EL ALMENDRO Y EL NIÑO
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad
Nacional Autonoma de México.
Un día iba caminando por la calle, era un día despues de una
gran tormenta de repente vino el viento, el cielo estaba cubierto de nubes.
Hacía viento fuerte y estaba oscuro. En el pueblo en una esquina del jardín
creció un almendro. Un árbol poco común por la altura que alcanzo, un tronco
grueso al que los perros por la mañana temprano llegaban para orinar. En sus
altas ramas vivían pájaros de todo tipo, unos tontos, otros inteligentes, los
malvados que se dedicaban a cagar a cuanta persona pasaba debajo de sus ramas.
Parecía que en todas las ramas los pájaros vivían una vida feliz y amigable.
Cada mañana con los primeros rayos del sol, los pájaros
despertaban y se dispersaban por el pueblo. Volaban de casa en casa, seguían en
su camino a los niños que se encaminan a su escuela. Los perros y gatos los
seguían con sus miradas. Desde temprano todos los habitantes del pueblo
escuchaban sus cantos, sin saber distinguir entre los pájaros tontos y los
inteligentes. Sus cantos alegraban a la gente y tenían mucho que ver con el
ánimo de aquellas personas.
Se ven volar por todas partes, entre pájaros grandes y pequeños
como queriendo decir “Este es nuestro pueblo, fue el de nuestros padres y
abuelos” Los niños gustosos se hacían bromas con marcada alegría cuando uno de
esos pájaros los cagaba en la cabeza, era sonrisa de diversión. Sobre la calle
principal, los callejones volaban los pájaros delante y detrás de las personas.
Lo daban alegría al necio que al malo o al tonto en sus fatigados pensamientos.
La alegría de esos pájaros de vio trastornada cuando un fuerte ventarrón con
lluvia se dejó sentir como un mal presagio para el pueblo.
El cielo se cubrió de nueves negras y volcó su furiosa lluvia
sobre la plaza del pueblo en donde se encontraba el almendro que les servía por
las noches como casa. Paso la lluvia y regreso la tranquilidad, el mal tiempo
para los humanos había pasado, pero los pájaros estaban tristes, sus nidos
estaban dañados, hacia frio y estaban mojados. En ese instante nadie era feliz
por lo que dejaron de cantar. Los pájaros bondadosos se aprestaban ayudar, los
pájaros malhechores robaban las pequeñas ramas de los nidos caídos de los demás
para construir los suyos.
La gente del pueblo no le daba importancia a todo eso, solo
pasaban cerca de las ramas de almendro caído y se hacían a un lado para no
pisar el follaje y así la gente esa noche se fue a dormir. Ese día lluvioso y
nublado cargado de ventarrones un niño recorría las calles del pueblo, caminaba
hasta llegar a la plazuela del pueblo y al ver el almendro caído se acercó con
la curiosidad que a los niños los caracteriza.
Su mente se transformó en un ingeniero pensando en ¿Cómo
reconstruir la casa de los pájaros? pensó largo rato a quién ver para que lo
ayudara y decidió que hacía mucho tiempo que no veía al zapatero Lucio, quien
vivía frente al parque a unos 200 metros del lugar. Lucio era un hombre feliz
que disfrutaba ayudando a los niños. Pero ese día estaba triste. El mal tiempo
arruinó su estado de ánimo.
El niño le contó lo sucedido con el árbol de almendro. El
zapatero puso cara feliz, se asomó a la calle y le pidió al niño que lo
esperara un momento mientras sacaba sus herramientas. Lucio y el niño
trabajaron sin descanso recogiendo los nidos con los pequeños pajaritos, luego
los subieron a los arboles cercanos.
Cuando la última nube se perdió en la oscuridad de la noche y el
mal tiempo se había marchado por completo la batalla de Lucio y el niño por
rescatar a los pajaritos había concluido. El jardín contaba con varios árboles
mucho más pequeños que el almendro y existía la posibilidad de que algún gato
se los comiera, pero el niño no podía quedarse a cuidar a los animalitos, solo
esperar a que secaran sus primeras plumas. Lucio estaba feliz por este trabajo
despues de todo anhelaba escuchar el canto de los pájaros temprano por la
mañana. Por lo pronto habían salvado a los pequeños, Y ellos les estaban
agradecidos.
Desde entonces muchos de los pajaritos que sobrevivieron
visitaban al zapatero por las mañanas en su casa. El almendro volvió a crecer,
el niño disfrutaba en verano de sus sombras. Todos los que lo miraban admiraban
su belleza. Los pájaros cantaban para él, las abejas recogían néctar, la lluvia
lo regaba, el sol lo calentaba, los pájaros establecían sus nidos, las personas
se juntaban para refrescarse bajo sus sombras. Los tiempos de lluvia seguían
pasando cada año. El almendro en cierta época perdía sus hojas, se quedaba
desnudo y los pájaros lo abandonaban.
Juzgaba que el destino entre los pájaros y el árbol aquel estaba
sellado de por vida. El niño aquel decidió trasplantar una de sus ramas al
patio de su casa y al poco tiempo aparecieron sus primeras ramas en el suelo.
Había amor y agradecimiento del niño por el árbol por el hecho de dar cobijo a
los pájaros que tanto amaba. El árbol floreció y deleito a su familia con su
majestuosidad.
Aquí le dijo su padre a su hijo, un día se cayó este árbol y mi
amigo zapatero me ayudo a cuidar a los pequeños pájaros. Era un árbol
majestuoso en aquella época, sus hojas verdes y grandes servían de refugio a
todo tipo de pájaros, los nidos estaban adheridos a sus ramas. Pero papa, lo
pájaros no se escuchan ahora dijo el niño. No hijo a esta hora los pájaros no
cantan, pero están por todas partes. Muchos de ellos vuelan lejos de aquí y
regresan como las golondrinas que se anidan en los techos de las casas, las
palomas andan en montes.
Viene la primavera y ellos regresan a su almendro. Aquel día me
hice el propósito de sembrar un almendro en el patio de mi casa para que en
caso de que perdieran una casa encontraran con otra cerca de este lugar. Los
pájaros como los niños se acuestan temprano. Sus padres regresan por las tardes
a darles de comer. Bonita la lluvia cuando llega mansa y las flores brillan por
doquier.
El hombre le señalo con su dedo al hijo. - Mira esa es la última
hoja del almendro que este año vuela con el viento, así nacerán al llegar la
lluvia las siguientes hojas verdes. La hoja amarilla parecía que al volar se
despedía de su madre y paso frente al hombre y al niño. Ellos se quedaron mirando
para ver hacia donde la arrastraba. Pronto la hoja se perdió.
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