LA MUERTE ME
LLEVO A LA IGLESIA
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y
Maestría en Desarrollo Humano FESC- UNAM
Un día de
tantos bañados de muerte fui a la Iglesia a misa de cuerpo presente de un amigo
que no creía en los curas (Siempre lo externo, y soltaba la carcajada cuando le
decía que lo bañarían de agua bendita el día que muriera) Las puertas grandes y
macizas me hicieron reflexionar en ese límite entre los dos mundos, el de la
vida cotidiana como si toda ella estuviera llena de espíritus y el
desconociminero del camino de la muerte. Me senté en una gran banca de madera,
muy incómoda, por cierto.
El tiempo
fluye de manera diferente aquí, como una mezcla de pasado, presente y futuro.
La persona es traída cuando niño a la pila bautismal, y muere con una facilidad
que a muchos les da miedo por lo fugaz, rápido con lo que las enfermedades te
entierran (Cáncer, por ejemplo) Pero están conscientes que se acerca el momento
con el paso del tiempo.
La Iglesia
encierra profundos misterios creando vagas sensaciones en la mente de las
personas. Aquí sentado comienzas a meditar sobre tu propia vida.
La vida ahora
tiene ritmos tan intensos que no dejan tiempo para buscar a Dios. Preferimos
otras cosas o más bien vamos donde nos lleva la velocidad del ritmo, de las
masas que determina todos nuestros movimientos y reacciones. Hay personas que
dicen que no creen en Dios y que nunca han leído una sola página de los
evangelios.
Se ríen de la
antigua idea de que al morir iras al cielo argumentando que el ser humano ya
anda en Marte y no lo ha visto. Pero profesan en las cartas, el tarot y otras
creencias. De hecho, la mayoría de la gente acepta el horóscopo con sus
predicciones astrológicas. Unos más se preguntan ¿Qué quiere Dios de nosotros?
Mi amigo
estaba en su ataúd ante el altar, aquel que cientos de veces tomando café en un
restaurante me decía que necesitaba el deseo de poder creer las palabras de la
iglesia, creo que se trataba del hambre de “Fe” una realidad que es más grande
y más profunda que la que nosotros mismos podemos crear a través de la
existencia. Pero la iglesia debe ser algo diferente, vivo y serio, que la gente
pueda encontrar a su alrededor en la vida.
Si solo
queremos y esperamos que la iglesia nos ofrezca un encuentro con nosotros
mismos, si simplemente nos proyectamos en la iglesia, entonces es solo una
imagen de nosotros mismos con lo que nos encontramos, y no un despertar
profundo de la existencia. Pero la duda de que Dios exista se ha convertido en
la mayor negativa mundial.
La duda,
incluso de nosotros mismos y de nuestra propia experiencia de la profundidad de
la realidad. Como si el mundo no estuviera allí en absoluto en sus propios
términos, con el sufrimiento, la alegría y toda la gloria, reunidos en lo que
antiguamente se llamaba el destino del humano; lo que enfrentamos, lo que nos
golpea cuando la vida se nos presenta tanto con sufrimiento como con felicidad.
Todas las
cosas más importantes se nos dan, por así decirlo, el amor, la vida misma y,
por lo tanto, también la fe. Uno no puede luchar activamente por la fe
cumpliendo ciertas condiciones. Esa fue la experiencia de Lutero en el
monasterio, cuando se sentía perdido al no poder hacerse lo suficientemente
bueno para experimentar la fe. El gran descubrimiento de Lutero, sin embargo,
fue que Dios no exige, sino que da. ¿Dudamos de nuestra fe?
Lutero se
hundió más y más en su propia perdición; al enfrentar su fe con sus propias
dudas. Hoy no creemos ni en nosotros mismos cuando sufrimos. Sí, resistimos y
pensamos que la vida es difícil y, de hecho, pasa factura. A menudo no podemos
hacer nada con todo lo que la vida nos da y exige. Pero también pensamos que es
probablemente porque somos demasiado frágiles, y vulnerables.
No debemos
sentirnos mal, tristes, frágiles, infelices y pesimistas. La vida se ha
convertido en una peculiar mezcla de entretenimiento y miedo a las cosas serias
y más profundas de la vida. No es porque no hagamos nada para ser felices. Las
recetas son diversas. Pero todavía no es fácil ser humano, incluso para las
personas que compran capsulas de melatonina para su felicidad o las que
ingieren las píldoras de la ansiedad, que no son otra cosa que píldoras para el
miedo e incertidumbre en relación con las condiciones generales de vida. La
vida debería ser realizable y las dificultades, el sufrimiento son un mal
funcionamiento de la existencia.
Cuando los
antiguos dioses griegos realmente querían castigar a la gente de esa época,
comenzaron por averiguar qué era lo que más deseaba el humano. Después de eso,
cumplieron este deseo a la perfección. De hecho, es un castigo, cuya ironía
completa podemos estar experimentando hoy. Se nos ha dado prosperidad
económica, crecimiento, enormes oportunidades de consumo, una riqueza de
oportunidades sin igual en términos de experiencias, entretenimiento y
autorrealización personal.
