domingo, 6 de agosto de 2023

 SOY EL FRUTO DE MIS PADRES Y PUEBLO “SAN IGNACIO, SINALOA” (Parte Dos)

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- UNAM
Las primeras letras me llegaron hasta segundo grado de primaria con la maestra Esther Osuna, en la escuela José María Morelos y Pavón. Ya tenía ocho años cumplidos y se debió a que el primero grado la maestra que nos tocaba nunca se presentó a dar clases, siempre se justificaba, pero la gente del pueblo decía en chismes que andaba de novia con el supervisor escolar, poniéndole los cuernos a la esposa de este que era una maestra quien trabajaba en Mazatlán. Un día se reunieron todos los padres de familia para decidir si nos dejaban un año más en primero o nos daban boleta de pase a segundo grado.
La maestra Esther recuerdo que le dijo a mi mama que ella se encargaría de enseñarme a leer y a escribir. Fue una maestra muy amable y cariñosa con todos los niños, así que nos esforzábamos por aprender sus lecciones. Al siguiente año (Tercero) mi madre decidió que cambiaría de escuela con la maestra Rosaura Maldonado en la Josefa Ortiz de Domínguez.
Esta maestra tenía fama muy ganada por años en ser una maestra estricta, seca, disciplinada pero que preparaba a los niños muy bien en matemáticas. Mi primera impresión aun la recuerdo, no fue del todo agradable puesto que la maestra se paseaba entre los pupitres cargando en su mano un metro de madera como arma disciplinaria y la otra mano un borrador que luego me di cuenta lo utilizaba para castigar a los niños en la mano.
A veces cuando no entendía la tarea que nos dejaba prefería hacerme el enfermo, aunque mi padre renegaba con mi madre por consentir en que lo hiciera a sabiendas por ella que era puro Pancho mío para no ir. La escuela Morelos (Amarilla) era muy espaciosa con techos muy altos, aulas grandes, entraba mucha luz por sus ventanas, el aire que se respiraba era fresco con olor a campo.
Con un patio de recreo de aproximadamente 4 hectáreas en donde corríamos y pasábamos los niños el tiempo libre, en su entrada estaba un gran árbol de tamarindo en donde se acomodaba Cahirez con su carreta de frutas y dulces a vender y el Juanfra con su venta de nieve.
A la hora del recreo, la supervisión de los maestros prácticamente no existía por lo que en ciertas ocasiones nos escapábamos para ir al rio a bañarnos en sus aguas cristalinas. En época de secas el rio corre tranquilo. La fuerza moral que los maestros nos imprimían en aquellas dos escuelas nos servía de guía para el arribo de nuestra edad adulta.
Al llegar a la edad de la juventud, muchos de mis amigos de primaria, cursaban el bachillerato fuera del pueblo y en época de vacaciones nos juntábamos en esa ociosidad, nos hacíamos bromas, pero algunos no se conformaban con la convivencia sana y vivían en ruidosas fiestas.
Otros preferían un rincón apartado y sombreado al bordo del rio para zambullirse y calmar sus hormonas, unos más eran ruidosos y les gustaba andar con una guitarra por las calles dándole serenata a las muchachas que les atraían. En momentos contrataban al famoso “Secretitos” un músico solitario que paseaba por las noches por el pueblo con su guitarra como acompañante y con una voz aguardentosa en su canto además desentonado.
Para todos los temas era el amor, el romanticismo. Pararnos en una esquina y esperar a que la jovencita saliera a la calle mostrando sus encantos. Los moceríos meditábamos a veces sobre una rama de mezquite encaramados pensando el ese amor platónico y la forma de conquistarlo.
Allí fue donde comencé mis primeros pininos en redactar versos de amor. Entre los jóvenes crecía Jorge Vega a quien lo llamaban “Gorgonio “Este se encargaba de dar la bienvenida a todos los extraños al pueblo por una módica cantidad de dinero o una apetitosa comida. Gorgonio en su juventud fue víctima de todo tipo de burlas y que con el correr de los años las fue asimilando para dar como respuesta todos los trucos que su experiencia le dictaba.
Se supone que desempeñaba el papel de camarero y que acompañaba a los jóvenes borrachos cuidándolos y cargando el cartón de cervezas. Al principio fue extraña la función, pero al paso del tiempo los jóvenes se fueron haciendo a la idea que necesitaban a Gorgonio para su fiesta callejera llegando a verse convertido este personaje importante de toda fiesta o reunión en donde se repartieran cervezas y comida.
Han pasado muchos años y aun extraño aquel hogar, todas las familias unidas. Veo en mi mente esa melancolía especialmente cuando regreso al pueblo, cuando en la noche estoy a punto de dormir. En aquellos años de niño mi madre se sentaba a mi lado durante un buen rato mientras me agarraba el sueño, me acariciaba la cabeza, y me convencía que debía cerrar los ojos para dormir.
Poco a poco todos los jóvenes del pueblo nos fuimos acostumbrando unos a otros de nuestras bromas y peleábamos verbalmente por las muchachas que nos atraían, incluso contra los celos de los posibles cuñados. No faltaban las bromas y sarcasmos y había que morderse la lengua para no estallar.
Siempre fui alegre, juguetón, me gustaba participar en aventuras de senderismo hacia las rancherías y el campo. Gozaba esforzarme en lo que hacía, en ocasiones trataba de engañar a mis amigos para escapar de sus bromas, pero me pescaban cuando me veían en la esquina de su casa esperando que la Hermana de uno de ellos saliera a la calle. Los jóvenes eran en aquella época muy dados a poner sobrenombre, cosa que siempre he aborrecido, ciento que los apodos atacan la dignidad de las personas.
Vino la moda del pelo largo, y en respuesta recuerdo que me pele de coco para luego dejármelo crecer. Algunos les quedaba en su imagen como si estuviera viendo un demonio a distintos se les veía bien. Dejar atrás la vida juvenil, es entrar a la vida perversa del adulto, de los obstinados, los que cometen pecado dicen los sacerdotes, lo que no tienen paciencia hasta casarse, los que usan la boca con palabras dulces para engañar y conseguir sus propósitos. Un título Universitario aún se veía muy lejos.

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