QUITAR EL
ARBOL DE NAVIDAD
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y
Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
Hablemos de
nuestra infancia y los momentos placenteros que disfrutamos con nuestros
padres, amigos, familia. Es verdad, cuando éramos niños el cielo lo veíamos más
azul que el actual, existía más campo verde para jugar, las casas de nuestros
vecinos eran amplias, muchas de ellas de teja roja, pero ahora la vista nos ha
cambiado con cientos de edificios de departamentos con alturas de más de 30
pisos. Lo mismo sucede con la forma de celebrar la llegada de la navidad y el
año nuevo que ha cambiado mucho en las últimas décadas, dejándonos con
recuerdos que sólo la esclerosis o el Alzheimer puede arrebatar. Pero es
demasiado pronto para hablar de esto, y el recuerdo de la infancia es lo más
vivido y recordado.
En ese
momento hay nostalgia y sentimientos encontrados. A las seis de la mañana mi
madre entraba a nuestras habitaciones, para despertarnos con un beso y palabras
cariñosas diciéndonos que era hora de levantarnos. Desde el cuarto podía oler y
saborear el desayuno. Un aroma imposible de olvidar. Y luego bebimos un vaso de
la deliciosa leche tibia que mi padre acaba de ordeñar a las vacas.
Desayunábamos en familia, nos lavamos los dientes, enseguida nos vestíamos
usando suéter para el frio, calcetines gruesos, y todos los accesorios que nos
protegieran del frio. Lo mejor con lo que podía sentirme era contar con un
cinturón de hebilla amplia plateada, y un sombrero.
Mi padre
regresaba del corral de las vacas envuelto en una cobija como si fuera su
uniforme de trabajo. Recuerdo que a esa hora de la mañana aún estaba oscuro. A
diferencia del verano que nos poníamos ropa ligera, o pantalones cortos, con
huaraches. En el pueblo no había autos, en las calles solo se escuchaba el
cencerro y mugir de las vacas. Me encantaba pararme en la ventana para
observarlas pasar dirigidas por un gran toro. En las ventanas no existía
vidrio, eran de madera y se debían abrir las dos hojas para poder ver la calle.
Antes de
salir de vacaciones para la navidad y el año nuevo, en la escuela nos ponían a
dibujar casas con copos de nieve, pinos, una carta a Santa Clos. Hacíamos
muchas otras cosas. Los maestros nos enseñaban canticos alusivos a la navidad y
el año nuevo. El día ultimo antes de salir invitábamos a nuestros padres a la
escuela donde presentábamos un festival con lo aprendido, y mostrábamos en
murales a nuestros padres los dibujos o figuras hechas con plastilina de las
cuales nos sentíamos orgullosos de esa creatividad.
En casa se
instalaba un pequeño árbol de palo blanco decorado con algodón, y unas cuantas
esferas rojas y blancas. Para mi ese momento era crucial, ya que me encantaba
ir al monte a buscar el árbol lo que significaba un verdadero ritual el
seleccionarlo por su largo de las ramas, y su número. En cierta ocasión una
familia que vivía cerca de la casa llevo un pequeño árbol de pino artificial.
Recuerdo que sentía cierta molestia al imaginarme que el niño que vivía en esa
casa seria ampliamente favorecido por santa clos. Pueden ver que ese recuerdo
aun esta en mi mente.
Aquel árbol
tenía una estrella blanca en lo alto, y muchas esferas de diversos colores, y a
su pie estaba un nacimiento con varios monitos que, a mi corta edad, desconocía
quienes eran y su significado. En ese tipo de juguetes los únicos que yo
conocía eran mis soldados de plástico duro que cada año en navidad los
incorporaba de nuevo a mis juegos.
Muchos años
despues pude ver un árbol de navidad con pequeñas luces chinas que parpadeaban.
Era maravilloso despertarte en navidad temprano, y descubrir bajo el árbol los
regalos que supuestamente santa clos me había dejado. Me resultaba
tremendamente agradable que llegaran tarjetas de navidad vía correo a la casa.
Mi madre un domingo antes me llevaba a la iglesia, me pedía que cerrara los
ojos, y le formulara mis deseos a Dios. La iglesia del pueblo el día de la
navidad tocaba sus campanas para que todos acudiéramos a la misa, se engalanaba
con luces con una pequeña planta de gasolina que la producía, y piñatas llenas
de mandarinas y dulces. Al finalizar la misa, nos deleitaba con fuegos
artificiales.
Lo malo es
que los perros que nos acompañaban salían corriendo ante esas explosiones. Así,
de cálido y emotivo era para los niños de aquella época el festejo de la
navidad. Ahora, hemos crecido, y hemos olvidado cómo apreciar todo eso. Hoy es
tiempo en que recordemos cuantas cosas maravillosas vivimos en nuestra
infancia. De niño me preocupaba que esa noche nueva lloviera pensando que con
el frio y la lluvia podía ser que santa clos y sus renos no pudieran llegar a
mi casa, o existía la duda en que estuviera mal comportado durante el año, y
fuera la causa.
Tanto la
navidad como el festejo del año nuevo, nos sentábamos toda la familia en la
mesa, sobre todo en navidad, esa noche me sentía desesperado por saber si mi
carta fue recibida o no, y esperaba con ansias las doce de la noche. A las dos
de la mañana, ya estaba moviendo mis pies para llegar rápidamente al árbol de
navidad, donde estaban los regalos. Nuestro árbol de navidad que solo era un
varejón de palo blanco decorado con algodón tenía su magia especial.
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