lunes, 8 de enero de 2024

 

EL ODIO SE ADQUIERE

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

En los días de infancia nació en mi alma una pasión por vagar por los montes, cantar en la soledad. El amor por la naturaleza. Vivía en mi mente los cuentos escuchados y las películas disfrutadas en el cine, Eran sueños feliceses estando despierto dejando volar la imaginación.

Volaba por encima de las montañas, atravesaba ríos, arroyos a lomo de mi caballo. Viví los grandes chubascos y el estruendo de sus rayos en medio de esos parajes, admiré la libertad de los pájaros, su alegre cantar. Me sentía atraído por los miles de mariposas que volaban por el camino en los socavones del arroyo de Colompo.

Todo ello despertaba un sentimiento especial en mi alma. Ese placer hizo que cada vez iniciara viajes más lejanos del pueblo. En mi tierna alma se albergaba un corazón amante de la naturaleza. Tuve por primera vez una enciclopedia de seis tomos en mis manos en me dediqué a leerla con entusiasmo. Allí describían animales hermosos, su forma de vida y la imaginación volaba a esos lugares.

Por la noche cerraba los ojos para transportarme en sueños a esas tierras y animales desconocidos. Escuche a los arrieros y gambusinos hablar del oro, la plata. Busque literatura, pero estaba escasa en el pueblo. En secundaria pude conseguirla para entretenerme en leer esas novelas de cazadores, conquistadores, científicos.

Seguí soñando con esas grandes aventuras hasta que en mis sueños a los brazos les salieron alas y salí volando alegremente sobre la tierra observando todo a mi paso. Unos de los libros que conquistaron mi juventud fue la “Breve historia de México” de José Vasconcelos, otro lo fue la novela “El Dios de la lluvia llora sobre México” de Laszlo Passuth y entre cuestión religiosa “La historia de Cristo” de Giovanni Papinni. A partir de allí vendrían cientos pisándoles los talones.

Las lecturas me quitaron muchas noches de sueño, pero aún recuerdo el olor de sus viejas páginas. Empecé a leer fabulosas aventuras, recuerdo que me escondía de la gente, prefería los rincones apartados y fue hasta que llegué a la biblioteca de la Universidad Nacional Autónoma de México donde me vi sentado con cientos de jóvenes que al igual leían en completo silencio.

Hago la referencia a la Universidad debido a que creía que en todas las Universidades se respetaba este silencio, pero tuve años despues la mala experiencia de acudir a la biblioteca de la Universidad Autónoma de Sinaloa y era una fiesta dentro de ella, desde la empleada dedicada en su mostrador a platicar a viva voz con otras compañeras de trabajo. En mis primeras lecturas infantiles tuve la oportunidad de luchar contra los monstros que mi mente invocaba mediante la imaginación. En los sueños, vi a los caballeros descritos en el libro, terribles monstruos, peleé con ellos y gané.

Te vas haciendo viejo y vas olvidando aquellos caballos imaginarios que echaban lumbre por sus fosas nasales (Belfos), las chicas que rescataban los caballeros andantes, las hazañas de los Hidalgos, los caminos llenos de maleza y bandidos esperando la diligencia cargada de oro y plata. Los ejércitos de libertad, los enemigos de la patria vencidos, las grandes batallas épicas.

Todo eso lo leía en un rincón alejado de miradas indiscretas. El tiempo nos va borrando todo, son raros los adultos que conservan ese maravilloso recuerdo, los ratos felices por ser momentos que solo nos visitan cuando volvemos a sentirnos como niños.

Es allí donde vagamos al encuentro de lo ido con aquellas lecturas, las personas que amamos y se han marchado al eterno oriente, es el sentimiento que se comporta con la misma capacidad que lo hizo unos años atrás siendo un niño, y su corazón late con fuerza y alegría. En la preparatoria José Vasconcelos comencé a escribir por vanidad, codicia y orgullo, deseaba ser admirado por mis compañeros. Creía que ser escritor me daría esa fama, dinero y el asedio de mis compañeras. Comencé a escribir sobre lo bueno del amor, el romanticismo. Al ver que no producía efecto alguna mostré lo malo de la sociedad, los políticos.

Investigue sus vicios, tranzas, su oculta apariencia y su indiferencia para resolver los problemas sociales. Los describía con burla, faltos de toda virtud y bondad, cuyo único sentido de su vida era apoderarse de los recursos públicos al igual que su familia. Fui elogiado por ello y arrastrado a las luchas estudiantiles.

Trabe amistades con estudiantes iguales a mi persona y me vi convertido en uno de los suyos marchando por las calles. Ya no podía mirar hacia atrás para ver el rostro del escritor romántico ahora estaba en pie de guerra por lo que deje de lado los versos, prosa para dar paso a las consignas, manifiestos, opiniones críticas.

Las personas mayores de mi época lo llamaron el libertinaje de los jóvenes, en cambio nosotros considerábamos que había llegado el momento en dejar atrás las teorías socialistas para llevarlas a la práctica. Mi visión de la vida cambio por completo, los jóvenes tomamos por completo la agenda nacional, fuimos la parte principal de las preocupaciones de un gobierno corrupto.

Nuestra misión fue sensibilizar a la gente que se platearan una forma diferente de vivir ya que poco podíamos hablarles de la pobreza que ellos la vivían en carne propia. Fueron años en los que escribía con el estómago vacío y con las tripas pegadas al espinazo por el miedo a ser arrestado por el gobierno que se divertía destazando jóvenes para desaparecerlos.

Ser un estudiante comprometido con la sociedad le daba sentido a mi vida, me sentía satisfecho. Muchos de mis compañeros dijeron somos la juventud de los útiles, los que la sociedad necesita y no importa que algunos nos valoren como los malos de la película social. Entre nosotros discutíamos, peleamos, nos regañábamos, engañábamos, nos comportábamos egoístas, y salíamos a las calles tomados de los brazos sin importar nuestras diferencias.

En la Universidad comencé a observar más detenidamente a los políticos, y me convencí de que casi todos, eran gente inmoral y, en su mayoría, gente mala, insignificante en carácter -muy inferior al de aquellas personas que leía en mis libros épicos de la infancia. Ni siquiera conocían la palabra virtud o decencia. Los estudiantes nos cansamos de este engaño y por extraño que parezca llegamos a negociaciones con ellos que nunca cumplieron.

Fue así como comprendí toda esta mentira en la que vivimos, en el rostro y palabras de santos en campañas. Ingenuamente creí que estaba capacitado para ser maestro, artista, escritor, poeta nunca imagine que seguiría enfrentándome con lo peor que ha parido nuestra historia en la sociedad. Al recordar aquella época y observar los vicios nuevos admiro como se han desarrollado los perversos.

Nunca he estado arrepentido de luchar en contra de ellos, pero el ánimo me fue alcanzando al ver cómo llegan sus hijos y reproducen sus vicios aprendidos de la mano de su padre. Es cuando surge aquel mismo sentimiento de salir a luchar, pero estoy convencido que la gente cómoda gritara que estamos locos porque están catequizados que no existe otro tipo de vida.

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