miércoles, 11 de noviembre de 2020

 

SAN IGNACIO, SINALOA

ENTRE SUEÑOS Y NOSTALGIAS

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

Mirar al pasado es lograr visualizar el lugar en donde te encuentras parado de aquellos sueños que iniciaste cuando niño. El pasado nos puede dar todo o quitarnos el futuro. Dar la confianza en las personas de las cuales te vas rodeando o perder esa confianza y ser receloso, cauteloso por ello el pasado se convierte en la llave o en el obstáculo para que ese sueño infantil se concrete. El pasado te muestra la razón de lo que eres y de lo que estas hecho. Al arribar a la secundaria tenía 12 años, no estaba dañado, en mi casa familiar la pasaba bien. Cursando la secundaria me llego la primera parte de la pubertad y con ella tuve la tentación de que nadie me quisiera porque hasta mis padres estaban alejados en el pueblo. Experimenté los reclamos de los maestros tratando en guiarme y que aclara las ideas. En ese momento, en ratos estaba molesto con el mundo y a la vez no estaba enojado con el mundo, simplemente no sabía si estaba herido, no sabía si mi mamá y mi papá, mi abuelo y mi abuela estaban enojados conmigo, no escuchaba a los maestros porque nadie me escuchaba.

Contaba con amigos a la hora de clases pero al salir quedaba solo sin tener un lugar a donde ir, me había distanciado de todo lo que me hacía feliz. Un púberto entre respetuoso en ratos y grosero en otros, con la máxima en la cabeza de si me respetas te respeto y no busques ayudarme que no lo necesito. Los maestros trataban en protegerme, sentía su amor en cambio las llamadas de atención me hacían odiarlos, sentía dolor.

Admito que al principio quería regresar a casa, no me hacía feliz ese distanciamiento y a la vez no existía ninguna razón para que abandonara la secundaria. Al fin daba un descanso a la inquietud y me tranquilizaba con la idea que ese era mi destino. El llegar a la ciudad uno se topa con edificios, calles llenas de carros, camiones que emiten humo contaminante, gente gritando a viva voz para vender sus mercancías, otros megáfonos en boca. Mientras cientos de personas corren por las banquetas, otros van lentos a su destino por la escasea energía de sus cuerpos consumidos por los años.

El calor los hace buscar las sombras ante la falta de árboles aprovechan las marquesinas de los negocios. Para cualquier dirección que mires veras aglomeraciones humanas y en ese panorama no falta a la vista un pordiosero tirado en un cartón que le sirve de casa, cama con una lata vacía extendiendo el brazo en busca le regale una moneda. Estas son las cosas de las que me di cuenta cuando por primera vez mi mama me llevo a la ciudad de Culiacán a visitar a la abuela. Observaba los alrededores de la casa de su hermana Soledad y veía un edificio de departamentos cuyos moradores llamaban hogar. Un espacio pequeño con 30 o 40 departamentos en la esquina de juan José Ríos y la calle Obregón. A la mente me vino la pregunta ¿Cómo podían vivir en ese espacio tanta gente? Me dije: Es difícil que duerman y cualquier cosa que hagan, el otro se entera, no hay privacidad. Veía sus ventanas cerradas en lo alto. Todos se despiertan y quieren bañarse al mismo tiempo para ir al trabajo, a la escuela.

Así inicie a conociendo la vida cotidiana de la gente en la ciudad, la cual se adapta y aplica su comportamiento ante la pérdida de su espacio y cuya situación con el tiempo se fue agravando llevándolos a situaciones negativas. Por las noches en la colonia Rosales (Donde vivía mi abuela) La gente parecía no dormía, el tiempo se iba rápido, la gente se encontraba en el súper de la equina de Zapata y Aldama y nadie se saludaba o se daba los buenos días. Se quejaban si llovía por los lodazales que se hacían por la calle Aldama todo el cerro de enfrente o, si salía el sol y los traía acalorados. Lo extraño es que cuando íbamos al centro de la ciudad, la gente caminaba rápido, eran como robots sin expresión alguna, sin emociones reflejadas mucho menos el saludo. Comencé a sentarme en la plazuela junto a la catedral para observar sistemáticamente como era su día, su actitud, actividad tratando desde ese punto de vista agregarle sus problemas aún más serios a la vida.

Admito que por ser un niño no entendía los comportamientos mostrados por la gente debido a que venía de un pueblo cuya gente no se cansaba caminando rápido y gustaba su gente en sentarse en las banquetas a platicar tomándose una taza de café de olla calentado en las hornillas. Aquí, en la ciudad la gente llevaba el alma en vilo de un lugar a otro.

 SAN IGNACIO, SINALOA

AJOYA

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

AJOYA: Nadie sabe cuándo empezaron las leyendas de las minas en la zona de Ajoya: Chilar, Bordontita, Carrizal, Aguines, Platanar, Jocuixtita, Gachupines, Panaltita, Contra estaca, el Tambor, Coacoyol (Actual proyecto Cristo Jesús),  pero en la narrativa popular siguen vigentes. Una de ellas en la mina del chilar se refiere a una madre que vivía con su hija cerca de la mina. Una jovencita hermosa que gustaba ir a bañarse al arroyo al final de un camino lleno de árboles, en ese lugar cantaba, nadaba, acompañaba el cantar de los pájaros, luego cortaba flores para llevarlas a la virgen en su casa. La madre se dice que tenía muchos amantes entre ellos un español que vivía en San Ignacio y era dueño de algunas pequeñas minas, animales y potreros. Al español le gustaba la joven pero ya era amante de su madre y la joven traía puestos los ojos en un joven minero.

