martes, 28 de marzo de 2023

 LARRAÑAGA Y SUS CUENTOS

EL ALMENDRO Y EL NIÑO



El hombre le señalo una casa al niño. - Allí zapatero. Un día iba caminando por la calle, era un día despues de una gran tormenta de repente vino el viento, el cielo estaba cubierto de nubes. Hacía viento fuerte y estaba oscuro. En el pueblo en una esquina del jardín creció un almendro. Un árbol poco común por la altura que alcanzo, un tronco grueso al que los perros por la mañana temprano llegaban para orinar. En sus altas ramas vivían pájaros de todo tipo, unos tontos, otros inteligentes, los malvados que se dedicaban a cagar a cuanta persona pasaba debajo de sus ramas. Parecía que en todas las ramas los pájaros vivían una vida feliz y amigable.
Cada mañana con los primeros rayos del sol, los pájaros despertaban y se dispersaban por el pueblo. Volaban de casa en casa, seguían en su camino a los niños que se encaminan a su escuela. Los perros y gatos los seguían con sus miradas. Desde temprano todos los habitantes del pueblo escuchaban sus cantos, sin saber distinguir entre los pájaros tontos y los inteligentes. Sus cantos alegraban a la gente y tenían mucho que ver con el ánimo de aquellas personas.
Se ven volar por todas partes, entre pájaros grandes y pequeños como queriendo decir “Este es nuestro pueblo, fue el de nuestros padres y abuelos” Los niños gustosos se hacían bromas con marcada alegría cuando uno de esos pájaros los cagaba en la cabeza, era sonrisa de diversión. Sobre la calle principal, los callejones volaban los pájaros delante y detrás de las personas. Lo daban alegría al necio que al malo o al tonto en sus fatigados pensamientos. La alegría de esos pájaros de vio trastornada cuando un fuerte ventarrón con lluvia se dejó sentir como un mal presagio para el pueblo.
El cielo se cubrió de nueves negras y volcó su furiosa lluvia sobre la plaza del pueblo en donde se encontraba el almendro que les servía por las noches como casa. Paso la lluvia y regreso la tranquilidad, el mal tiempo para los humanos había pasado, pero los pájaros estaban tristes, sus nidos estaban dañados, hacia frio y estaban mojados. En ese instante nadie era feliz por lo que dejaron de cantar. Los pájaros bondadosos se aprestaban ayudar, los pájaros malhechores robaban las pequeñas ramas de los nidos caídos de los demás para construir los suyos.
La gente del pueblo no le daba importancia a todo eso, solo pasaban cerca de las ramas de almendro caído y se hacían a un lado para no pisar el follaje y así la gente esa noche se fue a dormir. Ese día lluvioso y nublado cargado de ventarrones un niño recorría las calles del pueblo, caminaba hasta llegar a la plazuela del pueblo y al ver el almendro caído se acercó con la curiosidad que a los niños los caracteriza.
Su mente se transformó en un ingeniero pensando en ¿Cómo reconstruir la casa de los pájaros? pensó largo rato a quién ver para que lo ayudara y decidió que hacía mucho tiempo que no veía al zapatero Lucio, quien vivía frente al parque a unos 200 metros del lugar. Lucio era un hombre feliz que disfrutaba ayudando a los niños. Pero ese día estaba triste. El mal tiempo arruinó su estado de ánimo. El niño le contó lo sucedido con el árbol de almendro. El zapatero puso cara feliz, se asomó a la calle y le pidió al niño que lo esperara un momento mientras sacaba sus herramientas. Lucio y el niño trabajaron sin descanso recogiendo los nidos con los pequeños pajaritos, luego los subieron a los arboles cercanos.
Cuando la última nube se perdió en la oscuridad de la noche y el mal tiempo se había marchado por completo la batalla de Lucio y el niño por rescatar a los pajaritos había concluido. El jardín contaba con varios árboles mucho más pequeños que el almendro y existía la posibilidad de que algún gato se los comiera, pero el niño no podía quedarse a cuidar a los animalitos, solo esperar a que secaran sus primeras plumas. Lucio estaba feliz por este trabajo despues de todo anhelaba escuchar el canto de los pájaros temprano por la mañana. Por lo pronto habían salvado a los pequeños, Y ellos les estaban agradecidos.
Desde entonces muchos de los pajaritos que sobrevivieron visitaban al zapatero por las mañanas en su casa. El almendro volvió a crecer, el niño disfrutaba en verano de sus sombras. Todos los que lo miraban admiraban su belleza. Los pájaros cantaban para él, las abejas recogían néctar, la lluvia lo regaba, el sol lo calentaba, los pájaros establecían sus nidos, las personas se juntaban para refrescarse bajo sus sombras. Los tiempos de lluvia seguían pasando cada año. El almendro en cierta época perdía sus hojas, se quedaba desnudo y los pájaros lo abandonaban.
Juzgaba que el destino entre los pájaros y el árbol aquel estaba sellado de por vida. El niño aquel decidió trasplantar una de sus ramas al patio de su casa y al poco tiempo aparecieron sus primeras ramas en el suelo. Había amor y agradecimiento del niño por el árbol por el hecho de dar cobijo a los pájaros que tanto amaba. El árbol floreció y deleito a su familia con su majestuosidad.
Aquí le dijo su padre a su hijo, un día se cayó este árbol y mi amigo zapatero me ayudo a cuidar a los pequeños pájaros. Era un árbol majestuoso en aquella época, sus hojas verdes y grandes servían de refugio a todo tipo de pájaros, los nidos estaban adheridos a sus ramas. Pero papa, lo pájaros no se escuchan ahora dijo el niño. No hijo a esta hora los pájaros no cantan, pero están por todas partes. Muchos de ellos vuelan lejos de aquí y regresan como las golondrinas que se anidan en los techos de las casas, las palomas andan en montes.
Viene la primavera y ellos regresan a su almendro. Aquel día me hice el propósito de sembrar un almendro en el patio de mi casa para que en caso de que perdieran una casa encontraran con otra cerca de este lugar. Los pájaros como los niños se acuestan temprano. Sus padres regresan por las tardes a darles de comer. Bonita la lluvia cuando llega mansa y las flores brillan por doquier. El hombre le señalo con su dedo al hijo. - Mira esa es la última hoja del almendro que este año vuela con el viento, así nacerán al llegar la lluvia las siguientes hojas verdes. La hoja amarilla parecía que al volar se despedía de su madre y paso frente al hombre y al niño. Ellos se quedaron mirando para ver hacia donde la arrastraba. Pronto la hoja se perdió.

No hay comentarios:

Publicar un comentario