RECUERDO FAMILIAR, Y MI PUEBLO
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad
Nacional Autónoma de México.
Nací en un pueblo de nombre San Ignacio, de Loyola, donde
enterraron mi ombligo y vi por primera vez la luz. La calle se llama Libertad,
la casa sigue intacta solo han ido cambiando sus residentes. Mi madre Bertha,
nació en una familia numerosa, de ascendentes vascos, mi padre de una
familia de cuatro hermanos con la misma
ascendencia. Hace unos años ambos padres murieron. Mi abuelo materno Alejandro
Torróntegui Manjarrez, según palabras de mi madre, era un hombre correcto,
decente que en una ocasión sirvió como presidente municipal del pueblo, pero su
oficio fue agricultor, y dueño de una mina. Cuando murió yo, aun no nacía por
lo que no lo conocí.
Mi abuelo materno según escuche, tenía ideas liberales, y mi
abuelo paterno Francisco Larrañaga Lafarga, era un hombre educado, tenía
opiniones sobre los asuntos nacionales relacionados con la política, sin embargo,
este tipo de temas en su época eran temas tabúes por las represalias que se
recibían por parte de quienes estaban al frente de los puestos administrativos
políticos. Los asuntos no se resolvían mediante la aplicación de la ley sino
por decisión de quien administrativa el ayuntamiento. En casa de los hijos de
mis abuelos no se discutían las ordenes que ellos decretaban.
Lo mismo sucedía con los tíos y personas mayores, “No” había
argumento válido ante la orden, así que los niños obedecíamos ante el miedo o
el chicote en la mano. A ellos nos les gustaba la gente borracha. Mi madre Bartha
Torróntegui Millán, se quedó haciendo prácticas en trabajos de maestra frente a
grupo con la ilusión en ser contratada para maestra (Al terminar la primaria,
hacian dos años de práctica en una escuela, y eso les valia para ser maestra
frente a grupo), pero su Papá, no se lo permitió obligándola a quedarse en casa
para que atendiera a sus hermanos, y es que su papá en esos años andaba molesto
debido a que su hija mayor Soledad, trabajaba como maestra y la habían enviado
a trabajar a un rancho (De Ponce) siendo una muchacha soltera y guapa. Mis
abuelos tenían tierra y sembraban. Mi padre Roberto Larrañaga Manjarrez, nunca
contradijo a su padre, al igual que mi madre.
Para mi abuela materna Rosa Millán Saenz, la muerte de mi
abuelo, la convirtió en la cabeza de la familia quien tuvo que esforzarse para
sacar adelante a 10 hijos, fueron tiempos muy difíciles para ella. Los hijos
conforme iban creciendo y estudiando se mudaron a la ciudad de Culiacán, en
donde comenzaron a trabajar, solo se quedó mi madre en los quehaceres del
hogar.
Han pasado los años y el pueblo sigue siendo mi patria chica.
Según el relato de mi madre siendo un niño pequeño me pego un torzón que estuvo
a punto de quitarme la vida. Fui bautizado en la iglesia del pueblo, de mis
padrinos solo recuerdo a Ramona quien vivía en un ranchito llamado las lajas.
En cuanto a mi nombre. – Ramón me fue puesto por un hermano de mi abuela Rosa
de nombre Ramón Millán Sáenz, y el Antonio por mi bisabuelo Antonio Manjarrez
Osuna, padre de mi abuela materna Isabel Manjarrez Bastidas. A mi madrina de
bautizo, solo la vi unas cuantas veces cuando era niño y ella visitaba mi casa.
El pueblo en aquellos años, sus casas eran de adobe con tejas rojas en sus
techos, un pueblo tranquilo.
En los primeros años aprendí hablar como todos los niños del
pueblo, era natural que repitiéramos las palabras que usaban los adultos, los
escuchábamos y repetíamos. Se vivía tranquilamente, nadie se peleaba con nadie,
ni siquiera cuando algunos se ponían borrachos. Escuché tantas palabras que no
se utilizaban en la ciudad como si el significado fuera otra lengua la que
estuviera utilizando con los años supe que eran palabras traídas por los
vascos. Palabras que no vienen en el
diccionario pero que expresaban los sentimientos de esa parte del mundo desde
donde llegaron la mayoría de los ancestros de nuestra pequeña población con la
ilusión de encontrar una mina, y regresar a su tierra triunfantes. La mayoría
de sus canciones se fueron borrando de la conciencia colectiva, igual el habla
coloquial con significados variados.
Disfrute de esa infancia, de estos primeros años de mi vida,
de mis andanzas. Experimente y acepté en mi corazón muchas costumbres y
conceptos que me resultaron queridos, ahora con orgullo expreso “Si, yo también
viví en mi pueblo” al igual que los que han nacido más tarde que yo. Anduve por
sus caminos de herradura, vi ruinas de casas abandonadas en los campos, corte
ciruelas en los barrancos, hice mi lata de pitayas y me fui a cortar la fruta.
Ese es mi origen. Todo esto es muy querido para mi corazón. Escribí corridos y poemas en mi infancia, fui
deportista en la pubertad, juventud y adultez, revolucionario en la
Universidad, pero nunca me separé del cordón umbilical enterrado en mi pueblo.
Me encantaba pasear
bajo el cálido sol del verano por las tranquilas calles de arena, despues
empedradas y por ultimo adoquinadas. Me encantaba la época de lluvias, subirme
a un burro que tomábamos sin pedir prestado a su dueño y en su lomo nos
dirigíamos al arroyo de Colompo. Mis primeras monedas fueron de cobre un
centavo grande, enseguida un centavo muy pequeño, con la figura de una espiga,
diez centavos, veinte, cincuenta (Tostón), despues llegaron unas pequeñas de
plata (Madero de 10 centavos, la balanza de 25 centavos, el peso de plata.
Muchas de ellas las guarde en un viejo veliz, y a los años las busque, pero
desaparecieron junto con el veliz.
En las monedas ha habido muchos cambios, en las casas pocos cambios
significativos, los niños de aquellos años, ahora algunos son profesores
jubilados, otros se adelntaron en el camino eterno. El honor de las doncellas
era sagrado para las familias. Estudie en la primaria José Maria Morelos y en
la Josefa Ortiz de Domínguez. Las características del pueblo son: que está
haciendo un calor intenso y de repente en ese momento soleado, se nubla el
cielo por completo y se inicia una gran tormenta con rayos y centellas. Es como
si en el silencio cayeran cientos de bombas sobre el terreno. A los niños nos
gustaba que el agua de la lluvia que bajaba por las tejas de las casas, no
cayera en chorro sobre la cabeza, también ir al monte, sin que la mamá se enterará,
regresábamos a la hora del alimento, las tardes las pasábamos jugando en las
esquinas.
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