ASUNTOS PERSONALES
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Cada año regresaba a esa ciudad
(Culiacán) en época de verano a pasar unos días con la abuela y jugaba con los
primos que vivían por la calle Aldama. Ellos me invitaban a salir a jugar
béisbol al parque de los leones que se encontraba por la calle Zapata atrás del
estadio Ángel Flores (Actual Secundaria federal 2), en otras ocasiones nos
dirigíamos a la casa del tío Antenor para brincarnos la barda trasera y jugar
dentro del panteón pero ahí teníamos que enfrentarnos al destructor bate de su
hijo Antenor Torróntegui Manjarrez que metía la pelota entre las tumbas más
alejadas y nos daba coraje que lo convirtiera en homerun y que además la pelota
se perdiera.
Eso ocasionaba que se terminara el
juego y la tía Emma Manjarrez nos tenía preparada una rica limonada helada
preparada con limones de un árbol que sembró en su patio. De hecho no me
aburría, me divertía bastante por los cientos de excusas que teníamos que darle
a mi tía Lupita Depract y Paquita Gastelun por el motivo de nuestras vagancias
y aunque las explicaciones no siempre eran justas y nos agarraban en la mentira
el ciclo de escapes continuaba hasta que perdíamos el interés en ir a cierto
lugar.
Esos fueron momentos de gran placer,
aún recuerdo los labios sonrientes de mis primos cuando les robaban las llaves
del carro a sus hermanas o a su papa en la hora de su siesta para ir a darnos
una vuelta por las calles de la colonia. La locura nos llegó cuando el tío
Héctor compro un maverik y el tío Alejandro un Chevrolet del año, y para pronto
el primo Oscar y el primo Jaime se convirtieron en pilotos de carreras de auto,
además que las primas quienes eran hijas del tío Alejandro compraron dos carros
Open con sus primeros sueldos, asi que a la hora de siesta nos sobraban llaves
a robar. Este asunto continuo hasta que en bachillerato deje en ir a Culiacán y
el interés de mis primos se perdió hacia mi persona.
De niño en esta ciudad vi a mucha
gente que sufría viviendo en una esquina, usando cartón remendado sin techo
colgado. Las frentes de las casas de los ricos se fueron levantando con grandes
bardas como si estuvieran cansados de ver mendigos. Esta observación la hago
debido a mis creencias pueblerinas, en ese entonces mi madre me tenía metido en
la cabeza que Dios los tenía en esa posesión de sufrimiento y que tuviera
confianza en esos designios en su destino “Dios, sabe el ¿porque lo hace?”
Mis ojos comenzaron abrirse al
observar la pobreza de las masas y en bachillerato me impulsaron a cuestionar
mi religión; ¿si hay un Dios que nos cuida y por qué sufre la gente?
¿Cómo se puede medir su existencia si
no tiene suficiente conciencia para prevenir que esas criaturas puedan comer,
vestir, llevar una vida digna? Un día le pregunté a mi madre ¿por qué los
católicos ricos, no ayudaban a los pobres y se dedican adorar la imagen en la
cruz? Me respondió: “No lo sé, solo dales una moneda como ayuda al necesitado y
con ello tu eres el milagro que ellos esperan. En la Iglesia del pueblo le
pregunté repetidamente a la figura de Dios, pero nadie respondió, parecía como
si la simple pregunta por lo fuerte en su contestación hubiera desaparecido de
repente.
Pero lo peor en esta situación es la
falta de conciencia. Esta conciencia puede considerarse una cuerda que se rompe
constantemente. La molestia envuelve tener un lado basado en el esplendor de la
vida. La base moral que termino torcida. Y la autoestima gira en torno a la destrucción
del respeto mutuo y la identidad. El sistema se encargó en moldearnos egoísta,
donde basamos la felicidad en lo bien que vivo en comparación con la pobreza de
los demás. Desafortunadamente, esta interpretación de la vida y la felicidad
continúa hasta el día de hoy.
La mayoría de las personas tienen
prisa por acumular riqueza y muchos estudian relajando su ética y moral por lo
que siempre están centrados en que un amigo de su Generación los ponga en el
puesto en donde podrán acarrear esa riqueza a su vida personal. La gente va
cargada de problemas por las calles, corriendo y metiéndose a tiendas, luego
salen y se ignoran entre ellos.
No le dan la mano al viejo y ante el
mendigo cierran los ojos, incluso llegan a expresar ¡Porque no se mueren!
Cuando lo moral es detenerse y mirar de frente esa pobreza y agradecer su
posición. Desde aquellos años cuando paseo por el centro de Culiacán,
simplemente he caminado lentamente para ver si respiraba, la ciudad mientras
sus ciudadanos se alejan del mendigo.
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