LARRAÑAGA Y SUS CUENTOS: EL
CUADERNO EXTRAVIADO
Érase una vez, cuando quedé sin
recreo en la primaria, y tenía unos diez años en edad, hice mi primer intento
de escribir, usando mi cuaderno escolar. Me recargue en el pupitre de madera
para redactar. A partir de ese momento mi cuaderno serviría para para ir
dejando mis memorias con todas mis deficiencias y faltas de ortografía. Al paso
de los años todo lo leí. Me resulto divertido leer mis miedos y emociones. Aún
no había decidido que sería de adulto, pero tenía grandes sueños que muchos no
se hicieron realidad con el paso del tiempo.
En algunos de esos escritos note
que ardía por dentro, se empezaba a encender la llama de la relación entre las
personas. Recordé algunos cuentos que mi madre inventaba, las historias que
inventé. En algún rincón de esas aulas nació el escritor que un día dedicaría
años en redactar sus cuentos, historias, temas generales etc. Por lo que diría,
erase una vez en un pequeño pueblo del cual no puedo arrancármelo de mi corazón
un niño atormentado por los sueños que la vida nos ofrece inicio con todas sus
faltas de ortografía y una pésima gramática a ponerse como protagonista de sus
propias ideas.
Un niño que abrazo esta idea y
con el correr de los años las fue convirtiendo en libros. No era virtuoso, ni
talentoso, pero si lleno de emoción. Tuvo entre sus manos un cuaderno y su
lápiz y creyó que era el momento más hermoso de su vida redactando con respeto
a lo que veía. Un niño que fue capaz de oler las flores del jardín del patio de
su casa y sus manos pequeñas se espinaban con los rosales, pero no dejaba de
acariciar las flores y oler su aroma. El pasado dominaba al pueblo, las almas
de los viejos vivían en la sangre de los jóvenes.
Los maestros eran exigentes,
disciplinados, honrados, atentos para que se cumpliera a diario con la tarea.
Un niño que escuchaba en boca de sus maestros las historias y hazañas de los
grandes héroes nacionales. Que vivía el drama y la rendición de los indígenas
de México ante su derrota en Tenochtitlan y la caída de su Imperio. Era apenas
un niño y no entendía los cambios sociales, solo percibía lo cercano que se
movía a su alrededor.
Desconocía las posiciones
sociales, no se quejaba de nada, aceptaba la vida con su diario acontecer. Un
niño que nacía en una población sencilla, noble en donde se perdonaban los unos
a los otros sus errores. En donde nadie se moría de hambre por la mano generosa
de sus moradores. Nadie era infeliz y nadie pasaba pensando en conseguir
fortuna para ser alabado. Un niño que un día tuvo la mayor tecnología de su
época en una bicicleta y en ella recorría los caminos vecinales y las calles
empedradas de su pueblo.
El paso de los años trajo consigo
los malos hábitos, las personas comenzaron a ser infelices, se enojaban por
todo y nada, creían que se nacía para sufrir, para llorar. Desconocían el
secreto que nuestros padres y abuelos nos habían heredado como “Don de la
felicidad” que se vence luchando contra todo mal como lo dijo Dios. Aprendimos
en la niñez que debíamos vivir para los demás y eso es lo que deseaba hacer en
aquella época según mis letras en ese cuaderno.
Con la inocencia de la niñez se
gana el desarrollo mental, surge lo divino, eterno, el dar gracias a Dios por
cada día, se sufre, pero se alegra el alma. Las personas son misericordiosas.
Aprendíamos que esa era la puerta de nuestra salvación, que no había otra
salida. Estábamos niños, con esperanzas, sin plumas o como plumas arrastradas
por el viento cuyo destino desconocíamos. Y el viento con sus pasiones nos
arrancó de raíz venciendo todo tipo de voluntad para ir a la sociedad a pensar
como siervos, buscar un amo, secando el corazón de la bondad, cayendo en
problemas que nunca resolvemos.
Toda una vida que se convirtió
en marcha sin descanso, sin un lugar definió a donde ir, ni en el cual
encontrar la tranquilidad. Un alma que le teme al infierno y gusta de los
placeres como destino inmediato. Leía en el cuaderno que estuve muy cerca del
romanticismo, y dependiendo de la mano de mis padres, de unos versos escritos a
la distancia para una persona que no la describo. Lo relevante es mi estado
emocional, mental, lo frecuente en mis exageraciones.
En sus hojas encontré el espacio
vivo para participar sin controles con las ideas que simpatizaba. El viento
soplaba fuerte y si no hubiera redactado no me acordaría que me fui, regrese,
que estábamos allí y entre nosotros éramos una familia de niños que no se
doblaba, no se rompía. Le pregunte a un amigo de una aventura ¿Te acuerdas? La
forma en que la maestra reflejaba su posición de autoridad, la forma despectiva
con la éramos tratados por algunos adultos.
Los abusivos, los tontos, mis
burros, el caballo, las vacas, los hermanos. La tradición de la familia, mis
caídas, juegos, la traición de algún amigo, mi dignidad mancillada, la
arrogancia de los adultos. Irónicamente todo lo registraba. Sin embrago mi
lenguaje no era fluido y a veces era duro con mis compañeros de clase. Un
rincón en lugar un apartado donde la vida, las costumbres, su música, bailes,
habitantes fueron el primer escenario para redactar. Y, en ese rincón debajo de
una cama encontré mi cuaderno extraviado.

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