lunes, 3 de febrero de 2020

IDEOLOGÍA UNIVERSITARIA
Yo era un héroe estudiantil que volvió a casa con el título profesional en mano. Un buen día salí de mi pueblo al encuentro con la vida con esperanzas enormes y pensamientos confusos y cuya ilusión estaba puesta en obtener un título universitario.
Pero la vida que no se entrega sino al claro mirar, me había cerrado el paso con su puño de hierro y sus ganas de reírse de los que todo anhelan y con nada cuentan.
Ganas de llorar me venían cuando estudiante ante la falta de oportunidades, de dinero para el camión, la comida; de llorar con esas lágrimas de la derrota injusta que alguna vez hasta el Cid campeador dejó que le corrieran por las barbas al verse expulsado de su tierra.
Y fue entonces, cuando más agudo era el dolor y más dulce el gusto por las letras quien solo en el silencio de sus noches de desvelo la conciencia me reclamaba “Sufre, mi buen muchacho; sufre un poco, porque una derrota no viene a mal cuando se es fuerte”.
Así fue como hace 40 años me lance a la conquista de la universidad fuera de mi estado al ser prácticamente expulsado ante la falta de un espacio público para estudiar. Llevaba en el corazón ilusiones sin medida, y en el espíritu las doctrinas más dispares. ¿Cómo extrañarse entonces de que al andar de pocos años la realidad me cortara el camino, me rompiera las armas y me estrujara los sueños? Aquel fuerte muchacho, a quien no faltaba por cierto el ardor combativo, tenía sobre el mundo y la política las ilusiones más extrañas.
Yo, creía que la juventud tenía un valor en sí; que la historia era un choque perpetuo entre generaciones “polémicas” y generaciones “acumulativas”; y que bastaba por tanto desalojar de los claustros a los envejecidos y arrojar del gobierno a los mediocres, para que empezáramos a vivir la “hora anhelada de un México mejor”.
Confiaba para eso en el único auxilio de mis sus fuerzas, físicas e intelectuales. En la calle y en la plaza había descubierto a un aliado formidable: el aguerrido y brioso proletariado estudiantil universitario. Pero aunque fraternizaba con él, y decía compartir sus ideales, le disputaba de hecho los puestos de comando y hasta pretendía esclarecerlo con mi propia doctrina de las “generaciones combativas, llenas de ideologías”.
Desdichada teoría y candorosa vanidad a las que debo en buena parte mí templanza. Mas, como había en mi voluntad de pelea, y corazón de sobra, aquellas derrotas se curaron solas, las heridas dejaron de supurar, el candor de las ilusiones floreció de nuevo en ese desierto de lucha por las causas justas, idealistas y me hizo entrar por los ojos el crudo dramatismo de la realidad contemporánea para los que nacen con ganas de crecer y no cuentan con lo mínimo. Y comencé a sospechar que las luchas son las que dirigen la historia, y que en el momento actual las intenciones mejores sólo conducen a la esterilidad o a la reacción cuando no se acepta la hegemonía indiscutible de la sociedad.
Los años han pasado y semejante transformación quedo vigente, lista a cualquier chispazo, es decir llego la vejez pero sigue el idealismo, esa historia personal que no implica, de ninguna manera, la renuncia a los grandes ideales que dieron al movimiento universitario por un México mejor.
Los años y las experiencias quedaron atrás con el siempre engaño demagógico del discurso político. Era joven y luchaba a ciegas con los molinos de viento como el buen quijote, pero en vez de perseguirlos casi a ciegas por caminos imposibles, se ahora con absoluta certidumbre cuáles son las condiciones previas que es necesario realizar.
¿Cómo? alzar el edificio de la Universidad futura en esta sociedad actual que detiene el avance de las técnicas, que niega a las masas estudiantiles el derecho de la cultura, que las rechaza de plano bajo el pretexto del examen de ingreso, que las persigue, que alarga innecesariamente los estudios para impedir que salga de manos de la burguesía el monopolio de la cultura y de la ciencia
¿Cómo construir el hombre libre, en esta sociedad actual que sólo piensa en el consumismo, la esclavitud como solución de su crisis como único sistema para prolongar durante un tiempo una dominación que ya ha concluido?
La “Universidad” a la que todos los jóvenes aspiran, aquellos que están deseando ser libres y cuya existencia no les permitimos o no queremos que estén con su realidad. Crear una universidad con alma, con espíritu universitario que transforma radicalmente la esclavitud permitida y fomentada desde el estado, una universidad que sea libre y que conquiste la libertad de sus egresados.
Una universidad que empiece a construir desde los propios cimientos la única sociedad en que podrá vivir “el “hombre libre”. Esa universidad y ese hombre no son las viejas ilusiones de otro tiempo que se presentan ahora remozadas, son ya una fresca realidad viviente.
He tenido la fortuna de pasar por esas aulas, de compartir la vida de esos jóvenes. Y bien, amigos míos: todo lo que nosotros anhelamos desde hace tiempo, todo lo que algún día aspiramos a ver con nuestros propios ojos del cariño entrañable, marcha ya con paso firme en la primera de las patrias demagógicas.
El enorme tesoro acumulado por la labor de siglos continúa sin estar al alcance de la mano que lo quiera. Y mientras en el resto del mundo el estudio desfallece y nos comparan en México la investigación se agota.
Hermoso espectáculo hubiera sido el haber llegado a esta edad y al mirar atrás encontrar que aquella sociedad al fin había encontrado su rumbo y en materia de cultura ya no fuera privilegio de nadie porque primero extirpó el privilegio económico. ¿Significa esto renunciar a la lucha dentro de la universidad hasta que llegue triunfante el día del advenimiento? Sería suicida semejante actitud.
Nada ocurre en la historia de manera mecánica. Somos los seres humanos los que la vamos haciendo con nuestros actos, y de nada serviría saber que están con nosotros las fuerzas del porvenir si no les saliéramos al encuentro con el continuo combate.
No hay una sola reivindicación estudiantil, por minúscula que sea, que no merezca la acción más tesonera. Porque lo grave y lo serio no es el arancel éste o el reglamento aquél. Lo grave y lo serio está en saber que detrás de esas cosas en apariencia tan pequeñas vienen preparando su ofensiva las fuerzas sociales enemigas y que es necesario por lo mismo movilizar las grande masas para montar día y noche la guardia vigilante. Cuando la juventud toma la bandera ideológica, la conduce hasta el fin entre sus puños cerrados.

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