domingo, 5 de abril de 2020

MISA DE CUERPO PRESENTE
Ramón Antonio Larrañaga Torróntegui

Hoy quiero hablar de las cosas gratuitas que nos regala la vida, eso que está al alcance, y cada cual lo disfruta a su estilo, ya sea privadamente o en compañía. Se habla mucho de la soledad del humano, de ese estado aberrante y obstinado, que sólo el necio conoce. Porque este aislamiento es provocado, en medio de la posibilidad perenne, de ser hermosamente acompañado. Nunca estamos solos, estamos con nosotros mismos, y la gratuidad del entorno, nos invita a regocijarnos con lo simple y diario que vivimos. Nadie nos puede quitar la dicha de ver el sol cada mañana, de oír el canto de los pájaros, y percibir cómo las nubes cambian y viajan. La observancia del alrededor es totalmente gratuita, acompañada de personas que se cruzan de repente, y traen mensajes de amor y vida. Aun aquel hombre que está cautivo tiene el poder de su actitud, esa que nadie puede robarle, por la custodia definitiva del espíritu y su plenitud.

La posibilidad se expande según el ansia por apreciar lo que rodea, y cada paso que se da en este mundo es una oportunidad de ver y sentir, lo hermoso que la actitud crea. Los sentidos nos van conectando, y por todos estos medios, un mensaje muy variado y simple, es el que se nos está dando. El procesamiento es individual, y entre todos los estímulos y personas se va apreciando la maravillosa gratuidad. La secuencia de estos regalos gratuitos empieza en el nacimiento, desde que somos seres humanos y estamos para experimentar el amor, con todos sus acontecimientos.
Precisamente el amor es la gratuidad más grande, porque ahí está latente, y para ser felices sólo le tenemos que dar para adelante.

La oferta ahí está, y en todo lo gratuito hay una gran presencia de amor ¡corramos a disfrutarlo para ganar! Sumar momentos hermosos, que se rescatan hasta en los peores eventos, de frustración y enojo. Inspiremos a nuestros compañeros de vida a admirar la naturaleza, a ser generosos con todo ser humano, que se cruza por nuestro camino y cabeza; a respetar la latencia de todo lo vivo, porque dentro de esa movilidad, el ser Supremo exige consideración en los pasos de nuestro camino.

El paisaje que nos rodea a diario invita, y el espíritu, con la observancia y la convivencia crece y se regocija. Hoy precisamente hoy es el día, de volvernos observadores y contagiar alegría. Hoy sin esperar a mañana, debemos dejarnos seducir por el perdón, e ir a buscar esa aplazada y ansiada reconciliación. Desde hoy debemos aprovechar la existencia en plenitud, quitarnos el disfraz de soberbia, y abrirnos para que nos llegue la luz. Al llegar la muerte se le despide en una guarida dejando atrás el cuerpo con espacio de lágrimas y un adiós, que a la vez invita a buscar vida, en lo grandioso e incomprensible del plan de Dios. Así también son las relaciones en esta tierra, situaciones que obligan a procesos de duelo que se tienen que vivir y asumir, para resucitar a nuevas eras.

Etapas que fortalecen la relación, y en las cuales lo valioso que surja, va a ser un reciclaje de prioridades para los dos. Cuando ya no podemos ser o hacer algo, es momento de ir y descubrir, un espíritu que ubica y nos lleva a otro plano. Lo viejo tiene un valor inigualable, y el tiempo que se asume en una relación conlleva en las limitaciones físicas, un amor que si se cultiva, embellece todo a su alcance.

Estando en la Iglesia en misa de cuerpo presente, llegue y fui saludando a gentes conocidas, que acompañan a los suyos. Ser prudente en estos casos es lo indicado-, sin embargo observe que por allí apareció un señor mayor de edad al que le urgía platicarle algo a una amiga mía norteamericana-, La jalo del brazo y le dijo algo al oído, y ésta se queda azorada con el comentario, por inoportuno y deslucido. ¿Qué te dijo? -Me dice: Una payasada.- Nos sentamos y permanecimos callados. A la salida de la misa le pregunté lo dicho por este sujeto, y me respondió algo que yo tampoco esperaba, porque se supone que los templos son lugar de respeto.

Pero aun así, este señor expresó algo de demencia senil con una risita sarcástica: Oye Babi, las mujeres son como las camionetas, cuando se hacen viejas hay que cambiarlas por una nueva. La norteamericana se quedó atónita ante ese chiste de origen machista, y como estábamos en un lugar de silencio, no tuvo oportunidad de contestar con su acostumbrada chispa. Pero ya en el auto de regreso a su casa me dice arrepentida, que ya tiene una contestación para este viejo.- Le debería haber dicho que para qué quiere camioneta nueva si ya no puede manejar, y además si compra una, necesitaría chofer para poderla maniobrar, sin chocar. Porque ha de toparse con pared ante la imposibilidad obligada, de aceptar que ya de viejo, sus instrumentos genitales, sirven sólo para una meada. Me reí de sus comentarios, porque con ese acento gringo, les da un sabor más gracioso que el acostumbrado.

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