado en esta poltrona, de niño recibí todos los esfuerzos de mis padres. Me vistieron, alimentaron, cuidaron y atendían cuando lloraba. Ellos me prepararon para la vida entregando amor, y esas enseñanzas las tome en serio. Crecí y me fui dando cuenta que hay pocas personas a nuestro alrededor que den cosas buenas que no debemos tener miedo. Pero por desgracia la gran mayoría crece con miedos.

 Mi madre decía que a través del dolor el alma va moldeándose para ir dejando atrás el orgullo, la estupidez, y que las personas en general en su alma traen escondido el mal que una u otra forma un dia lo sacan para que deje de picarle en sus sentimientos negativos. Aún recuerdo cuando me señalaba el pecho con su dedo y me repetía que en un rincón muy profundo todas las personas traemos el mal. – Ten cuidado hijo mío, me repetía para que estos golpes de la vida no sean demasiado dolorosos. Enseguida me expreso: Yo, fui educada a bofetadas y cintarazos. Acepte los problemas pedagógicos de mis padres.

 Desde niña me privaron de la oportunidad de tomar mis propias decisiones. Eso, me sirvió para entender que la principal protección que les pueden dar a sus hijos es su amor, este es el ambiente familiar que deseaba para mis hijos. Enseguida mi madre prosiguió: A la gente le parece que, al regañar y castigar a un niño, le están evitando problemas, como si engañaran a las fuerzas hoscas que le rodean. – Es así, como los niños van recibiendo su dosis de frustración, de sufrimiento.

Es lo que les va dañando la conciencia, va limitando su creatividad y su talento. Supongamos que los padres les enseñáramos a cada uno de nuestros hijos la malicia, la maldad ¿Dónde quedaría una persona amable? Por eso deseo que vivas Panchito con nuestro ejemplo, eso no te evitara problemas y caerás en las manos de los que gustan en engañar. – Enseguida me remarco: Tu padre y yo, no queremos privarte de amor, y eso es lo que deseaba compartir contigo. Para nosotros no valen tanto los logros académicos, solo los beneficios de la vida al verte feliz. Cuando crezcas y nos veas viejos, ten paciencia con nosotros.

  No es nada fácil ser madre y padre, siempre vamos luchando para equilibrar la vida de nuestros hijos. Controlándolos en sus ambiciones. –Solo deseamos que vivas contento. - Panchito observaba desde la poltrona el techo del hogar en él vivió su infancia. Ahora tenía entre sus manos la primera cobija con la que fue arrullado, y la ironía de la vida, puesto que estaba desesperado por finalizar sus estudios para presentarse a sus padres con el título en la mano ¿Cuántas vacaciones se negó a regresar a su hogar, con el pretexto que estaba muy ocupado estudiando, sin ser verdad?

Eso, le martillaba el cerebro. – De pronto balbuceo; No recuerdo si les avise a mis padres de mi pronta graduación, los limite en amor, quise ponerme al mando de mi propia vida con todas las responsabilidades y olvide por completo a ellos. Mis padres siempre tuvieron dificultades económicas, pero se aseguraron que yo no viviera en la pobreza. Si, supieras madre, que lo que más temía en la vida era el fracaso, que tú te sintieras orgullosa de mi, pero hasta en eso fui un tonto.

El amor que de niño me dieron me sirvió de motivación, se me desarrollo el talento para aprobar fácilmente los exámenes y durante varios años esta fue la principal medida de éxito entre mis compañeros. Todavía no soy tan estúpido como para sugerir que no supe valorarlos. En mi juventud conocí la amargura por decepciones amorosas. El destino ha sido caprichoso conmigo. Hoy he regresado al hogar que ha quedado vacío y entre mis manos tengo la cobija con la que me cubrías para llenarme de amor. Abrazo la cobija poniéndola en su boca y comenzó a llorar.

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