TRISTES
RECUERDOS
RAMÓN ANTONIO
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Tengo mil
preguntas sin responder y muchas de ellas no tienen explicación pero tampoco
tienen razón en ser. La más complicada es ¿Por qué jamás se marchan de la mente
los seres que tanto amamos y han muerto? No tendría incluso ni por qué
preguntarla, pero ronda en mi mente hace un tiempo. ¿A caso no es un derecho
saber todo acerca de uno mismo, de ellos, del camino a seguir después de la
vida? ¿Estoy exigiendo explicaciones ilógicas? Si lo son, pues mil disculpas
pero para eso escribo. Para ver si se llega algún lugar después de muerto. Son
preguntas encontradas con sentimientos tropezados. Celebraciones felices y
otras no tanto.
Lo que más
persigo es decirme que "por algo pasan las cosas" (Conformismo), y
pensar que si este no es el momento para lograr lo que me propongo, pues no es
el momento. Vivir la vida, sin dolores injustos o méritos inmerecidos, con
decoro y justicia, con dignidad y la frente en alto, o simplemente aceptar la
espera y envejecer.
Años, meses,
semanas de tranquilidad pero otras de locura total. Días en los que recordamos
y otros que queremos olvidar. Momentos para reír, y otros para mirar con
melancolía. Hay días blancos y negros, claros y oscuros, felices y tristes.
Días que nos levantamos positivamente y otros en los que traemos el demonio
saliéndosenos. Hay días que añoramos el ayer y deseamos el mañana, en los que
disfrutamos lo dulce de la vida y lo amargo. En los que un día están con nosotros
seres a los que amamos y al otro se han marchado para siempre.
Las tragedias
no avisan, sabemos que en un segundo, nos puede cambiar la vida sin avisar. Es
así, como las desdichas se escriben y transforman los fondos que en ocasiones
son tan profundos que necesitaríamos siete vidas de un gato para asimilarlo.
Voy a dirigirme a usted, de tu a tu (Disculpe el hacerlo), como si estuvieras
por un lado mío platicando. Es bonito pensar y escribir en esta forma y dejar
de lado borronear como si fuera tercera persona o como si nada ocurriera.
A veces
escribo como si anduviera volando o en el silencio de las reflexiones o incluso
los sueños, las conspiraciones que mi cabeza entre teje que supuestamente son
los secretos mejor guardados, esos que catalogamos como íntimos o de tipo
confidencial, esas ideas que rondan la cabeza y que aparecen sin ser invitadas,
así son los recuerdos sentimentales de personas que por alguna causa ya no
están cerca o dejaron de existir dejándonos la daga clavada en medio del corazón
“Heridas que jamás cicatrizan”.
Sea como sea,
no me gusta tomar separaciones al momento de escribir ya que es sentirme cerca
y tratar de escribir con absoluta verdad cada uno de esos sentimientos que
brotan cual sangre de herida recién expuesta, brotando chorros de sangre
caliente. Así son los recuerdos que duelen y taladran el alma ese instante al
recuerdo de seres que tanto amamos. Las alegrías en ocasiones nos inundan, los
momentos difíciles también, pero felizmente las cosas vuelven a su sitio y nos damos
cuenta de las exageraciones en las que convertimos las ideas para que las cosas
sigan iguales y nosotros tan diferentes. Los años pasan, los recuerdos no se
marchan y nos volvemos viejos, embarnecemos.
Lo que nunca
jamás cambia, ni siquiera un poco es la manera en la cual los seguimos
extrañando a esos seres que dejaron marcada su seña sobre nuestros sentimientos
íntimos, profundos. Nos acongojamos en los recuerdos, no hay día en que la
mente y el recuerdo “No” regresen a ese instante de vida, a cada momento
placentero que extrañamos desde el lugar en la mesa a la hora de la comida, el
plato, su cuchara, sus consejos, sus intervenciones “De todo nos acordamos”,
nos lo recuerda.
Una silla
vacía, una chancla, el sombrero, o huarache olvidada (o), nos recuerda que está
presente, que su lugar no ha sido ocupado y seguirá intacto porque sigue con
nosotros. Los recuerdos a su lado son tantos que ni aunque escribiera uno al
día se nos acabarían. Creo que eso es algo que no va a cambiar jamás y que los
seres humanos contamos con ese privilegio en seguir viviendo, trayéndolos hasta
el mismo instante en que se dieron. Tal cual como dije líneas arriba, como si
sólo estuvieras a unos días en que se hubieran dado. Pareciera que los seres
que se han marchado y tanto amamos ahí estuvieran esperándonos.
Sonreímos
cuando la persona extrañada en vida era un juguetón (a) y nos tranquilizamos al
pensar que “Allá” donde quiera que se encuentre, seguirá haciendo de las suyas,
de preferencia pensamos “Allá arriba”, haciéndole bromas a los ángeles y
jugando a asustarlos escondido detrás de las puertas como solía hacerlo con
nosotros en vida, o haciéndonos la típica mordida de perro que siempre nos
hacía atacando directo al talón del pie, aullando cual perro embravecido.
Yo, no pido
respuestas, simplemente lo expongo cuando de sentimientos encontrados escribo y
que sirven para valorar la vida con paciencia, fortaleza y plagada en
desesperación por lo que vemos, sentimos y la parte en la que nos enmarcan los
sentimientos sin dejarnos escapar.
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