viernes, 3 de abril de 2026

 

NIÑO EN SAN IGNACIO, SINALOA

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

 Me encanta el color del cielo cuando está azul con nubes blancas o, oscuras a punto de caer. Caminar por las calles, aunque estén vacías, o una que otra persona salga a pasear su perro. Voy, pero donde quiera que vaya y donde quiera que viva, mi infancia está conmigo en todas partes, la llevo conmigo a donde quiera que vaya. En mi infancia, amaba el humo de las hornillas. Cada uno de estos pensamientos, momentos son los compañeros invisibles de mi creatividad que me acompañan. Me encanta recordar mi infancia: me emociona con la frescura de la mirada de un niño sobre el mundo, y sus preguntas buscando respuestas.

Viva la vida, vivan los perros ladrando en la madrugada interrumpiendo mi sueño. Veo esas calles vacías por las que solía correr lleno de alegría, pero han pasado los años, y lo que me queda es poder mirar el cielo con sus nubes azules. A veces el cielo cruje con lamentos de parto antes de soltar sus hijas, esas gotas cristalinas que van con la misión de dar y preservar la vida. Gratos recuerdos por ejemplo cuando una noche de invierno fui al cine el cual no tenía techo, y el frio calaba los huesos. Y aquella noche me quede dormido sobre la banca de madera, mientras la película siguió, pero yo ya estaba profundamente dormido y no recuerdo nada.

Me desperté en mi cama bajo una cobija que me quitaba el frio. Al otro día mi madre me puso al tanto sobre lo sucedido. Fue ella quien acudió con el dueño del cine para que le abriera la puerta y aquel cuerpo pequeño de 6 años estaba tirado en el piso debajo de la banca hecho bolita para contrarrestar el frio. En el mes de enero los juegos eran intensos, y todo parecía indicar que nos niños no nos saciábamos en todo el día. Tan pronto amanecía ya teníamos en mente el rol del día, desde jugar canicas, al trompo, ir a jugar béisbol, ir al rio a bañarnos, cavar pozos en el callejón de la mesa (Cerro), o ir a meternos a las casas viejas a explorarlas o buscar supuestos tesoros. Siendo un niño de cuarto grado de primaria mi maestro Jesús Delgado me dijo que saldría en una obra de teatro.

Sentí miedo, y una emoción especial, todos los siguientes dias me la pasé inquieto, con ansiedad, y desesperado por aprenderme de memoria lo que debía decir ante el público. De hecho, se acercaba la fecha de la presentación de la obra, y no podía permanecer indiferente. Cuantos menos días quedan, más insidiosa es la situación. Me gustaría, salir corriendo sin mirar atrás, pero no podía. Esto significaba que el avestruz no podrá esconder la cabeza en la arena. –Creó que no hay actor que no tenga miedo, y que todo es cuestión de nervios. - Sí, dice que nunca se preocupa. ¿Qué puede decir? En primer lugar, necesita engañarse a sí mismo, tranquilizarse. Hay miedo en que se te quiebre la voz, y que se le caigan los calzones en plena presentación ya que no podrá volver a aparecer en el escenario.

Me auto sugestionaba para agarrar valor “No puedes ni debes rendirte, subirás al escenario” Todo esto es difícil de explicar. Recuerdo que fue un momento muy difícil. Quería llorar, pero esto es imposible. Me negué al principio por el miedo que sentía, pero mi profesor esperaba esto de mí. Un niño que me sentía incómodo, que solo actuaba en su propio mundo con la libertad del campo cantando mientras arriaba vacas. De eso a actuar en el teatro de mi escuela, era muy diferente. El teatro tiene su propio espacio, su propio tiempo. Desde pequeño me he sentido atraído por el teatro. En una obra de teatro vuelas por cualquier parte, es una sensación acelerada, en donde va incluida la imaginación del escritor, actor, decorador, tramoyano, del espectador, todos juntos al mismo tiempo en la dimensión escénica.

Así crecí en el pueblo de San Ignacio, Sinaloa. Un pueblo en donde todas las personas que nacieron allí, y por diversas causas lo abandonaron regresan en semana santa como si San Juan Bautista los rebautizara en las aguas de su rio. En mi pueblo en semana santa se ponían carpas en la plazuela donde amenizaban músicos para que la gente se divirtiera bailando despues de salir de la iglesia. Recuerdo al señor de los churros, las mesas de apuestas donde ponías una moneda al blanco o al negro, las manzanas cubiertas de dulce, los algodones de dulce, el mago sacando un conejo de la chistera, el tipo lanzando fuego desde su boca, etc.

En aquellos años comenzaron a llegar los paseantes con sus primeras cámaras de llanta infladas para a manera de barca navegar sobre las aguas del rio. Mi madre acudía a la iglesia y al terminar la misa no se quedaba en la plazuela, yo por mi parte continuaba repitiendo en mi cabeza “El padre nuestro, gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” El cura del pueblo se peinaba esmerándose, no existía micrófono por lo que antes de comenzar hablar probaba su voz para que resonara sutil y penetrantemente. El obispo visitaba al pueblo una vez por año para ir a bautizar niños. Yo, por mi parte al entrar a la iglesia por la puerta principal miraba con tristeza al lado izquierdo donde estaba dentro de un cristal el pobre Jesús clavado en su cruz de madera.

En la juventud bajo la percepción de mis hormonas deseaba jurarle amor a una de las chicas, pero al final desistía por miedo. Mi padre era un hombre alto, el color de su piel blanca, sus ojos verdes, recuerdo que en una ocasión me subió a la silla de su caballo, y el caballo se movió un poco balanceándose, y yo comencé a llorar. ¿Por qué? No lo sé. Quizás porque fue la primera vez que montaba. Yo, por supuesto, era más pequeño que el caballo, pero más grande que un gallo, y todos mis animales de corral, eran más pequeños que yo, solo el árbol de guamúchil era más grande que todos, incluso que la casa en donde vivía la cual contaba con dos pisos. El árbol de navidad era un palo blanco el cual mi madre decoraba con esferas y lo cubría en sus ramas de algodón. En los cuartos usábamos alumbrado alimentado con petróleo (Quinqué)

En primavera el rio y los arroyos se desbordaban, luego nos quedábamos encerrados en el pueblo, pero como si fuera un milagro por fin se construyó un puente, y desde entonces han pasado millones de litros de agua bajo el mismo. Los adultos y los niños acudíamos al borde para escuchar y admirar el crujir de sus aguas rio abajo. Un pueblo en donde hay historias de amantes que nunca se concretaron, palabras que tienen un significado diferente bajo su propia interpretación, y especificidad. Aquella juventud romántica entrampada por el melodrama del cine mexicano de su época de oro con el cual las chicas casi siempre salían con una lagrima sobre sus mejillas, porque no existe una verdad más elevada que los sentimientos, los cuales son tan claros que brotan de los ojos de una chica por esa química inexplorada que la estremece ¿Cuánta dosis necesita? No lo sé, pero cada una tiene su propio limite.

El tiempo pasaba mientras las palomas emplumaban, y los chuvecos andaban sueltos por las calles, y las madres de ellos decían orgullosas “Encierren a su becerra, porque mi chuveco anda suelto, y no respondo” Aquellos tiempos en donde aplicábamos las matemáticas en donde “A” salía corriendo y se dirigía para ver a “B” sin importar los rayos del sol quemante y agobiante deseando saborea sus labios, o solo verla pasar desde un lugar escondido. Cuando era niño pocas veces estaba solo.

 

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