SAN IGNACIO, SINALOA
PANTEÓN
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
He estado pensando por un
tiempo, ¿es bueno volver a todo en el pasado? Probablemente no, pero creo que
todo lo que sucedió en el pasado no debe olvidarse, no por las lecciones que
trae sino por los eventos muy importantes para recordar. ¿Por qué tenemos que
retroceder en el tiempo? Es importante que recuerdes esto porque somos el
resultado de nuestras decisiones de ayer. Necesitamos ser claros sobre las
cosas que no entendemos. Para mí, mirar hacia atrás en el pasado es una señal
de que todavía tengo la esperanza de corregir mis errores, es una prueba de que
he tomado un camino difícil antes de poder lograr lo que soy ahora.
Una
tarde mientras inspeccionaba la matanza de pollos en el rastro de Cuautitlán
entro una llamada diciéndome que mi hermano estaba muy grave en el hospital de
Toluca y que estaba siendo operado de la cabeza por los golpes que recibió en
un accidente automovilístico. Me entro un escalofrió y miedo nunca antes
sentido, por segunda vez me enfrentaba a la muerte. A las 9 de la noche viaje a
Toluca, no me importaba la hora solo tenía en la cabeza que mi hermano estaba
luchando por su vida y tenía que estar presente. Exactamente pasada la media
noche llegue al hospital y en la sala esperando vi a mi madre devastada por la
angustia y sufrimiento mientras mis hermanas trataban en consolarla. La mente
se me bloqueo aún más por alguna razón inexplicable. Me acerque a ellos
tratando en entender lo que había sucedido. Mi madre me abrazo, cosa que no
sucedía en mucho tiempo por estar alejado de la casa, se volvió llorando
diciéndome “Se nos muere tu hermano”. Eso apedreo el centro de mis sentimientos
destrozando la entereza y solté las lágrimas. Luego me dijo ¿Ya cenaste? ¿Quién
iba a pensar en cena?
Sí,
no podía moverme de la angustia, la mire a los ojos y me di cuenta como en la
primera vez que perdimos al hermano menor José Martin al ser atropellado por un
carro que el mundo para mi madre se había detenido, en realidad no podía mirarla
a la cara y se debía que al igual que ella mi mundo también se había detenido.
Me senté en una esquina con la cara pegada a las rodillas y con el pensamiento
en los recuerdos vividos con mi hermano no hacía mucho tiempo. Asi, estuve dos
días, pensando las cosas y escuchando lo que sucedía, solo esperando que mi
hermano se recuperara, pero al final no lo hizo y murió. Antes de que esto
sucediera entre en la habitación, sentía un silencio extraño y ensordecedor en
la cabeza, lo mire vendado de la cabeza con sondas por todos lados, sabía que
el sentía mi presencia y que ambos estábamos tratando de decirnos algo, pero
pensé, tal vez este es el momento de callar, de olvidar el estado en que se
encuentra y pedir a Dios.
Por
primera vez le dije no te dejes vencer, te necesitamos, y él escuchó, pero esa
buena intención no basto, lo importante es que había soltado de mi cuerpo esa
angustia que sentía al verlo indefenso y sin poder hacer nada. Creo que me
escucho. Al salir de la habitación vinieron a mi mente las historias que nos
contábamos a la entrada de la Universidad en la jardinera cuando nos reíamos de
los castigos que mi madre nos daba para que nos arrepintiéramos. Cuando mi
hermano me regañaba o yo lo hacía pero llego el momento y nos dejó, el tiempo en
ese instante se detuvo. Lo hizo porque tuvo que cumplir con la ley de la vida,
todo lo que seguía era llanto, recuerdos. Eligio Dios dejar ir a su familia
para llevarlo a un lugar a su destino. La familia perdió, salió derrotada, mi
madre cumplió con responsabilidad, mi padre lo acepto. Esa noche todo cambio,
mi vida y presente se oscurecieron por el dolor, en mis lágrimas silenciosas en
las noches me preguntaba ¿por qué me dejó?, no había una respuesta.
En
esos momentos comprendí lo que era la verdadera felicidad y llore con odio
hacia la vida, a Dios, seguí llorando varios años y la diferencia de aquellas
lagrimas a las de ahora es que ya no hay odio, sino dolor al recordar porque
tuve la oportunidad de convivir varios años a su lado, de conocernos como hermanos
sin embargo un accidente nos cambió la vida, el pasado. En la vida hay
recuerdos dolorosos que preferimos callar sin olvidar porque ninguna felicidad
igual puede borrar el dolor que traen esos recuerdos, pero en aquel momento
sentí que todavía había esperanza de que Dios se apiadara de su alma y borrara
todo el sufrimiento que mi madre y yo, estábamos experimentando. Todas las
lágrimas y el dolor que has experimentado tienen una causa y una felicidad
igual, para ello, tenemos que ser pacientes y confiar en Dios.
Muchos años antes había muerto
mi hermano menor: Quise recordar la primera vez que fui a un velorio y a un
entierro. Lo cercano familiar es el dolor en llevar a mi pequeño hermano (10
años en edad, yo 17) a quien lo había atropellado un carro. Un niño que era la
alegría de la casa, amigo de todos los niños, amaba jugar, daba caricias a
granel, gustaba en pasear. Usted puede imaginar lo doloroso que fue para
nosotros su muerte repentina.- Ese día estaba yo, sentado en la puerta de la
casa a las cinco y media de la tarde jugando a empujarnos, y riendo me dijo.- ¡Quítate
de la puerta, déjame pasar a tomar agua!
Bastaron unos 30 minutos para que estuviera
tendido en la esquina. Yo, lo amo, incluso esa noche renegué de dios a pesar de
ser católico, me preguntaba el ¿por qué? se lo llevaba, si él a nadie le hacía
un mal. Fueron meses, años de llanto, un llanto diferente al dolor que produce
este sentir especial de vacío en el alma, es esa sensación que con nada se
compensa. Las emociones me habían ganado, incluso por encima de cualquier fe en
un dios, no había forma de consolarme, ni aceptar lo que amigos católicos me
decían que se encontraba en un lugar mejor al lado de dios. Ya, no estaba aquí,
y, yo sufría su perdida, deseaba mi propia muerte, vivía sin disfrutar nada,
eso era un dolor diario, constante, incomparable. Fui injusto al ver gente mala
gozando de salud plena y deseaba a dios reclamarle ¿Por qué a mi hermano y a
ellos?
El llanto en ir a sepultar a mi
hermanito, viéndolo que ya no se movía, que daría mi propia vida por verlo
levantarse. Llore sobre su tumba, sobre mi cama por largos años. Estaba triste,
cuando pensaba en él me mostraba angustiado. Un dolor que no se marchaba, que
llegaba por las noches mientras dormía, una pérdida que seguiré sintiendo todos
los días de mi vida. Quisiera callar pero el dolor no pasa, es muy mío.
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