IMPORTANCIA DE APRENDER A
ESCRIBIR
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado
y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
Entre más profundo es el
escrito, más grande es la duda, en el lector.
¿Crítico para hablar? No lo creo. Yo soy ejemplo de ello: tenaz intento
de muchas cosas, aunque ninguna plenamente exitosa todavía. Y puede que no esté
tan mal. Al fin y al cabo, ¿quién tiene una formación así? Las recomendaciones
de mis maestros eran “Estudia para que tengas futuro” y seguí estudiando ¿No es
acaso curioso que a todo tipo de formación universitaria o terciaria se le
llame “carrera”?
Una carrera con una meta
clara, con competidores, con jueces que arbitran. Sí; si, ahora que lo pienso
bien, eso es claramente una carrera. “Seguí una carrera”. Seguí en carrera (en
la sociedad), quizás eso quería decirme subliminalmente el maestro. Porque los
títulos son de algún modo rótulos, sellos, identificaciones para distinguir con
facilidad en que le puedes ser útil al mundo. A ver de qué molde vienes, a ver
para qué sirves. Molde. Servir. En fin, no es objeto de este ensayo el
polemizar acerca del alcance de un título en la vida cotidiana, pero sí quizás
reflexionar acerca de la sobreestima que se le tiene al (futuro) “profesional”
en el mundo actual. “Dime que estudias y te diré quién eres”
Y si no estudias
probablemente no eres y si estudias y no tiene tu papa compadres en el gobierno
¡Tampoco eres! En esos términos se maneja el inconsciente colectivo. Estudiar
te da futuro, te ayuda a crecer, a pensar, te forma. ¿Es tan así realmente? ¿De
dónde proviene esa valoración excesiva del estudio? La educación, en todos sus
niveles, es en cierto modo un elemento indispensable de dominación y de poder,
puede que por allí encontremos una pista. Vivimos peleando por una educación
pública y la libre accesibilidad para todos, como si eso asegurara
independencia, o capacidad de reflexión, u opinión, o emancipación
racional.
Basta un plan para
dominar a cierto sector; a otros, mas toscos, es necesario engañarlos un
poquito mejor, más sutilmente. De eso se trata, sospecho. Y créanme, no hay
dominado peor que el que cree no serlo. Siento, de todos modos, que me escapo
una y otra vez por las ramas, aproximándome a cuestiones y temas que no son
dignos de ser tomados a la ligera y que por sus intereses personales de muchos
líderes sindicales los haga sudar gordo. Intentaré hablar de situaciones más
terrenales, dejando de lado poderíos o imperios que ni siquiera somos capaces
de imaginar (o constatar).
Si de carreras hablamos,
entonces, alcanzar un título sería una especie de paridad, un empate con todos
aquellos que igualmente llegan a la meta. Esto, con toda la mediocridad que
conlleva un empate. Un empate es no tener ni siquiera la identidad necesaria
para perder, es resignarse y saberse igual a otro. Es ir a lo seguro, es
resignar el triunfo por temor a la derrota.
Ese es el perfil
profesional: moverse en un rango que no permite innovar demasiado, pero asegura
el “no fracaso”. Al estudiar, de todos modos, no siempre se es consciente de
todo esto, y después de varios años de quemar pestañas, uno empata (si termina)
o se empantana en el camino “Guardas, cuelgas el título y entonces, “Si” a
buscar chamba en lo que sea. Y al fin y al cabo…, terminar empatado o no
terminar es casi lo mismo, ¿no? “Empatados”. El maestro, entre sordo y
escéptico, me diría ahora: “¿pero ¿qué propones entonces? La cosa ya funciona
"así”
Totalmente cierto señor,
y lamento defraudarlo, pero no voy a proponer nada. A veces con señalar algo es
suficiente para que ese algo se redimensione o cambie su sentido. Yo estudié
largamente una carrera universitaria, y, aunque suene contradictorio, no me
arrepiento de ello. Fue allí donde adquirí este pensamiento crítico y la total
certeza de que la verdadera carrera transcurre afuera, una carrera que
realmente se puede ganar. Lo positivo de la educación universitaria se obtiene,
a mi juicio, cuando uno descubre todo lo que ella no contiene, todo lo que el
sistema deja de lado, que es, paradójicamente, lo que te destacará como
profesional. “Te enseña más con lo que no te enseña”.
Por eso, maestro amigo,
no invito a desertar, sino a “insertar”: insertarle a ese molde todo lo que a
uno lo hace una persona particular, inquietudes, elementos constitutivos de la
personalidad y el estilo. Claro está, es indispensable tener una mirada
transgresora, un pensamiento superador.
Para vivir tranquilo, el molde es ideal, de
hecho, ese es su objetivo. Pero si se quiere dejar algún rastro de existencia
en este mundo, quizás sea necesario romper un poco con todo ello. Y eso que
lejos estoy de ser un rebelde y/o revolucionario, o, mejor dicho, lejos estoy
de ser un rebelde tal y como los conocemos. ¿Será que un verdadero rebelde
transgresor es aquel que va inclusive en contra de aquellos que se
autoproclaman rebeldes? A pensarlo… Para desempatar, entonces, busquemos ganar.
Los pantanos solo se
atraviesan con voluntad, y la voluntad no es solo esfuerzo. No vengan con el
cuento de que con esfuerzo todo se logra, el esfuerzo sin dirección no sirve de
nada. La voluntad es apertura, es querer, es saber. Saber dónde se quiere ir,
o, en su defecto, al menos saber dónde no se quiere ir. Señoras, señores, a
renunciar a los actos forzados y a renunciar a hacer las cosas por inercia,
solo porque todos las hacen. Para encontrar la verdadera vocación, es
indispensable admitir previamente cuales no lo son. Con el “empate” asegurado,
¿será tiempo de intentar ganar?
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