MISA DE CUERPO PRESENTE
Ramón Antonio Larrañaga Torróntegui
Hoy quiero hablar de las cosas
gratuitas que nos regala la vida, eso que está al alcance, y cada cual lo
disfruta a su estilo, ya sea privadamente o en compañía. Se habla mucho de la
soledad del humano, de ese estado aberrante y obstinado, que sólo el necio
conoce. Porque este aislamiento es provocado, en medio de la posibilidad
perenne, de ser hermosamente acompañado. Nunca estamos solos, estamos con
nosotros mismos, y la gratuidad del entorno, nos invita a regocijarnos con lo
simple y diario que vivimos. Nadie nos puede quitar la dicha de ver el sol cada
mañana, de oír el canto de los pájaros, y percibir cómo las nubes cambian y
viajan. La observancia del alrededor es totalmente gratuita, acompañada de
personas que se cruzan de repente, y traen mensajes de amor y vida. Aun aquel
hombre que está cautivo tiene el poder de su actitud, esa que nadie puede
robarle, por la custodia definitiva del espíritu y su plenitud.
La posibilidad se expande según el
ansia por apreciar lo que rodea, y cada paso que se da en este mundo es una
oportunidad de ver y sentir, lo hermoso que la actitud crea. Los sentidos nos
van conectando, y por todos estos medios, un mensaje muy variado y simple, es
el que se nos está dando. El procesamiento es individual, y entre todos los estímulos
y personas se va apreciando la maravillosa gratuidad. La secuencia de estos
regalos gratuitos empieza en el nacimiento, desde que somos seres humanos y
estamos para experimentar el amor, con todos sus acontecimientos.
Precisamente el amor es la gratuidad
más grande, porque ahí está latente, y para ser felices sólo le tenemos que dar
para adelante.
La oferta ahí está, y en todo lo
gratuito hay una gran presencia de amor ¡corramos a disfrutarlo para ganar!
Sumar momentos hermosos, que se rescatan hasta en los peores eventos, de
frustración y enojo. Inspiremos a nuestros compañeros de vida a admirar la
naturaleza, a ser generosos con todo ser humano, que se cruza por nuestro
camino y cabeza; a respetar la latencia de todo lo vivo, porque dentro de esa movilidad,
el ser Supremo exige consideración en los pasos de nuestro camino.
El paisaje que nos rodea a diario
invita, y el espíritu, con la observancia y la convivencia crece y se regocija.
Hoy precisamente hoy es el día, de volvernos observadores y contagiar alegría.
Hoy sin esperar a mañana, debemos dejarnos seducir por el perdón, e ir a buscar
esa aplazada y ansiada reconciliación. Desde hoy debemos aprovechar la
existencia en plenitud, quitarnos el disfraz de soberbia, y abrirnos para que
nos llegue la luz. Al llegar la muerte se le despide en una guarida dejando
atrás el cuerpo con espacio de lágrimas y un adiós, que a la vez invita a
buscar vida, en lo grandioso e incomprensible del plan de Dios. Así también son
las relaciones en esta tierra, situaciones que obligan a procesos de duelo que
se tienen que vivir y asumir, para resucitar a nuevas eras.
Etapas que fortalecen la relación, y en
las cuales lo valioso que surja, va a ser un reciclaje de prioridades para los
dos. Cuando ya no podemos ser o hacer algo, es momento de ir y descubrir, un
espíritu que ubica y nos lleva a otro plano. Lo viejo tiene un valor
inigualable, y el tiempo que se asume en una relación conlleva en las
limitaciones físicas, un amor que si se cultiva, embellece todo a su alcance.
Estando en la Iglesia en misa de cuerpo
presente, llegue y fui saludando a gentes conocidas, que acompañan a los suyos.
Ser prudente en estos casos es lo indicado-, sin embargo observe que por allí
apareció un señor mayor de edad al que le urgía platicarle algo a una amiga mía
norteamericana-, La jalo del brazo y le dijo algo al oído, y ésta se queda
azorada con el comentario, por inoportuno y deslucido. ¿Qué te dijo? -Me dice:
Una payasada.- Nos sentamos y permanecimos callados. A la salida de la misa le
pregunté lo dicho por este sujeto, y me respondió algo que yo tampoco esperaba,
porque se supone que los templos son lugar de respeto.
Pero aun así, este señor expresó algo
de demencia senil con una risita sarcástica: Oye Babi, las mujeres son como las
camionetas, cuando se hacen viejas hay que cambiarlas por una nueva. La
norteamericana se quedó atónita ante ese chiste de origen machista, y como
estábamos en un lugar de silencio, no tuvo oportunidad de contestar con su
acostumbrada chispa. Pero ya en el auto de regreso a su casa me dice
arrepentida, que ya tiene una contestación para este viejo.- Le debería haber
dicho que para qué quiere camioneta nueva si ya no puede manejar, y además si
compra una, necesitaría chofer para poderla maniobrar, sin chocar. Porque ha de
toparse con pared ante la imposibilidad obligada, de aceptar que ya de viejo,
sus instrumentos genitales, sirven sólo para una meada. Me reí de sus
comentarios, porque con ese acento gringo, les da un sabor más gracioso que el
acostumbrado.
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