AQUELLAS VACACIONES
EN MI PUEBLO
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y Maestría
en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
Soy nacido, y crecí en San Ignacio, Sinaloa. - La mayoría de los niños de mi pueblo, ni siquiera podíamos soñar con ir de vacaciones a centros turísticos, pero muchos de los niños de la ciudad pasaban sus vacaciones de verano con sus abuelos en el pueblo, y esto tanto para ellos como para nosotros los niños nacidos y que vivíamos en el pueblo, se convertía en una aventura emocionante que luego recordábamos durante mucho tiempo y contábamos a nuestros amigos y ellos a sus amigos en la ciudad.
Una peculiaridad que se presentaba, es que algunos de esos padres y niños, no eran familiares de ninguna gente del pueblo sin embargo eran bienvenidos y alojados como unos miembros más de la familia. Casi siempre, los padres de la ciudad tenían familiares o amigos a donde llevar a sus hijos de vacaciones. A veces mandaban al hijo solo en el autobús de Pablo Bonilla, el de Amadeo Zazuesta que manejaba Chabelo, el Victor Torrero, que manejaba Francisco Torrero El niño llegaba al pueblo, con un pequeño equipaje para esos días. En el pueblo no era difícil conseguir alimentos frescos, la gente era muy sencilla con trato amable y humilde.
Para ellos el hecho de que llegara una visita desde la ciudad lo consideraban un honor y siempre estaban abiertas las puertas de su casa con hospitalidad. Cuando el niño de la ciudad regresaba a su hogar los dueños de la casa donde fue hospedado les enviaban frutas, jamoncillo, mermeladas, sandías, calabazas, queso, etc., y sobre todo al niño rebosante de alegría, descansado y curtido por la exposición al sol en sus diarios baños en los arroyos.
Mi abuelo repetía que “la mayor virtud era sembrar para cosechar lo propio” Y, se debía a que no era raro cabalgar por caminos cercanos al pueblo y encontrarnos con alguna persona que traía su burro cargado de elotes que se había robado de una milpa. Los niños gustábamos de robar fruta en los huertos (Uno o dos mangos), en cambio los adultos robaban sandias, elotes, calabazas, y hasta huevos, pollos y gallinas (Coyotes de dos patas). Nuestros padres nos daban una pequeña cantidad para gastarla en el recreo de la escuela.
Recuerdo que en el kimder me daban 10 centavos, y en mis primeros grados de primaria lo máximo que podía llevar era 20 centavos y me gastaba dos centavos en un dulce Tomy, y 15 centavos en una nieve a la salida de la escuela. En aquel tiempo en el pueblo comprar una cuajada en 40 centavos era disfrutar de un manjar. Cada hogar salía con sus gastos, como podía, unos vendiendo leche recién ordeñada, otros trayendo zapatos desde la ciudad y venderlos fiados en abonos, unos más vendían dos becerros por año, otro pan, etc. Fue una época excepcional, tanto que si te ponías zapatos generabas la envidia de los demás.
La mayoría de las familias tenían una pequeña granja de gallinas, cabras, y a veces una engorda de cerdos (dos o tres máximos). En sus patios plantaban un árbol frutal, en la escuela nos enseñaban a sembrar en un huerto escolar (cada niño cuidaba su pequeña o mínima parcela) Algunos a esa edad aprendíamos la habilidad de nuestros padres, por ejemplo, aprender a ordeñar vacas, montar a caballo, ir al monte a cortar leña (No existían aun las estufas de gas, esas llegaron cuando tenía unos 9 años de edad) En el patio de mi casa había un gran guamúchil donde dormían las gallinas, al lado de una noria, y junto al baño tres papayos.
