SOY EL FRUTO
DE MIS PADRES Y PUEBLO “SAN IGNACIO, SINALOA”
RAMÓN ANTONIO
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Diplomado y
Maestría en Desarrollo Humano FESC- UNAM
Vengo de un
hogar dotado de madre y padre. Mi pasión fueron las vacas, los caballos y
estudie Veterinaria. Mi otra pasión es el béisbol que lo jugué desde la edad de
siete años. Adoraba la danza y el teatro y me inscribe para estudiarlos y
practicarlos. Mi vida ha sido de mucha observación, una cualidad que desconozco
si fue heredada o la desarrolle. Tuve debilidad por ser maestro y me preparé
para ejercerla. Amigos siempre tuve. Acumule una pequeña biblioteca a lo largo
de mi vida. Escribí canciones y poesía al igual que los jóvenes románticos de
mi época. Quería cumplir mis sueños.
Nací en San
Ignacio, Sinaloa, mi padre un campesino cuya primera instancia en su vida la
dedico a cuidar el ganado de sus padres. Yo, pase la primera etapa de mi vida a
su lado, en ese círculo familiar en donde convivíamos Abuelos, padres, tíos,
hermanos, primos, amigos de la familia. El pueblo y su sociedad se prestaba
para eso. Aprendí desde niño que la vida es corta y debía disfrutar la
naturaleza con sus hermosas imágenes, por eso vagaba por los montes y me bañaba
en los arroyos y el rio del pueblo. Luego me llegaron los años y tuve que
emigrar para estudiar dejando atrás todo lo que me rodeaba y me hacía feliz.
Llegaba esa
juventud que despierta los instintos humanos de la pasión al menos esas eran
mis impresiones cuando regresaba en temporada de vacaciones al pueblo. El lugar
en donde nos reuníamos los jóvenes era la plazuela principal con su jardín de
flores, un gran almendro que nos daba sombra, junto a la Iglesia con su cúpula
que se alcanzaba a ver desde muy lejos del pueblo. Desde su campanario, se ven
las casas pequeñas en donde viven grandes almas rodeadas de su familia. En una
de esas casas nació y creció un niño naturalmente soñador.
Un niño
ingenioso que experimentaría en su vida los recuerdos siempre presentes de su
niñez, las bromas de sus amigos, las inagotables narraciones de los adultos de
su época. Los vecinos se reunían por las tardes para charlar de forma amigable,
se trataban cordialmente. Al niño aquel, le divertían las historias y anécdotas
que escuchaba, aunque aún era pequeño para comprenderlas del todo, pero veía
esa sal y punto de humor que los adultos le ponían a sus narraciones. Fue
entonces que encontró su primer prototipo para escribir canciones de los
personajes que se salían de lo común en el pueblo.
No lejos de
su casa se localizaba la peluquería del “Naguas” y a unos pasos el billar del
pueblo en el callejón del beso que era el lugar de reunión por las mañanas de
los adultos varones. De mi abuelo Francisco Larrañaga Lafarga, logre apreciar
su mente original bañada de inteligencia quien participaba activamente en las
tertulias de cada noche con sus amigos sentados en la esquina de la tienda de
“Toñeta Escobosa” Me encantaban sus narraciones y en mi mente de niño deseaba
reemplazar a los personajes para vivir en su fantasía y realidad.
Siendo un
niño, de cuarto grado, me toco ser el actor principal en una obra de teatro,
recuerdo que me aprendí el papel muy bien y su discurso lo desarrollaba con
gran elocuencia. Fue la primera obra de teatro en mi mente y en mi vida ¿Quién
hubiera pensado que años despues aprendería en bellas artes danza y teatro?
Muchas veces
siendo niño escuche los rumores y chismes que corrían de boca en boca sobre
personajes del pueblo, fui testigo de esos alborotos como lo fui de sus alegres
fiestas que se ponían a disposición de cualquier persona que deseara asistir
sin necesitar invitación. Creo que de mis tíos Héctor y, Antenor Torróntegui
Millán, herede el humor y el don de narrador. Aprendí de ellos la forma y el
sentimiento que le imprimían a sus relatos.
Mi madre
Bertha Torróntegui Millán, me trasmitió el sentimiento religioso, ese deseo
incansable de ayudar a las demás personas, cosa que le agradezco infinitamente.
Ella me daba consuelo, consejos, aprobaba o me regañaba cuando mis acciones no
beneficiaban a otra persona. Mi madre era en opinión de todas las personas que
la conocían, una persona eminentemente amable, atenta, simpática. Después de su
matrimonio temprano con mi padre Roberto Larrañaga Manjarrez, vivió casi sin
descanso ayudándolo en todo lo que ella podía y todas las tareas domésticas
caían sobre sus hombros. Todos sus intereses se concentraban en sus hijos.
Vino la
muerte de mi hermano José Martín y la vi partirse en dos, años despues la
muerte de mi otro hermano Oscar Manuel Larrañaga Torróntegui, y creo que a
partir de allí ya no pudo resistir tanto sufrimiento. Conforme pasaban los años
la fui observando cómo se doblaba, pero siempre tenía una sonría amable y un
consejo para mí. Aún recuerdo aquella tarde cuando estudiaba y había regresado
de vacaciones le dije que no me preocupaba el dinero, eso no me desamina, solo
me descorazona el recuerdo de mis hermanos con quienes disfrutaba mis
pasatiempos.
Por su parte
mi madre con todas sus angustias y sufrimiento por la pérdida de sus hijos no
descuidaba en nada sus quehaceres, cumplía estrictamente todos los ritos
religiosos. Una mujer de comportamiento humilde, ciega obediencia a Dios con
voluntad férrea ante el castigo recibido por la vida. Una mujer llena de moral
de buenos principios que lo único que deseaba era verse rodeada por sus hijos.
Muchas veces mientras estudiaba pensé en escribirle unas cuantas letras para
decirle el gran amor que sentía por ella, pero mi arrogancia me lo impedía he
ingenuamente pensaba que me duraría hasta el final de mis días, así que me lo
guarde.
Mi madre me
trato con el más tierno amor y este hecho hizo que algunos de mis hermanos se
encelaran reclamándole su preferencia por mi persona. Siempre estuve seguro que
ella me adoraba y se sentía orgullosa de mi. Yo, todo ese cariño lo fui
guardando como un tesoro que nadie en la vida sería capaz de arrebatarme,
incluso en las adversidades.
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