lunes, 19 de febrero de 2024

 NIÑOS DE LA CALLE.

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México
- Mucha gente, lleva un estilo de vida criminal. Pero es un hábito que es muy difícil de romper. Los móviles de los crímenes no son sólo de carácter mercenario, es una oportunidad de autorrealización, de mostrarse frente a los demás. Sin embargo, sería un error decir que a todas esas personas les gusta este estilo de vida. A casi todos les gustaría cambiar su vida.
Pero no sabe cómo hacerlo, cómo salir del círculo vicioso en el que se encuentra, ni cómo romper la actividad delictiva. Los niños y la escuela son una comunidad separada. Los padres responsables, anhelan que la delincuencia no se encuentre con ellos.
Vemos niños inhalando cemento pegajoso, consumiendo drogas, ellos saben que eso los matara. Los niños que viven en estas condiciones son desconfiados, algunos son crueles.
Es casi imposible ganarse su confianza en alguien que no sea de ellos mismos. Viven separados en las calles, colonias, marcan su propio territorio, en lugares en donde “No” se acerquen los adultos criminales. Se ganan la vida de la misma manera que los maleantes adultos, solo que mendigan con más frecuencia, pero esto no excluye otras actividades.
Algunos niños tienen un hogar y una familia, donde a veces regresan para luego huir nuevamente. Otros han estado viviendo en un lugar escondido, sin servicios, y este es su único hogar. Las principales características de estos niños son la amargura y la indefensión. Me ha tocado conocer algunos de estos niños. En una ocasión me senté a platicar con uno de 13 años. Tenía un largo historial de hazañas detrás de su corta vida. Un niño intrépido, audaz, listo en sus respuestas, pero con miedo a la vida.
Me dijo que por las noches inhalaba pegamento, que sus padres eran muy pobres y lo golpeaban en los pies descalzos hasta casi matarlo de dolor por nada. Era difícil que se abriera en la plática, se expresaba con palabras obscenas. A cualquiera de mis preguntas respondió con rudeza, trató de ofender, la ira se reflejaba en cada palabra emitida por su tierna boca.
Las personas adultas, no me aman, expreso. Le observé una herida con pus en una de sus manos a lo que le sugerí ¿Por qué no buscas ayuda en el hospital, no cobran?,- Ya he ido, pero me tratan muy mal las enfermeras y los médicos.
- Me permites, me ofrecí: Cuando examiné su mano, hizo todo lo posible para aguantar el dolor. - Le presioné la herida, de modo que le salió pus. Quería demostrarme que era fuerte, no tenía miedo, y no lo doblaba el dolor. Se mostraba calmado observando lo que yo le hacía en su mano. Lo invite a que fuéramos a una farmacia cercana. Mientras caminábamos, comenzó una conversación.
Habló de su familia, de la vida en la calle, el ¿cómo llego a quedarse a vivir en ella? Y Riéndose me pregunto ¿No, me puedes adoptar? Le murmure, ¿qué es realmente lo que te gusta? - comer papas fritas, el pastel de chocolate - ¿Verdaderamente quieres que alguien lo adopte?, ¿No, tienes miedo de vivir en una casa con personas que no son tu familia?
– No, me dijo. Lo que tengo miedo es que luego me vendan y me saquen los órganos para un enfermo. – Una vez, me llevo un señor americano a su casa y me comenzó a violar, me afirmo que nadie me ayudaría, si lo denunciaba con la policía ya que él tenía muchos amigos dentro de ella y que ellos ya sabían que no era el primer niño que llevaba a su casa para ello.
No tenía alternativa, busque la forma de escapar y pase varios dias escondido debido a que era la policía la que me andaba buscando para regresarme con ese señor- ¿Dónde vive ese señor americano? – No puedo decírtelo, los policías me matarían, ellos reciben dólares a cambio. – Trate de convencerlo que se fuera a una institución de gobierno para que lo apoyara y como respuesta recibí ¿Usted cree en ellos?; se nota que no los conoce.
Su argumento recuerdo fue con sus palabras “Soy hombre, así que debo aguantarme” Ya con el peróxido de hidrogeno, el algodón, y la venda, comencé de nuevo a exprimir presionando el absceso, el niño comenzó a llorar “Soy un hombre, pero duele mucho” expreso. - No hay otra manera de comenzar a curarte, le afirme, así que aguántate como los meros hombres y puedes llorar si quieres. En un rato apareció uno de sus amigos y me lo presento, me dijo que no eran muchos los que se juntaban.
Podía observar que no fue complicado lograr comunicarme con ellos, solo que siempre se mantuvieron alerta y desconfiados.
Por mi parte no deseaba crearles un disgusto, solo que estaban desconcertados por ser tratados de forma diferente por un adulto que no los conocía.
Sintiéndose en confianza comenzaron a bromear, creo que en ese instante se olvidaron de sus dificultades para sobrevivir. Es sorprendente y monstruoso cómo los niños de la calle con los golpes de la vida, logran reunir las características más terribles de los adultos en sí mismos, para experimentar algo que Dios no permita incluso a un adulto, y luego siguen siendo niños.
Hablan inteligentemente sobre cuánto pagar por información útil; saben perfectamente qué vino o droga, son capaces de engañar a cualquiera. Saben cómo "escapar de la policía", cómo despertar lástima; están dispuestos a ganarse la vida por cualquier medio. Para ellos no hay distinción entre lo que está bien o está mal, solo buscan desarrollar su astucia, que es lo más importante y se sienten orgullosos cuando lo logran.
Si, a un niño le pones payasos en la plazuela, los niños que anden cerca se arremolinaran para verlos, y sin importar sus sufrimientos se convierten en solo niños. Si, en lugar de dinero, a un niño se le ofrece una pelota, con gusto aceptará el regalo y recordará solo después de haber jugado lo suficiente que tiene hambre.

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