El humano
vive con enorme miedo a la vida a su fracaso, y no ser lo suficientemente
bueno, a no poder seguir el ritmo. Hay ansiedad extrema, depresión, pesimismo,
sentimiento de derrota, duda, miedo a no llegar nunca a la vida auténtica, a
uno mismo, al propio núcleo y al fondo de la vida. Quizás fueron los dioses
griegos quienes cumplieron nuestro deseo de convertirnos en una de las
sociedades más placenteras del mundo y permitieron llevar la vida sin
responsabilidad, ni obligacion alguna, ni con nosotros mismos.
La filosofía
nos enseña que el humano crea su propio mundo y existencia, es su propio “Yo”
Pero lo más grande escapa a nuestro control. El humano piensa en la vida, la
muerte, el amor, el sufrimiento, la gracia y la misericordia. En la iglesia
puedes notar en la decoración sus símbolos, lo que es más profundo y lo que no
está presente, como algo más que indicios o carencias en nuestro mundo de la
vida diaria, (Gracia, misericordia, perdón, culpa, muerte, sentido)
. Lo que
ocurre en la iglesia no se trata sólo de encontrar la fe por las propias
fuerzas, sino de escuchar las palabras y creer en el sentido y la profundidad
que pueden dar a la propia vida. El símbolo de la iglesia nos conecta con las
preguntas existenciales más profundas de la vida.
-Mientras me
siento en una de las filas de las bancas, solo y con la música de órgano
rugiendo en la sala, experimento al observar los símbolos el cómo las palabras
de la iglesia me evocan preguntas existenciales, por así decirlo: ¿qué es
importante en mi vida y en relación con el mundo?
La
predicación de la Iglesia ciertamente no es irrelevante para nosotros, los
llamados modernos, porque responde a algo en nuestras condiciones de vida. En
la iglesia estamos llamados a una forma diferente de escucha existencial en
medio de un mundo donde fácilmente te puedes confundir sobre qué es lo más
importante, de qué tenemos que vivir, no económicamente, sino humanamente.
Cuando la
gente de hoy va a la iglesia, a menudo lo experimentan como si cruzaran un
límite hacia algo fundamentalmente diferente. Creo que esto se debe a que la
iglesia deposita ese algo que llamamos tranquilidad a nuestros miedos
existenciales, y nos hace creer que nuestros familiares al morir van a un lugar
de paz. La iglesia es una especie de memoria existencial que puede ayudarnos a
recordar algo importante. Si la iglesia es percibida como diferente, quizás sea
precisamente porque nosotros, como sociedad, hemos sido golpeados por una
carencia existencial y espiritual generalizada.
La Iglesia y
sus palabras pueden darnos la oportunidad de escapar del calor interior
existencial de la muerte, donde en todas partes sólo nos encontramos con
nosotros mismos y con nuestro mundo creado por nosotros mismos, y cuanto más
extremo lo sentimos al grado que nos va quemando el alma, por un éxito que en
realidad no existe o una perfección ficticia que se borra con el paso del
tiempo y nos deja sin inteligencia.
Todo el mundo
habla de que es auténtico, pero todo se ha vuelto superficial, donde cuestiones
existenciales, como el amor se convierte en entretenimiento televisivo inferior
y el dolor se convierte en enfermedad. Diría que esta superficialidad impide al
humano ser él mismo y volverse auténtico. Todo lo serio se convierte en sátira,
ironía y entretenimiento, o en un obstáculo innecesario y molesto en el camino.
Pero con esto, también falta algo necesario en la existencia humana, a saber,
la experiencia de la seriedad, la profundidad y el valor vulnerable de la vida,
algo que la sociedad actual en realidad contrarresta con un pronunciado
desprecio por la fragilidad y la llamada debilidad.
En nuestra
sociedad de alta velocidad, no hay lugar para la contemplación y la reflexión,
y por eso es que experimentamos la vida como algo demasiado duro, tan duro que
también tenemos que volvernos duros. La iglesia, actúa como caja de resonancia.
Sus palabras, su espacio, los himnos y los rituales del servicio, todo nos
recuerda que el humano es algo y más que el éxito o el fracaso en el mercado
laboral, en el sistema educativo, en la vida de consumo. La iglesia llama no
solo a la adoración, sino también al autoexamen y al compromiso con la vida en
un sentido más profundo.
-Mi amigo
salió en su ataúd y me quede allí sentado un buen rato meditando. Para muchos
de nosotros, es en el detalle, en lo aparentemente insignificante, donde se
encuentra el mensaje, la verdad y el fundamento: la vida sólo se vive, sólo es
posible, porque hay una gracia en la vida. Sabemos que debemos convertirnos en
polvo, pero la gracia se encuentra en lo que se nos da: el amor, el prójimo, la
vida misma, la alegría, nuestra participación en la existencia.
El coraje de
vivir ante la seriedad de la vida, lo que la sostiene, la experiencia de la fe.
Para los
moribundos, los enfermos, los que sufren la Iglesia les significa mucho, los
ayuda a que la vida no les sea tan pesada para poder seguir adelante o morir.
Si solo queremos y esperamos que la iglesia nos ofrezca un encuentro con
nosotros mismos, si simplemente nos proyectamos en la iglesia, entonces es solo
una imagen reflejada de nosotros semejantes con lo que nos encontramos, y no un
despertar profundo de la perspectiva de la vida.
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