domingo, 5 de abril de 2020


PREGUNTAR
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

Sólo un instante me bastó para comprender que la vida es efímera y que la felicidad es un estado enmascarado en satisfacción. Que la felicidad es un soplo corto en aliento en el cual el alma nos hace vivir ante la fragilidad de los deseos dominantes.

Los seres humanos somos pertinaces que siempre vamos en busca de la conquista de algo, sin importar que ese algo nos sea imposible. Coexistimos buscando la verdad y nos manifestamos inconformes con nosotros mismos, con la resignación y la espera que desespera ante la voracidad con la que las personas se apoderan de nuestra voluntad, considerándose dueños de voluntades, de lo íntimo, ajeno, propio, lo mío convertido en suyo.

Existimos aguerridos protectores de sentimientos ajenos, tristes melancólicos en el dolor propio y presto a sanar cualquier decepción justificándolas como “Estoy aprendiendo a vivir la realidad en la vida, la incomprensión en el amor”.

El ser humano es protagonista y títere a sabehggez en las más bellas historias de incomprensión y maneja sus propias novelas como jamás nadie las relató. Caminamos entre nubes de esperanza y glorias frustradas, vagando entre destino y futuro en suerte o destino sin camino. Florecemos en cúmulo de vivencias que juegan con la comprensión y que irónicamente nos hacen creer que concurrimos dueños de un destino halagador.

Tomamos decisiones que con el paso del tiempo nos hacen carcajear por lo erróneo de las mismas, por la falta de cordura y las justificamos diciendo que la vida es una ruleta en la que se apuesta y al final nadie sale ganando, de principio a fin.

El destino nos halla en donde quiera que nos encontremos y lo enfrentamos con una falsa sonrisa, sabedores que la vanidad nos traicionará, entre lo voluble y lo ineficiente, entre lo empalagoso y la dádiva salerosa con frases escogidas para cada ocasión en un aire de sapiencia que se esfuma con el viento dejando de decir lo real, y provocando el suspiro vanidoso, “tentaciones del alma, en su instante de infierno”

Miradas que matan, suspiros que hieren en busca de atrapar al ser en su egolatría más silenciosa y profunda, espíritus prisioneros, liviandades vanidosas.

Bellas novelas narradas muy alejadas de su verdad y que surgen ante la ausencia de esencia en busca de engañar la necesidad humana, de sentirse incomprendida para meter en la cabeza lo convencible fácilmente. Un ser humano alejado de la verdadera amistad, inmerso en su egolatría manejada mediante sonrisas amigables y da abrazos, besos, caricias en busca de encontrarse sin importar el otro ser, tan sólo su satisfacción, su tiempo y necesidad.

Vivir engañado para disfrutar el vivir de las necesidades ajenas, encontrando esa satisfacción que llena al descubrir su propio secreto, al jugar con sus leyendas inventadas, reinventadas, absurdas, llenas en divagaciones incongruentes.

Mente que no descansó y cuando lo hace siente que el silencio le es eterno en la mentira de su verdad, en su no sé. Tan sólo sus pupilas parpadean cuando se miran al espejo y reconocen por fin su ingrata necesidad de ser amados, por eso sienten, por eso sufren al encontrar que no se hallan comprendidos en ese extraño sueño llamado placer, vida, sueño, moda o esperanza fallida.

Un ser humano que se deja llevar por la corriente de los deseos y termina por desilusionarse derrotado con el paso de los años y mira atrás en busca de una luz que lo vuelva a llenar de esperanza.

Un ser humano capaz de negarlo todo con tal de sentirse pleno, incluso llegar a negarse el mismo dejando saber que él no es como los demás, que no sabe vivir sin ilusiones, que cuenta con todo para ser feliz sin importar el mundo que lo rodea.

El mundo feliz en cada ser humano es la ilusión en levantarse al otro día y realizar el sueño madurado, ¿cómo hacerlo realidad? Los seres humanos nos negamos a caer derrotados, buscamos conseguir lo que queremos, vivimos para vivir.

El humano derrotado se levanta cada día con la queja en sus labios y la apoya en sus excusas para dejar en reaccionar, para justificarse ante su falta de voluntad, su falta de actitud ante los desafíos. Si no hay voluntad todo está perdido, la desgracia está presente y se reproduce como queja, como lamento incomprendido. Pierde antes de iniciar, es un sentimiento profundo que se apodera del alma y quita al espíritu la esperanza diciéndole que no lo merece, que eso no llena su vida.

El peor enemigo del humano es su propio pensamiento, su rechazo a ser diferente. Los filósofos dicen que la mejor manera de enfrentar la falta de voluntad es valorando las cosas pequeñas, los pequeños actos de amor al prójimo y que al cabo del tiempo serán parte del espíritu terminando siendo del alma.

Es ahí en donde se empieza a valorar la vida, aceptar que por mucho mundo que hayas recorrido, que sepas mucha ciencia, te quedará un largo y cansado camino por recorrer. Si piensas que la vida se volvió monótona, que las personas son aburridas, quizás es tiempo de que camines un poco más o simplemente cambies la actitud que asumiste, planteándote: ¿y si hoy muriera, cuál sería mi testamento?

Existen seres humanos que viven en una nube de la cual nunca se bajan y se la pasan componiendo el mundo de los demás, dejan de poner los pies en la tierra, y no saben valorar la vida misma o los seres vivos que los rodean. Son seres que no se alegran con el progreso de los demás, nada los sorprende, todo es evidente desde antes que se produzca, nada absolutamente les causa sorpresa.

Probablemente a esos seres humanos se les acabó la alegría de vivir al creer que todo se lo merecen y que las personas no alcanzan a ser felices es porque no quieren serlo, sencillamente porque los consideran ignorantes y se comparan con ellos para llenarse en satisfacción. Dejan de ser exigentes consigo mismos.

Esto no lo digo en forma despectiva o trato en ofender, lo que ocurre es que pienso en la gran ignorancia que llevamos a cuestas y la forma tan vanidosa en la que la presumimos. Nos queda mucho por aprender lo importante es que no ignoremos nuestra propia ignorancia como decía Françoise de la Rochefoucauld: “Tres clases hay de ignorancia: no saber lo que debiera saberse, saber mal lo que se sabe, y saber lo que no debiera saberse”.

El caso es que todos creemos saber, nadie nos equivocamos y somos capaces en superar cualquier prueba, prueba de inferioridad.

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