CUENTO: EL DÍA QUE PANCHITO PERDIÓ A SUS
PADRES
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad
nacional Autónoma de México.
Sé con certeza que la gran mayoría de padres aman a sus
hijos, pero fallan al no cambiar sus actitudes hacia ellos. – Panchito tuvo una
infancia feliz, sus padres lo querían mucho, sus maestros fueron amables. Él
estaba por terminar sus estudios a la edad de 25 años cuando perdió a sus
padres. El joven regreso a su hogar para llevarse algunas cosas, y su sorpresa
fue mayor al esculcar un cajón de la recamara de su madre, en donde encontró la
pequeña cobija con la que lo cubría cuando niño. Era imposible que estuviera
guardara despues de tantos años. La cobija que en
aquellos años lo calentaba hoy le calentaba la memoria.
Se sentó en la poltrona donde su madre lo arrullaba, con ella
cubrió sus piernas y se adentró en ese mundo de sus recuerdos. Su manta de
infancia era como sentir a su madre junto a él, arrullándolo de nuevo. Sintió
el calor de su hogar, los años idos, los cuidados de sus padres, la oración con
la que de niños su madre lo acostaba. Sus ideas daban vuelta a la cabeza y murmuro en ese silencio “Señor, ten piedad
de mi madre y de mi padre, de mi abuelita, ten piedad de todos ellos”
Recordó las pláticas gentiles que escuchaba como consejos, lo
que le decían que estaba mal. Dicen algunas personas que la infancia no debe
ser tan feliz, que no debes darle todo el amor a los hijos para que su ambiente
sea favorable y sepan defenderse. Sus padres lo educaron y cuidaron con
paciencia, y con el paso de los años descubrió que el mundo no era tan amable,
como le parecía en la infancia. En otras palabras, la atmósfera social es perjudicial
para las personas de buenos sentimientos. Valoraba entre su infancia feliz, y
el cambio de actitud ante la vida de los adultos. Una vida plagada de hechos
negativos.
Unos nuevos padres que educan a sus hijos través de una
estricta disciplina, todo tipo de restricciones, castigos, etc. Y, otros que no
se molestan ni siquiera en saber si viven, comen o mueren. El recuerdo de
Panchito y su manta pequeña al sentirla sobre su cuerpo albergaba que salieran
todos esos recuerdos. El mundo malvado, cruel, en donde las personas engañan
más tarde que temprano. Panchito tuvo ese rio de amor en su infancia y no
estaba acostumbrado a enfrentar al mal, pensaba que todas las personas eran
buenas como sus padres. En medio del silencio se preguntó ¿Por qué en esta
sociedad las personas están tan mal arregladas consigo mismas?
Enseguida reconoció:
Yo, tuve una infancia feliz, mis padres siempre estuvieron detrás de mí para
apoyarme, pero hoy han muerto y es el único lugar que no deseo regresar en este
instante. El dolor me ha derribado en esta poltrona, de niño recibí todos los
esfuerzos de mis padres. Me vistieron, alimentaron, cuidaron y atendían cuando
lloraba. Ellos me prepararon para la vida entregando amor, y esas enseñanzas
las tome en serio. Crecí y me fui dando cuenta que hay pocas personas a nuestro
alrededor que den cosas buenas que no debemos tener miedo. Pero por desgracia
la gran mayoría crece con miedos.
Mi madre decía que a través del dolor el alma va moldeándose
para ir dejando atrás el orgullo, la estupidez, y que las personas en general
en su alma traen escondido el mal que una u otra forma un dia lo sacan para que
deje de picarle en sus sentimientos negativos. Aún recuerdo cuando me señalaba
el pecho con su dedo y me repetía que en un rincón muy profundo todas las
personas traemos el mal. – Ten cuidado hijo mío, me repetía para que estos
golpes de la vida no sean demasiado dolorosos. Enseguida me expreso: Yo, fui
educada a bofetadas y cintarazos. Acepte los problemas pedagógicos de mis
padres.
Desde niña me privaron
de la oportunidad de tomar mis propias decisiones. Eso, me sirvió para entender
que la principal protección que les pueden dar a sus hijos es su amor, este es
el ambiente familiar que deseaba para mis hijos. Enseguida mi madre prosiguió:
A la gente le parece que, al regañar y castigar a un niño, le están evitando
problemas, como si engañaran a las fuerzas hoscas que le rodean. – Es así, como
los niños van recibiendo su dosis de frustración, de sufrimiento.
Es lo que les va
dañando la conciencia, va limitando su creatividad y su talento. Supongamos que
los padres les enseñáramos a cada uno de nuestros hijos la malicia, la maldad
¿Dónde quedaría una persona amable? Por eso deseo que vivas Panchito con
nuestro ejemplo, eso no te evitara problemas y caerás en las manos de los que
gustan en engañar. – Enseguida me remarco: Tu padre y yo, no queremos privarte
de amor, y eso es lo que deseaba compartir contigo. Para nosotros no valen
tanto los logros académicos, solo los beneficios de la vida al verte feliz.
Cuando crezcas y nos veas viejos, ten paciencia con nosotros.
No es nada fácil ser
madre y padre, siempre vamos luchando para equilibrar la vida de nuestros
hijos. Controlándolos en sus ambiciones. –Solo deseamos que vivas contento. -
Panchito observaba desde la poltrona el techo del hogar en él vivió su
infancia. Ahora tenía entre sus manos la primera cobija con la que fue
arrullado, y la ironía de la vida, puesto que estaba desesperado por finalizar
sus estudios para presentarse a sus padres con el título en la mano ¿Cuántas
vacaciones se negó a regresar a su hogar, con el pretexto que estaba muy
ocupado estudiando, sin ser verdad?
Eso, le martillaba el
cerebro. – De pronto balbuceo; No recuerdo si les avise a mis padres de mi
pronta graduación, los limite en amor, quise ponerme al mando de mi propia vida
con todas las responsabilidades y olvide por completo a ellos. Mis padres
siempre tuvieron dificultades económicas, pero se aseguraron que yo no viviera
en la pobreza. Si, supieras madre, que lo que más temía en la vida era el
fracaso, que tú te sintieras orgullosa de mi, pero hasta en eso fui un tonto.
El amor que de niño me dieron me sirvió de motivación, se me
desarrollo el talento para aprobar fácilmente los exámenes y durante varios
años esta fue la principal medida de éxito entre mis compañeros. Todavía no soy
tan estúpido como para sugerir que no supe valorarlos. En mi juventud conocí la
amargura por decepciones amorosas. El destino ha sido caprichoso conmigo. Hoy
he regresado al hogar que ha quedado vacío y entre mis manos tengo la cobija
con la que me cubrías para llenarme de amor. Abrazo la cobija poniéndola en su
boca y comenzó a llorar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario