lunes, 21 de agosto de 2023

 NACIDA EN LA LABOR, SAN IGNACIO, SINALOA. - Para lo que guste y mande.

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
Cuando deje mi casa en el rancho donde vivía con mis padres, una ola de emociones se apoderó de mi cabeza. Estaba frustrada, reprimida, aunque a veces creo que exageraba las cosas por no querer admitir la vida que llevaba. Me enfrente a esos sentimientos en sentir la perdida de mis padres al dejarlos solos en el rancho, pero pensaba que debía comenzar de nuevo desde cero. Al llegar a la ciudad y enfrentarme a estudiar en la Universidad viniendo de una tele preparatoria experimente un sentimiento de inferioridad.
Estaba ante un nuevo rol de vida por lo que tenía que reconsiderar toda mi actitud ante la vida. En principio me encerraba en la negatividad criticándolo todo y me aislaba. Me comunicaba con chicas que venían también de algún rancho para poder sentirme cómoda. La presión era mucha, mi estima baja por lo que comencé a desarrollar estrés.
En principio pensé que me sería imposible estudiar al ritmo de las chicas de la ciudad y pensé en regresarme al rancho para continuar viviendo en aquella soledad. Creó que fue mi peor momento en la ciudad al darme cuenta que estaba muy retrasada en conocimientos y no tenia a nadie que me ayudara para regularizarme.
Para muchos, es esta etapa la que lleva más tiempo en comparación con todas las demás, porque si no se encuentra un nuevo rol, entonces muchos comienzan a reconsiderar su actitud hacia la mudanza o se encierran en la negación. Además, a diario me surgían nuevos problemas, las personas que me rodeaban muchas de ellas eran hostiles, se burlaban de mi persona por la forma en la que hablo y visto. Ante esto sentía un vacío con soledad por este rechazo. Llegue incluso a dudar sobre mi propio valor como persona.
Eso nos sucede cuando estamos completamente insatisfechos y creo que es una reacción natural. En solo recordar mi llegada a la ciudad me da ira y a la vez nostalgia por aquellos momentos que viví de forma inolvidables e insoportables. A la vez lo extraño todo, lo que deje allá en mi rancho y mis primeros dias en la ciudad. Una ciudad que mis padres me alertaron que es peligrosa, y que empuja a las chicas a la mala vida, incluso a las drogas y prostitución. Batalle mucho para tranquilizar mi ansiedad y conciliar el sueño. A veces no tenia fuerzas ni para levantarme para ir a clases, pero no podía engañar a mis padres y ese orgullo me daba los ánimos y la voluntad que necesitaba.
Poco a poco fui levantando mi auto estima, me fui adaptando a las costumbres de la ciudad, el comportamiento de la gente, la cultura medio loca. Estuve a punto de reventar ante ese estrés y regresarme por donde llegué, pero recordé el ambiente y vida que me esperaba en el rancho, así que hice corazón y bofes para aguantar. Me dije “Tengo que convertirme en una chica exitosa, tanto en los estudios como en el amor, así que relájate”
Volví a comprometerme con mi propia decisión, debía dominar el miedo y el sentirme pequeña ante los demás por el hecho de ser de rancho, hija de padres campesinos. Recuerdo que los problemas se me fueron acumulando, y los resolvía lentamente, cría incluso que nada funcionaba para mí. Las relaciones con mis compañeros de aula mejoraron, nos hicimos amigos y unos cuantos conocidos, solo me fue quedando ese deseo doloroso de ver a mis padres aferrados a la tierra que los vio nacer, y a la que por más arado que le metan solo da pequeños elotes, y unas cuantas calabazas. (Esto, lo digo con sentido del humor)
Mis viejos son lo que más quiero en la vida, y señalo que su situación no es para reírse. Comencé a salir a eventos en la ciudad, se me fue quitando el miedo, veía cada vez mejor la oportunidad que la vida me estaba ofreciendo, y sin desesperarme la fui tomando de la cola. Hoy, despues de 10 años y mirar atrás mi vida y la de mis padres me parece que los comprendo mucho mejor. Veo desde donde partí y el cómo me fui alejando para sentirme segura, aunque seguí regresando los fines de semana al rancho. Hoy como profesionista los ayudo. Me consuela que ya ninguno de los dos esté trabajando en la milpa.
