martes, 21 de marzo de 2023

 

LARRAÑAGA Y SUS CUENTOS: EL CUADERNO EXTRAVIADO



 

Érase una vez, cuando quedé sin recreo en la primaria, y tenía unos diez años en edad, hice mi primer intento de escribir, usando mi cuaderno escolar. Me recargue en el pupitre de madera para redactar. A partir de ese momento mi cuaderno serviría para para ir dejando mis memorias con todas mis deficiencias y faltas de ortografía. Al paso de los años todo lo leí. Me resulto divertido leer mis miedos y emociones. Aún no había decidido que sería de adulto, pero tenía grandes sueños que muchos no se hicieron realidad con el paso del tiempo.

 

En algunos de esos escritos note que ardía por dentro, se empezaba a encender la llama de la relación entre las personas. Recordé algunos cuentos que mi madre inventaba, las historias que inventé. En algún rincón de esas aulas nació el escritor que un día dedicaría años en redactar sus cuentos, historias, temas generales etc. Por lo que diría, erase una vez en un pequeño pueblo del cual no puedo arrancármelo de mi corazón un niño atormentado por los sueños que la vida nos ofrece inicio con todas sus faltas de ortografía y una pésima gramática a ponerse como protagonista de sus propias ideas.

 

Un niño que abrazo esta idea y con el correr de los años las fue convirtiendo en libros. No era virtuoso, ni talentoso, pero si lleno de emoción. Tuvo entre sus manos un cuaderno y su lápiz y creyó que era el momento más hermoso de su vida redactando con respeto a lo que veía. Un niño que fue capaz de oler las flores del jardín del patio de su casa y sus manos pequeñas se espinaban con los rosales, pero no dejaba de acariciar las flores y oler su aroma. El pasado dominaba al pueblo, las almas de los viejos vivían en la sangre de los jóvenes.

 

Los maestros eran exigentes, disciplinados, honrados, atentos para que se cumpliera a diario con la tarea. Un niño que escuchaba en boca de sus maestros las historias y hazañas de los grandes héroes nacionales. Que vivía el drama y la rendición de los indígenas de México ante su derrota en Tenochtitlan y la caída de su Imperio. Era apenas un niño y no entendía los cambios sociales, solo percibía lo cercano que se movía a su alrededor.

 

Desconocía las posiciones sociales, no se quejaba de nada, aceptaba la vida con su diario acontecer. Un niño que nacía en una población sencilla, noble en donde se perdonaban los unos a los otros sus errores. En donde nadie se moría de hambre por la mano generosa de sus moradores. Nadie era infeliz y nadie pasaba pensando en conseguir fortuna para ser alabado. Un niño que un día tuvo la mayor tecnología de su época en una bicicleta y en ella recorría los caminos vecinales y las calles empedradas de su pueblo.

 

El paso de los años trajo consigo los malos hábitos, las personas comenzaron a ser infelices, se enojaban por todo y nada, creían que se nacía para sufrir, para llorar. Desconocían el secreto que nuestros padres y abuelos nos habían heredado como “Don de la felicidad” que se vence luchando contra todo mal como lo dijo Dios. Aprendimos en la niñez que debíamos vivir para los demás y eso es lo que deseaba hacer en aquella época según mis letras en ese cuaderno.

 

Con la inocencia de la niñez se gana el desarrollo mental, surge lo divino, eterno, el dar gracias a Dios por cada día, se sufre, pero se alegra el alma. Las personas son misericordiosas. Aprendíamos que esa era la puerta de nuestra salvación, que no había otra salida. Estábamos niños, con esperanzas, sin plumas o como plumas arrastradas por el viento cuyo destino desconocíamos. Y el viento con sus pasiones nos arrancó de raíz venciendo todo tipo de voluntad para ir a la sociedad a pensar como siervos, buscar un amo, secando el corazón de la bondad, cayendo en problemas que nunca resolvemos.

 

 

Toda una vida que se convirtió en marcha sin descanso, sin un lugar definió a donde ir, ni en el cual encontrar la tranquilidad. Un alma que le teme al infierno y gusta de los placeres como destino inmediato. Leía en el cuaderno que estuve muy cerca del romanticismo, y dependiendo de la mano de mis padres, de unos versos escritos a la distancia para una persona que no la describo. Lo relevante es mi estado emocional, mental, lo frecuente en mis exageraciones.

En sus hojas encontré el espacio vivo para participar sin controles con las ideas que simpatizaba. El viento soplaba fuerte y si no hubiera redactado no me acordaría que me fui, regrese, que estábamos allí y entre nosotros éramos una familia de niños que no se doblaba, no se rompía. Le pregunte a un amigo de una aventura ¿Te acuerdas? La forma en que la maestra reflejaba su posición de autoridad, la forma despectiva con la éramos tratados por algunos adultos.

 

Los abusivos, los tontos, mis burros, el caballo, las vacas, los hermanos. La tradición de la familia, mis caídas, juegos, la traición de algún amigo, mi dignidad mancillada, la arrogancia de los adultos. Irónicamente todo lo registraba. Sin embrago mi lenguaje no era fluido y a veces era duro con mis compañeros de clase. Un rincón en lugar un apartado donde la vida, las costumbres, su música, bailes, habitantes fueron el primer escenario para redactar. Y, en ese rincón debajo de una cama encontré mi cuaderno extraviado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario