MIEDO A LA LIBERTAD
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Ex Director de la
escuela Normal del Pacifico – Ex Director General del Instituto Pedagogico
Hispanoamericano.
Cuando eres niño anhelas protección y control, la comodidad en el hogar es como descansar cómodamente, sin tener que crear nada, hacer nada, y recibir todo. Los padres los colocamos en un pedestal, y buscamos su cariño, comprensión ante cualquier eventualidad o vulnerabilidad. Al llegar a la juventud deseas mayor libertad, y te das cuenta que esto afecta precisamente tu libertad ante quien durante toda tu vida a ostentado su autoridad, y te sigue privando de recursos económicos para inducirte a que los obedezcas, que les tengas miedo a sus reacciones. Eso debilita tu confianza., y se fortalece el vínculo de tu dependencia. Cuando los padres no te permiten que seas tú quien tome el control te molestas, decepcionas, luchas por tu libertad para que dejen de controlarte con la intención en que sean ellos quienes pierdan el poder o se desgasten. En tu juventud quieres libertad, pero hay un precio que hay que pagar.
Primero porque no puedes guiarte a ti mismo, no puedes reconocer tu situación, no puedes ejercer tu poder bajo la opresión. Has vivido sintiéndote una víctima de sus controles sin que te dejen ejercer tu voluntad. Tus padres te han venido vigilando, advirtiendo, para que no caigas, para protegerte, es decir te apoyan sin pedirte nada a cambio, y como tú no lo comprendes sientes que te hacen sufrir, que siendo joven ha llegado el momento de demoler los muros, de experimentar, que ya no los necesitas para que te den consejos, y de ellos solo esperas dinero
¿Acaso ya puedes volar por tu cuenta? Estas en la juventud, has abandonado la niñez, y pubertad, y has entrado a un mundo sin miedo ni obstáculos, y a cada experiencia te asombras al creer que tu verdadero ser es perpetuo. Llego ese momento en que tienes que confiar completamente en ti mismo. Convertirse en un verdadero adulto, y eso significa reconocer que, a partir de allí inicias el camino a ser un huérfano de amor. Para llegar a ser una persona madura, uno debe soportar el peso de una soledad completa, fundamental, permanente e insuperable. Debes tomar todas las decisiones por ti mismo y convertirte verdaderamente en tu propio padre o madre como ellos te resolvían todos tus problemas.
Darás tus primeros pasos, y en el proceso sentirás que eres libre y al mismo tiempo tendrás miedo porque sabes que a partir de aquí, llegara ese momento en que tus padres ya estén. Ellos han cumplido tu misión para que avanzaras en tu crecimiento, esencialmente te dieron el apoyo que necesitabas y estuvo al alcance de sus manos, pero te ha llegado el momento en que deseabas que te soltaran para convertirte en padre, o en madre, sin depender ya de sus recursos para vivir, y comprendes que, si te caes, ahora tendrás que levantarte solo, lloraras tus penas a solas, los visitaras ocasionalmente. Finalmente te has liberado de tus padres y el rol que ellos elegían por ti. En este momento, tu historia comienza a transformarse.
Aprendes a estar solo y, finalmente, integras y construyes gradualmente una identidad única que te pertenece solo a ti a través de tus colisiones con el mundo. Hace mucho tiempo, descubrí el drama que se escondía tras todo. Descubrí que, al entrar en la edad adulta, desde que dejé el hogar y la escuela, empecé a afrontar mi propia existencia. Descubrí que, sin un pilar de apoyo, sin nadie en quien apoyarme, estaba solo y necesitaba el apoyo de mi yo interior para sentirme protegido. Al darme cuenta, no niego me sentí aterrado de verdad.
Ya no tenía la seguridad del nido familiar, debía volar sin quejarme, afrontar mis propios vacíos existenciales, confiar en lo que iba eligiendo, quejarme en mi soledad de mis impotencias de ser oprimido ¿Qué me pasa “Me cuestione”? ¿Por qué le tengo tanto miedo a la libertad? ¿Por qué siempre me quejo? Fue cuando descubrí que este patrón de conducta no es exclusivo de mí; y que muchas personas lo han experimentado en diferentes etapas de su vida. Se remonta al miedo al abandono y a la inercia de confiar en las personas. Cuando somos niños, tememos el abandono y renunciamos a nuestra libertad; cuando somos adultos, tememos no tener nada en qué confiar y, por lo tanto, escapar de la libertad. ¿Recuerdas el miedo a perderte de niño? ¿Recuerdas la ansiedad insoportable que sentías cuando tus padres te decían que te abandonarían si no te portabas bien, o te regalarían al policía o al mendigo?
De niño indefenso, para mantener una conexión con los adultos, cuando tus propios deseos entraban en conflicto con las expectativas de tus padres, decidiste sacrificarte por sobrevivir. Así que te dijiste: “No puedo ser infeliz, no perderé su amor” Esta lógica parece ilógica, pero es absolutamente cierta en la experiencia de un niño. Desde niños aprendemos que, para evitar ser abandonado, debemos renunciar a nuestro libre albedrío, dejando que nuestros padres dicten qué tipo de persona seremos y ellos toman las decisiones por ti. Porque en ese entonces solo eres un niño, vulnerable y sin poder suficiente, solo puedes confiar en ellos para crecer como es debido. Pero poco a poco creces.
Al llegar a la adolescencia, anhelas liberarte de las ataduras del hogar y convertirte en un joven rebelde. La campana de la libertad suena en tu cabeza hasta despertarte o desesperarte. Te das cuenta de que tu barco navega lejos de la orilla familiar, ese océano cálido, que ha llegado la hora de encontrar tu rumbo en el vasto mar, pero un pánico sin nombre te ata. Es en ese momento que te preguntas ¿Qué está pasando? La libertad por la que una vez luchaste cuando niño, y no lograste ahora se ha convertido en un problema mental. Te sientes libre y a la vez atado, perdido, solo y asustado. Te preguntas ¿Quién soy? ¿Adónde voy? La duda y el miedo te están volviendo loco. La duda en la lucha es el riesgo de perder la protección de tus padres, sus consejos y guía a la que estás acostumbrado, y sin ellos te sientes desamparado.
Tu cabeza te da vueltas para que te enfrentes a tu vida ahora sin protección ni apoyo. Que te ha llegado el momento en el que debes construir tu propia vida, encontrar tu camino, resolver tus propios problemas existenciales. Pero la realidad es que nunca lo has hecho y los errores dejaran en tu alma cicatrices imborrables. Comienzas a madurar, tus emociones son tan fuertes que te imponen su ley hasta el punto de lanzarte a un precipicio por ser tú mismo, pero ¿Tus alas están lo suficientemente maduras? ¿Eres lo suficientemente fuerte para volar? ¿Y si vuelas y al hacerlo como un pichón tierno caes del nido al piso?
El miedo te hace dar marcha atrás, no eres capaz de enfrentarte a tu vida y retrocedes al cuidado de nuevo de tus padres. Piensas que es mejor retroceder que seguir adelante “No confías en ti mismo” De nuevo estas replicando el hecho de que sean otros los que decidan por ti ¿No es eso mucho más fácil que buscar quién eres y qué valoras en un vacío, tomar decisiones basadas en eso, elegir seguir o depender de otros? Es difícil admitir que de nuevo estas actuando como un niño, sin darte cuenta de que ya no eres un niño, que en realidad tienes suficiente poder para expandir tu vida, y que eres lo suficientemente fuerte para aceptar las consecuencias de todas tus decisiones.
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