Muchas ocasiones compare la vida del rancho con la de la ciudad, mi situación, la forma en que me estabilice, las emociones negativas que me daban miedo. Hoy comprendo todo desde aquellos que me etiquetaron en su momento como la campesina ignorante egresada de una tele preparatoria, en donde la mayoría de las ocasiones no teníamos clases por diversos motivos. Ya no me causa miedo la ciudad, ya no me irrita se rían de mí, muy por el contrario, me siento orgullosa de nacer en aquella tierra y lograr ser una profesionista.
-Muy por el contrario, a lo que se pueda pensar en que la agricultura de temporal se está feminizando, esto no es así. La presencia de mujeres en las pequeñas poblaciones rurales no obedece a que ellas se hagan cargo de su pedazo de tierra que sus padres cultivaban. Son muchos los factores para que los campesinos hombres estén desapareciendo. Sus hijos abandonan el medio rural para irse a vivir a la ciudad o la frontera norte con la intención de ingresar a Estados Unidos. La mujer al morir, o sea su pareja, se queda sola con toda la carga y buscar su propia sobrevivencia.
La proporción de mujeres adultas mayores que se van quedando solas en el medio rural va en aumento. Sus hijas salen a trabajar o estudiar a la ciudad y ya no regresan. Las declaraciones del gobierno en que los campesinos retornan a su tierra de donde fueron expulsados a causa de la violencia no es creíble. Lo cierto es que la familia se disgrega por completo en la ciudad en diversas actividades laborales, y las que quedan en el medio rural no lo hacen por problemas físico propios de la edad. La tendencia es dejar solo el campo para que sus recursos naturales sean aprovechados por las bandas que los expulsan.
Son más de 50 años sin cambios, de hecho, creo que tiene más tiempo esta situación. Los jóvenes tanto hombres como mujeres desprecian este tipo de vida, y los viejos se van muriendo dejando a su pareja anciana al frente de su propia sobrevivencia.
El lugar de la mujer en el medio rural sigue siendo muy parecido a la época colonial y Porfirista. Es una mezcla de obligaciones sin derechos, ni educación. Los pocos animales con los que cuentan (Un burro, mula y unas cuantas gallinas son su fuerza de trabajo, transporte y alimento=. Aun se puede observar en algunos lugares de siembra que la mujer va acompañando a su pareja en medio del surco. La familia campesina se ha ido desintegrando, los hijos detestan la vida de sus padres en esas condiciones, y quieren libertad. Cada vez hay menos jóvenes trabajando en las parcelas.
La nueva generación tiene un plan de vida diferente, en donde la mujer joven no se ve de pareja con un hombre siguiéndolo en el surco, ellas reniegan de las tareas tradicionales, y prefieren los campos profesionales. En los campesinos prevalece el machismo, con su violencia sexual, discriminatoria para las mujeres, y además la exigencia en que sean trabajadoras del campo sin compensación económica. Las jóvenes mujeres que arriban a la ciudad son víctimas del sexismo y discriminación ligado al miedo a fracasar con el que llegan.
En el medio rural se va acabando la subsistencia es decir contar con una vaquita, dos que tres chivitas, dos burros. El problema es que si compran un poco más les es arrebatado hasta el cerdo que están engordando. Los hijos de los campesinos, no se convierten en automático en campesinos. Comprenden que en el rancho no existe la movilidad social, que están en peligro constante de abusos y muerte. Las madres desean lo antes posible sacar a sus hijas de ese medio para que no sean mancilladas. Las políticas públicas en igualdad no existen en estas tierras, solo hay obstáculos. Son muchos los prejuicios con los que se crece, demasiadas las carencias y preocupaciones.

No hay comentarios:

Publicar un comentario