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REFLEXIÓN SOBRE MI VIDA (CUATRO)
Estaba de nuevo entrando por la calle principal
de mi lugar nativo “El pueblo” El aire fresco de la mañana me recibía con su
susurro en mis oídos. A lo lejos se observaban las casas con sus tejas rojas.
Los rincones en las laderas del monte que lo rodea y por donde trepé de niño en
mi lucha por las alturas. Miré las aguas tranquilas correr rio abajo. Un mundo
y su naturaleza pequeño para algunos he inmensamente grande para otros. Un
lugar en que naces y te atrae con fuerza por muy lejos que te encuentres.
Me quede un rato mirando la antigua casa de mi
infancia, pensando en el pasado. La feliz infancia que encajó en mi vida con
una neblina nerviosa distante, que pinto en mi niñez el futuro a buscar, el
camino a recorrer, los trazos a pintar. Aquellos años, y que al igual que hoy
volaron en el tiempo con la misma somnolencia que se percibe en este instante.
La vida camina por un sendero angosto que se va perdiendo su medida en la
espesura de las preocupaciones y se arriba al verano de la juventud, para tener
la fortuna de llegar a viejo como el árbol que plantaste y creció en tu patio.
Nada me preocupa, escucho el susurro alegre de
los pájaros, quienes generosamente me hacen la vida alegre con su canto ¿Quién
se preocupa por mí, en este instante? ¡Nadie! Mis padres han muerto, el sol
domina con sus rayos, las ancianas caminaban apresuradas para cumplir con sus
responsabilidades y a veces reniegan indignadas por sus dolencias, y sus
achaques, o tal vez por su propia longevidad. La antigua calle de arena que servía
de camino a los caballos y las vacas desapareció para darle entrada a unas
calles con adoquín.
Mi
mirada se detiene en un pájaro carpintero, quien golpea con toda su fuerza la
corteza de un árbol. El viento sigue zumbando en mis oídos, mientras reflexiono
en los años idos y mi ingenuidad infantil cuando cabalgaba por estas calles
suspirando a lomo de mi caballo sintiendo en el alma y mi mente el ser un héroe
que desde niño ya había acumulado ese poder para ayudar a los demás. Los
tiempos en que corría descalzo o en huaraches de tres puntadas hechos por mi
padre. Aquí crecí bajo la brisa del invierno frio, el verano caluroso, las
bondades de su gente, el amor de mis padres.
Creo en el poder irresistible del tiempo que
nos arrastra sin misericordia ¿Para que dependemos del tiempo? Si al final te
conduce a la nada, al polvo, pero ese es el camino que debemos recorrer y al
cual no vas por tu propia voluntad por más que protestes o asumas una posición
de quererlo engañar con menjunjes sobre la piel, ejercicios, alimentos. El
tiempo con el correr de los años en la vida se va volviendo rápido o pesado,
sordo o ciego, lúgubre con sus silencios y soledad. Nos va envolviendo en la
vida sin sentido, sin la voluntad del porque luchar. Ese es el poder del tiempo
que no depende de nosotros. El camino está ahí desde antes que se junte el
ovulo con el espermatozoide, lo que me hace reflexionar que el destino no
depende de mí ni valen las protestas, es el tiempo el que nos moldea a su
manera.
Los años
trascurridos en principio aclaran la mente, enseguida la nublan, nos invade el
miedo a lo nuevamente desconocido y abrazamos con mayor fuerza la
espiritualidad buscando terrenos más firmes, pensamientos tranquilizadores que
nos den la idea en que no está todo perdido, aunque sepamos que lo vamos
perdiendo. Naces y todo cambia, llegas al mundo y ves por primera vez la luz
brillante para que en unos años todo se desvanezca y seas reemplazado por la
siguiente generación, oras ante un Dios y le pides milagros que no llegan.
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