Mi nuevo libro, el número 53 ya está a la venta a nivel
Internacional “ÚLTIMO TRAGO DE TEQUILA”
Hoy quiero hablar de las cosas
gratuitas que nos regala la vida, eso que está al alcance, y cada cual lo
disfruta a su estilo, ya sea privadamente o en compañía. Se habla mucho de la
soledad del humano, de ese estado aberrante y obstinado, que sólo el necio
conoce. Porque este aislamiento es provocado, en medio de la posibilidad
perenne, de ser hermosamente acompañado. Nunca estamos solos, estamos con
nosotros mismos, y la gratuidad del entorno, nos invita a regocijarnos con lo
simple y diario que vivimos. Nadie nos puede quitar la dicha de ver el sol cada
mañana, de oír el canto de los pájaros, y percibir cómo las nubes cambian y
viajan. La observancia del alrededor es totalmente gratuita, acompañada de
personas que se cruzan de repente, y traen mensajes de amor y vida.
Aun aquel hombre que está
cautivo tiene el poder de su actitud, esa que nadie puede robarle, por la
custodia definitiva del espíritu y su plenitud. La posibilidad se expande según
el ansia por apreciar lo que rodea, y cada paso que se da en este mundo es una
oportunidad de ver y sentir, lo hermoso que la actitud crea. Los sentidos nos
van conectando, y por todos estos medios, un mensaje muy variado y simple, es
el que se nos está dando. El procesamiento es individual, y entre todos los
estímulos y personas se va apreciando la maravillosa gratuidad. La secuencia de
estos regalos gratuitos empieza en el nacimiento, desde que somos seres humanos
y estamos para experimentar el amor, con todos sus acontecimientos.
Precisamente el amor es la gratuidad más
grande, porque ahí está latente, y para ser felices sólo le tenemos que dar
para adelante.
La oferta ahí está, y en todo lo gratuito hay una gran presencia
de amor ¡corramos a disfrutarlo para ganar! Sumar momentos hermosos, que se
rescatan hasta en los peores eventos, de frustración y enojo. Inspiremos a nuestros compañeros de vida a
admirar la naturaleza, a ser generosos con todo ser humano, que se cruza por
nuestro camino y cabeza; a respetar la latencia de todo lo vivo, porque dentro
de esa movilidad, el ser supremo exige consideración en los pasos de nuestro
camino. El paisaje que nos rodea a diario invita, y el espíritu, con la
observancia y la convivencia crece y se regocija. Hoy precisamente hoy es el
día, de volvernos observadores y contagiar alegría. Hoy sin esperar a mañana,
debemos dejarnos seducir por el perdón, e ir a buscar esa aplazada y ansiada
reconciliación. Desde hoy debemos aprovechar la existencia en plenitud,
quitarnos el disfraz de soberbia, y abrirnos para que nos llegue la luz.
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