EL ALMENDRO Y EL NIÑO
El hombre le
señalo una casa al niño. - Allí zapatero. Un día iba caminando por la calle,
era un día despues de una gran tormenta de repente vino el viento, el cielo
estaba cubierto de nubes. Hacía viento fuerte y estaba oscuro. En el pueblo en
una esquina del jardín creció un almendro. Un árbol poco común por la altura
que alcanzo, un tronco grueso al que los perros por la mañana temprano llegaban
para orinar. En sus altas ramas vivían pájaros de todo tipo, unos tontos, otros
inteligentes, los malvados que se dedicaban a cagar a cuanta persona pasaba
debajo de sus ramas. Parecía que en todas las ramas los pájaros vivían una vida
feliz y amigable.
Cada mañana
con los primeros rayos del sol, los pájaros despertaban y se dispersaban por el
pueblo. Volaban de casa en casa, seguían en su camino a los niños que se
encaminan a su escuela. Los perros y gatos los seguían con sus miradas. Desde
temprano todos los habitantes del pueblo escuchaban sus cantos, sin saber
distinguir entre los pájaros tontos y los inteligentes. Sus cantos alegraban a
la gente y tenían mucho que ver con el ánimo de aquellas personas.
Se ven volar
por todas partes, entre pájaros grandes y pequeños como queriendo decir “Este
es nuestro pueblo, fue el de nuestros padres y abuelos” Los niños gustosos se
hacían bromas con marcada alegría cuando uno de esos pájaros los cagaba en la
cabeza, era sonrisa de diversión. Sobre la calle principal, los callejones
volaban los pájaros delante y detrás de las personas. Lo daban alegría al necio
que al malo o al tonto en sus fatigados pensamientos. La alegría de esos
pájaros de vio trastornada cuando un fuerte ventarrón con lluvia se dejó sentir
como un mal presagio para el pueblo.
El cielo se
cubrió de nueves negras y volcó su furiosa lluvia sobre la plaza del pueblo en
donde se encontraba el almendro que les servía por las noches como casa. Paso
la lluvia y regreso la tranquilidad, el mal tiempo para los humanos había
pasado, pero los pájaros estaban tristes, sus nidos estaban dañados, hacia frio
y estaban mojados. En ese instante nadie era feliz por lo que dejaron de
cantar. Los pájaros bondadosos se aprestaban ayudar, los pájaros malhechores
robaban las pequeñas ramas de los nidos caídos de los demás para construir los
suyos.
La gente del
pueblo no le daba importancia a todo eso, solo pasaban cerca de las ramas de
almendro caído y se hacían a un lado para no pisar el follaje y así la gente
esa noche se fue a dormir. Ese día lluvioso y nublado cargado de ventarrones un
niño recorría las calles del pueblo, caminaba hasta llegar a la plazuela del
pueblo y al ver el almendro caído se acercó con la curiosidad que a los niños
los caracteriza.
Su mente se
transformó en un ingeniero pensando en ¿Cómo reconstruir la casa de los
pájaros? pensó largo rato a quién ver para que lo ayudara y decidió que hacía
mucho tiempo que no veía al zapatero Lucio, quien vivía frente al parque a unos
200 metros del lugar. Lucio era un hombre feliz que disfrutaba ayudando a los
niños. Pero ese día estaba triste. El mal tiempo arruinó su estado de ánimo. El
niño le contó lo sucedido con el árbol de almendro. El zapatero puso cara
feliz, se asomó a la calle y le pidió al niño que lo esperara un momento
mientras sacaba sus herramientas. Lucio y el niño trabajaron sin descanso
recogiendo los nidos con los pequeños pajaritos, luego los subieron a los
arboles cercanos.
Cuando la
última nube se perdió en la oscuridad de la noche y el mal tiempo se había
marchado por completo la batalla de Lucio y el niño por rescatar a los
pajaritos había concluido. El jardín contaba con varios árboles mucho más
pequeños que el almendro y existía la posibilidad de que algún gato se los
comiera, pero el niño no podía quedarse a cuidar a los animalitos, solo esperar
a que secaran sus primeras plumas. Lucio estaba feliz por este trabajo despues
de todo anhelaba escuchar el canto de los pájaros temprano por la mañana. Por
lo pronto habían salvado a los pequeños, Y ellos les estaban agradecidos.
Desde
entonces muchos de los pajaritos que sobrevivieron visitaban al zapatero por
las mañanas en su casa. El almendro volvió a crecer, el niño disfrutaba en
verano de sus sombras. Todos los que lo miraban admiraban su belleza. Los
pájaros cantaban para él, las abejas recogían néctar, la lluvia lo regaba, el
sol lo calentaba, los pájaros establecían sus nidos, las personas se juntaban
para refrescarse bajo sus sombras. Los tiempos de lluvia seguían pasando cada
año. El almendro en cierta época perdía sus hojas, se quedaba desnudo y los
pájaros lo abandonaban.
Juzgaba que
el destino entre los pájaros y el árbol aquel estaba sellado de por vida. El
niño aquel decidió trasplantar una de sus ramas al patio de su casa y al poco
tiempo aparecieron sus primeras ramas en el suelo. Había amor y agradecimiento
del niño por el árbol por el hecho de dar cobijo a los pájaros que tanto amaba.
El árbol floreció y deleito a su familia con su majestuosidad.
Aquí le dijo
su padre a su hijo, un día se cayó este árbol y mi amigo zapatero me ayudo a
cuidar a los pequeños pájaros. Era un árbol majestuoso en aquella época, sus
hojas verdes y grandes servían de refugio a todo tipo de pájaros, los nidos
estaban adheridos a sus ramas. Pero papa, lo pájaros no se escuchan ahora dijo
el niño. No hijo a esta hora los pájaros no cantan, pero están por todas
partes. Muchos de ellos vuelan lejos de aquí y regresan como las golondrinas
que se anidan en los techos de las casas, las palomas andan en montes.
Viene la
primavera y ellos regresan a su almendro. Aquel día me hice el propósito de
sembrar un almendro en el patio de mi casa para que en caso de que perdieran
una casa encontraran con otra cerca de este lugar. Los pájaros como los niños
se acuestan temprano. Sus padres regresan por las tardes a darles de comer.
Bonita la lluvia cuando llega mansa y las flores brillan por doquier. El hombre
le señalo con su dedo al hijo. - Mira esa es la última hoja del almendro que
este año vuela con el viento, así nacerán al llegar la lluvia las siguientes
hojas verdes. La hoja amarilla parecía que al volar se despedía de su madre y
paso frente al hombre y al niño. Ellos se quedaron mirando para ver hacia donde
la arrastraba. Pronto la hoja se perdió.

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