Era común que todas las casas contaran con una noria puesto que no teníamos red de agua potable, y cuando la obtuvimos frecuentemente el rio se encargaba de llevársela rio abajo ya que la enterraban en la orilla del vado del rio. Recuerdo que tenía 8 años de edad cuando en el cerro de la mesa comenzaron a construir el aljibe, en donde hoy está el cristo de la mesa, y en esa ignorancia me preguntaba ¿Cómo van a subir el agua a 40 metros, cuantos burros necesitaran para acarrear el agua? La mañana la alegraba con un gran vaso de leche caliente recién ordeñada con espuma, sacada directamente de la ubre al vaso era con lo que me deleitaba mi padre a las seis de la mañana. El verano antes de la época de lluvias los niños en vacaciones tomábamos un balde y hacíamos una lata pitayera para ir a cortar este fruto, y también ciruelas. En lo personal me gustaba ir a los potreros de mi abuelo. Esta actividad significaba para muchos niños del pueblo un deleite el regresar al hogar con dos baldes llenos de pitayas o ciruelas “Verano feliz”
Para los jóvenes las vacaciones en el pueblo se ponían en pleno apogeo, y a menudo los locales salían en conflicto con los que llegaban de la ciudad porque las chicas dejaban de hacerle caso al local y daban preferencia al de la ciudad. Las chicas asistían a los bailes acompañadas de su madre, y su madre era quien con una seña les indicaba si aceptaban bailar o no con quien las sacara a bailar. Eran días en que el pueblo, y la gente andaba alegre, los que se dedicaban a vender sacaban su mercancía para irla vendiendo de casa en casa (Tamales, jamoncillo, gallinas, pollos, requesón, cuajadas, dulces de caña, guayabate, barra de tamarindo, etc. Por la calle el Juanfra vendiendo nieve, Chairez con fruta, el venado con cacahuates, Amado Loaiza anunciando en su camioneta “rucaila” la función de cine a trasmitir por la noche.
Los jóvenes se unían en pequeños grupos, y guitarra en mano tomaban el quisco de la plazuela principal para interpretar las canciones de moda. Creo que estando en secundaria fue cuando comenzaron a llegar los tocadiscos de batería, y el uso que se les dio fue llevarlos a esas reuniones para que los jóvenes bailaran. Los jóvenes recorrían las calles hasta bien entrada la noche llenándolas de gritos alegres. Los jóvenes eran principalmente los alborotadores, para muchos de ellos el ir hasta una ventana con dos amigos y guitarra en mano dar una serenata era una travesura que causaba alegría al día siguiente.
Por mi parte, me gustaba en secundaria al llegar de vacaciones vagar por los montes, actuando con la vida silvestre. Los niños por la noche, en las esquinas del barrio jugábamos a las escondidas, en el día a las canicas. En esencia, había dos formas de entretenimiento: cine y baile. Para los niños era muy difícil el poder colarnos al cine sin pagar, en cambio los jóvenes se colaban por los baños del cine que daban a lo que hoy es el edificio de lo que fue la ganadera y hoy un teatro. Los adultos y jóvenes que contaban con dinero se compraban un bote de cacahuates, y un chicle con seis pastillas Adams.
No había películas con efectos especiales, todas en blanco y negro y se rompían frecuentemente por lo que habíamos que esperar a que se parchara la cinta para seguir viéndola, ya que las películas estaban en rollos, y el proyectista debía cambiarlas de acuerdo a la duración de la película. Cuando se rompía la cinta, la gente en una sola voz gritaba “Caraco, ya suelta la botella” Silbaban fuerte, el ambiente se animaba y hasta abucheos se escuchaban. En ocasiones se dajaba caer una fuerte lluvia con intensos rayos, y se acaba la función por ser un cine destechado. Toda la gente salía corriendo asustada para sus casas, y los arroyos por las calles se los impedia, sobre todo el callejón del beso que estaba pegado al mercado y hoy es el museo de cultura.
Los chicos de la ciudad buscaban hacerse amigo de uno local que contara con un caballo, o un burro para que le sirviera de transporte a un arroyo cercano al pueblo. Andar montado en un caballo por las calles del pueblo para un chico de ciudad se consideraba muy prestigioso. En aquellos años, había tantas cosas en el pueblo con las que los actuales niños ni siquiera pueden soñar con una infancia tan sana. Por ejemplo, no existía teléfono por lo que no servía de entretenimiento como hoy. Para comunicarnos escribíamos cartas a mano que las enviábamos o las recibíamos de mano del empleado de correos Felipe Nery. En cuanto a policías solo trabaja Faustino Vega.
La puerta de las casas no las cerrábamos con llave, así que
cualquiera que quisiera entrar lo hacía sin importar que fuera un perfecto
desconocido. Había muchas cosas buenas y muchas dificultades. Pero aún había
más cosas buenas, y esto lo veían quienes iban a visitar a su abuela, abuelo,
en el pueblo.
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