lunes, 8 de enero de 2024

 

NO SIEMPRE CONSEGUIMOS LO QUE MERECEMOS

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en desarrollo humano FESC Universidad Nacional Autónoma de México

Quiero compartir una experiencia que tuve hace unos años. Dentro de una asignatura me toco exponer lo que es la reproducción humana. Al explicar la parte fisiológica del embarazo intente dejar claro el momento en que brota la chispa de la vida y lo que llamamos aborto dejar claro a mis alumnos que el aborto es un atentado contra la vida de una persona totalmente indefensa e inocente.

Al establecer la corriente de ideas reflexivas la mayoría de los jóvenes protestaban. Se negaban a aceptar que había vida humana en los primeros meses. Me parecía que toda la clase opinaba igual, que no habían servido de nada mis esfuerzos por hacerles comprender. Salí decepcionado y contrariado por estos jóvenes que hacían oídos sordos a la evidencia. Al paso de los días vino una estudiante a verme diciendo que quería platicar conmigo.

Nada más quedarnos a solas, empezó a llorar. Traté de tranquilizarla, dejando que se desahogase y ayudándola a que me contase lo que la preocupaba. Poco a poco, entre sollozos, fue contando: Estaba embarazada. Todos los que la rodeaban: padres, hermanos, amigos, novio, la familia de éste, todos querían que abortara.

Me dijo que su papa ya había pedido cita en una clínica particular con un espanta cigüeñas. Yo no quiero hacer eso, pero me están presionando por todos lados. Había que salvar a una vida humana en peligro...

Claro que la consolé, la alenté a tener el niño que ella quería tener y tenía en sus entrañas. Claro que había soluciones. Si no se querían casar, porque eran muy jóvenes, no importaba. Lo importante era el niño. Si no lo podía educar o mantener, había medios para darlo en adopción. Y si la familia se oponía, también había instituciones donde la atenderían a ella y al niño. A ella se le iluminaban los ojos, se empezaba a esbozar una sonrisa en su rostro... ¡Podía tener a su hijo! Sus ideas se iban aclarando.

Quería tener a su hijo y ya nadie lo impediría. Se marcho y han pasado ocho años. La acabo de encontrar en la calle con su hijo tomado de su mano. Un niño precioso. Al verme, empezó a llorar y a agradecerme que hubiera estado al lado suyo en aquel momento en que todo se les oscureció el camino a seguir. Aún recuerdo, lleno de emoción, cuando me dijo “Pienso que este niño que amo con locura no viviría si no encuentro en usted la palabras en aquel momento que tanto las necesitaba. Ahora escribo esto porque me siento muy pagado con la alegría de haber cumplido con ese ser humano.

Saqué una gran lección. Nunca más me he dejado llevar por las primeras impresiones ante las reacciones de los alumnos por lo que explico. Sé que tengo que decir la verdad. Da igual cómo reaccionen, siempre queda algo. Yo tengo que sembrar, sembrar... Dios sabrá cuándo y quién recogerá los frutos. Eso no me importa.

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