domingo, 25 de junio de 2023

 

TRISTES RECUERDOS

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

Tengo mil preguntas sin responder y muchas de ellas no tienen explicación pero tampoco tienen razón en ser. La más complicada es ¿Por qué jamás se marchan de la mente los seres que tanto amamos y han muerto? No tendría incluso ni por qué preguntarla, pero ronda en mi mente hace un tiempo. ¿A caso no es un derecho saber todo acerca de uno mismo, de ellos, del camino a seguir después de la vida? ¿Estoy exigiendo explicaciones ilógicas? Si lo son, pues mil disculpas pero para eso escribo. Para ver si se llega algún lugar después de muerto. Son preguntas encontradas con sentimientos tropezados. Celebraciones felices y otras no tanto.

Lo que más persigo es decirme que "por algo pasan las cosas" (Conformismo), y pensar que si este no es el momento para lograr lo que me propongo, pues no es el momento. Vivir la vida, sin dolores injustos o méritos inmerecidos, con decoro y justicia, con dignidad y la frente en alto, o simplemente aceptar la espera y envejecer.

Años, meses, semanas de tranquilidad pero otras de locura total. Días en los que recordamos y otros que queremos olvidar. Momentos para reír, y otros para mirar con melancolía. Hay días blancos y negros, claros y oscuros, felices y tristes. Días que nos levantamos positivamente y otros en los que traemos el demonio saliéndosenos. Hay días que añoramos el ayer y deseamos el mañana, en los que disfrutamos lo dulce de la vida y lo amargo. En los que un día están con nosotros seres a los que amamos y al otro se han marchado para siempre.

Las tragedias no avisan, sabemos que en un segundo, nos puede cambiar la vida sin avisar. Es así, como las desdichas se escriben y transforman los fondos que en ocasiones son tan profundos que necesitaríamos siete vidas de un gato para asimilarlo. Voy a dirigirme a usted, de tu a tu (Disculpe el hacerlo), como si estuvieras por un lado mío platicando. Es bonito pensar y escribir en esta forma y dejar de lado borronear como si fuera tercera persona o como si nada ocurriera.

A veces escribo como si anduviera volando o en el silencio de las reflexiones o incluso los sueños, las conspiraciones que mi cabeza entre teje que supuestamente son los secretos mejor guardados, esos que catalogamos como íntimos o de tipo confidencial, esas ideas que rondan la cabeza y que aparecen sin ser invitadas, así son los recuerdos sentimentales de personas que por alguna causa ya no están cerca o dejaron de existir dejándonos la daga clavada en medio del corazón “Heridas que jamás cicatrizan”.

Sea como sea, no me gusta tomar separaciones al momento de escribir ya que es sentirme cerca y tratar de escribir con absoluta verdad cada uno de esos sentimientos que brotan cual sangre de herida recién expuesta, brotando chorros de sangre caliente. Así son los recuerdos que duelen y taladran el alma ese instante al recuerdo de seres que tanto amamos. Las alegrías en ocasiones nos inundan, los momentos difíciles también, pero felizmente las cosas vuelven a su sitio y nos damos cuenta de las exageraciones en las que convertimos las ideas para que las cosas sigan iguales y nosotros tan diferentes. Los años pasan, los recuerdos no se marchan y nos volvemos viejos, embarnecemos.

Lo que nunca jamás cambia, ni siquiera un poco es la manera en la cual los seguimos extrañando a esos seres que dejaron marcada su seña sobre nuestros sentimientos íntimos, profundos. Nos acongojamos en los recuerdos, no hay día en que la mente y el recuerdo “No” regresen a ese instante de vida, a cada momento placentero que extrañamos desde el lugar en la mesa a la hora de la comida, el plato, su cuchara, sus consejos, sus intervenciones “De todo nos acordamos”, nos lo recuerda.

Una silla vacía, una chancla, el sombrero, o huarache olvidada (o), nos recuerda que está presente, que su lugar no ha sido ocupado y seguirá intacto porque sigue con nosotros. Los recuerdos a su lado son tantos que ni aunque escribiera uno al día se nos acabarían. Creo que eso es algo que no va a cambiar jamás y que los seres humanos contamos con ese privilegio en seguir viviendo, trayéndolos hasta el mismo instante en que se dieron. Tal cual como dije líneas arriba, como si sólo estuvieras a unos días en que se hubieran dado. Pareciera que los seres que se han marchado y tanto amamos ahí estuvieran esperándonos.

Sonreímos cuando la persona extrañada en vida era un juguetón (a) y nos tranquilizamos al pensar que “Allá” donde quiera que se encuentre, seguirá haciendo de las suyas, de preferencia pensamos “Allá arriba”, haciéndole bromas a los ángeles y jugando a asustarlos escondido detrás de las puertas como solía hacerlo con nosotros en vida, o haciéndonos la típica mordida de perro que siempre nos hacía atacando directo al talón del pie, aullando cual perro embravecido.

Yo, no pido respuestas, simplemente lo expongo cuando de sentimientos encontrados escribo y que sirven para valorar la vida con paciencia, fortaleza y plagada en desesperación por lo que vemos, sentimos y la parte en la que nos enmarcan los sentimientos sin dejarnos escapar.

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