PREGUNTAR
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI
Sólo un instante me bastó para comprender
que la vida es efímera y que la felicidad es un estado enmascarado en
satisfacción. Que la felicidad es un soplo corto en aliento en el cual el alma
nos hace vivir ante la fragilidad de los deseos dominantes.
Los seres humanos somos
pertinaces que siempre vamos en busca de la conquista de algo, sin importar que
ese algo nos sea imposible. Coexistimos buscando la verdad y nos manifestamos
inconformes con nosotros mismos, con la resignación y la espera que desespera
ante la voracidad con la que las personas se apoderan de nuestra voluntad,
considerándose dueños de voluntades, de lo íntimo, ajeno, propio, lo mío
convertido en suyo.
Existimos aguerridos protectores
de sentimientos ajenos, tristes melancólicos en el dolor propio y presto a
sanar cualquier decepción justificándolas como “Estoy aprendiendo a vivir la
realidad en la vida, la incomprensión en el amor”.
El ser humano es protagonista y
títere a sabehggez en las más bellas historias de incomprensión y maneja sus
propias novelas como jamás nadie las relató. Caminamos entre nubes de esperanza
y glorias frustradas, vagando entre destino y futuro en suerte o destino sin
camino. Florecemos en cúmulo de vivencias que juegan con la comprensión y que
irónicamente nos hacen creer que concurrimos dueños de un destino halagador.
Tomamos decisiones que con el
paso del tiempo nos hacen carcajear por lo erróneo de las mismas, por la falta
de cordura y las justificamos diciendo que la vida es una ruleta en la que se
apuesta y al final nadie sale ganando, de principio a fin.
El destino nos halla en donde
quiera que nos encontremos y lo enfrentamos con una falsa sonrisa, sabedores
que la vanidad nos traicionará, entre lo voluble y lo ineficiente, entre lo
empalagoso y la dádiva salerosa con frases escogidas para cada ocasión en un
aire de sapiencia que se esfuma con el viento dejando de decir lo real, y
provocando el suspiro vanidoso, “tentaciones del alma, en su instante de
infierno”
Miradas que matan, suspiros que
hieren en busca de atrapar al ser en su egolatría más silenciosa y profunda,
espíritus prisioneros, liviandades vanidosas.
Bellas novelas narradas muy
alejadas de su verdad y que surgen ante la ausencia de esencia en busca de
engañar la necesidad humana, de sentirse incomprendida para meter en la cabeza
lo convencible fácilmente. Un ser humano alejado de la verdadera amistad,
inmerso en su egolatría manejada mediante sonrisas amigables y da abrazos,
besos, caricias en busca de encontrarse sin importar el otro ser, tan sólo su
satisfacción, su tiempo y necesidad.
Vivir engañado para disfrutar el
vivir de las necesidades ajenas, encontrando esa satisfacción que llena al
descubrir su propio secreto, al jugar con sus leyendas inventadas,
reinventadas, absurdas, llenas en divagaciones incongruentes.
Mente que no descansó y cuando
lo hace siente que el silencio le es eterno en la mentira de su verdad, en su
no sé. Tan sólo sus pupilas parpadean cuando se miran al espejo y reconocen por
fin su ingrata necesidad de ser amados, por eso sienten, por eso sufren al
encontrar que no se hallan comprendidos en ese extraño sueño llamado placer,
vida, sueño, moda o esperanza fallida.
Un ser humano que se deja llevar
por la corriente de los deseos y termina por desilusionarse derrotado con el
paso de los años y mira atrás en busca de una luz que lo vuelva a llenar de
esperanza.
Un ser humano capaz de negarlo
todo con tal de sentirse pleno, incluso llegar a negarse el mismo dejando saber
que él no es como los demás, que no sabe vivir sin ilusiones, que cuenta con todo
para ser feliz sin importar el mundo que lo rodea.
El mundo feliz en cada ser
humano es la ilusión en levantarse al otro día y realizar el sueño madurado,
¿cómo hacerlo realidad? Los seres humanos nos negamos a caer derrotados,
buscamos conseguir lo que queremos, vivimos para vivir.
El humano derrotado se levanta
cada día con la queja en sus labios y la apoya en sus excusas para dejar en
reaccionar, para justificarse ante su falta de voluntad, su falta de actitud
ante los desafíos. Si no hay voluntad todo está perdido, la desgracia está
presente y se reproduce como queja, como lamento incomprendido. Pierde antes de
iniciar, es un sentimiento profundo que se apodera del alma y quita al espíritu
la esperanza diciéndole que no lo merece, que eso no llena su vida.
El peor enemigo del humano es su
propio pensamiento, su rechazo a ser diferente. Los filósofos dicen que la
mejor manera de enfrentar la falta de voluntad es valorando las cosas pequeñas,
los pequeños actos de amor al prójimo y que al cabo del tiempo serán parte del
espíritu terminando siendo del alma.
Es ahí en donde se empieza a
valorar la vida, aceptar que por mucho mundo que hayas recorrido, que sepas
mucha ciencia, te quedará un largo y cansado camino por recorrer. Si piensas
que la vida se volvió monótona, que las personas son aburridas, quizás es
tiempo de que camines un poco más o simplemente cambies la actitud que
asumiste, planteándote: ¿y si hoy muriera, cuál sería mi testamento?
Existen seres humanos que viven
en una nube de la cual nunca se bajan y se la pasan componiendo el mundo de los
demás, dejan de poner los pies en la tierra, y no saben valorar la vida misma o
los seres vivos que los rodean. Son seres que no se alegran con el progreso de
los demás, nada los sorprende, todo es evidente desde antes que se produzca,
nada absolutamente les causa sorpresa.
Probablemente a esos seres
humanos se les acabó la alegría de vivir al creer que todo se lo merecen y que
las personas no alcanzan a ser felices es porque no quieren serlo, sencillamente
porque los consideran ignorantes y se comparan con ellos para llenarse en
satisfacción. Dejan de ser exigentes consigo mismos.
Esto no lo digo en forma
despectiva o trato en ofender, lo que ocurre es que pienso en la gran
ignorancia que llevamos a cuestas y la forma tan vanidosa en la que la
presumimos. Nos queda mucho por aprender lo importante es que no ignoremos
nuestra propia ignorancia como decía Françoise de la Rochefoucauld: “Tres
clases hay de ignorancia: no saber lo que debiera saberse, saber mal lo que se
sabe, y saber lo que no debiera saberse”.
El caso es que todos creemos
saber, nadie nos equivocamos y somos capaces en superar cualquier prueba,
prueba de inferioridad.
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