El español siempre invitaba a la joven a pasear a caballo con el permiso de la madre. Ella le tenía miedo al ver el resplandor de lujuria que brotaba por sus ojos. El comenzó a llevarle regalos que la joven aceptaba y los lucia cuando su enamorado joven la acompañaba. Un día el español se comenzó a bañar desnudo en el rio de Ajoya he invito a la joven que se metiera a bañar pero ella se negó con el pretexto de ahogarse. En la fiesta de San Gerónimo de Ajoya ella fue invitada al baile, comenzó a bailar viéndose radiante en medio del templete improvisado en la plazuela. El joven minero la saco a bailar mientras la música seguía tocando, y desde esa noche el joven no regreso a su casa, se le busco pero nadie pudo dar razón, ni se ha encontrado su cadáver.

La gente tenía la corazonada de que fue el español quien lo mando matar. La joven muchacha siguió recibiendo joyas y en ratos sollozaba recordando al desaparecido. Ella rogaba a la virgen que apareciera, logro incluso la promesa del español en que lo encontraría. El pueblo de Ajoya no vivía en paz, estaba buscando a uno de sus hijos, mientras el español estaba obsesionado con la joven. Al toque de la campana de la iglesia, ella se arreglaba rápidamente y acudía a misa para pedir a la virgen por su enamorado, le rogaba se lo trajera de vuelta y le daba la promesa que las joyas, ropa y perfumes recibidos del español se los regresaría. Un día el español desesperado por las caricias de la joven la tomo del cuerpo a la fuerza y la empujo a un monte pero por su edad sintió que un infarto lo alcanzaba, sintió que moría, y estando en ese trance le señalo a la joven un lugar en donde se encontraba enterrado que ella tanto buscaba, sin embargo el español no murió.

A los días la joven regreso al lugar y se puso a escavar encontrando una olla llena de monedas de oro, esto es una locura se dijo.- El tesoro del que me hablo el español, no es el cuerpo de mi enamorado. Saco la olla y se la llevo a enterrar junto a una piedra grande que se encontraba entre unos váraños. Al regresar el español, le pregunto a la joven ¿Dónde está el tesoro? Ella salió corriendo y sonriendo. El la siguió sin quitar de la mente que la joven se lo había robado. Ella corría asustada y el español siguiéndole los pasos. Por fin agotada cayo en tierra y antes de darse cuenta le habían quitado su vestido, luego se abrazó con fuerza al español fundiéndose en un placer mutuo. Mientras tanto el tesoro seguía en su lugar sin ser revelado su cambio de espacio. El viejo se aferraba a la juventud de la muchacha y la muchacha al lujo y estabilidad que le representaba. A los días la madre de la muchacha, quien acudía al rio a lavar la ropa  apareció ahogada al lado de la ropa cerca de unas peñas.

Nadie sabe la relación que tuvo el encuentro del español y la muchacha con este nuevo hecho pero una fuente de esa época comento que la muchacha se la llevo el español a vivir a San Ignacio y que por esos días la esposa del español murió de infarto fulmínate. El español murió creyendo que los tres hijos que la muchacha pario eran suyos, luego se supo que mientras estaban juntos (No, casados) La muchacha los tubo sin que se supiera de quien eran ya que se murmuraba que varios jóvenes la visitaban después de la media noche cuando el viejo se dormía.

Fue una época de desamor, de caminos intrincados, de historias que flotan en el ambiente entre los oyentes y en consecuencia ese pasado lo volvemos a revivir. Ahora la relación entre el español y la muchacha sería muy criticada, pegaría en el ánimo la muerte de su esposa pero son cosas de su tiempo en la soledad de aquellos montes lo que la convirtieron en narrativa popular. Un lugar que no era tranquilo, ni despejado de avaricia, asi como la extraña relación de estos personajes que provenían de dos mundos distintos. El mundo del conquistador dueño de almas y el mundo infantil de una muchacha que veía la actitud de su madre para sobrevivir, fueron mezclas y choques de espíritus o circunstancias de la propia conquista. Una invasión que chocaba entre los frailes y los españoles mezclándose cascara, yema, huevo con gallina vieja y polla nueva.


 SAN IGNACIO, SINALOA

PANTEÓN

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

He estado pensando por un tiempo, ¿es bueno volver a todo en el pasado? Probablemente no, pero creo que todo lo que sucedió en el pasado no debe olvidarse, no por las lecciones que trae sino por los eventos muy importantes para recordar. ¿Por qué tenemos que retroceder en el tiempo? Es importante que recuerdes esto porque somos el resultado de nuestras decisiones de ayer. Necesitamos ser claros sobre las cosas que no entendemos. Para mí, mirar hacia atrás en el pasado es una señal de que todavía tengo la esperanza de corregir mis errores, es una prueba de que he tomado un camino difícil antes de poder lograr lo que soy ahora.

 Una tarde mientras inspeccionaba la matanza de pollos en el rastro de Cuautitlán entro una llamada diciéndome que mi hermano estaba muy grave en el hospital de Toluca y que estaba siendo operado de la cabeza por los golpes que recibió en un accidente automovilístico. Me entro un escalofrió y miedo nunca antes sentido, por segunda vez me enfrentaba a la muerte. A las 9 de la noche viaje a Toluca, no me importaba la hora solo tenía en la cabeza que mi hermano estaba luchando por su vida y tenía que estar presente. Exactamente pasada la media noche llegue al hospital y en la sala esperando vi a mi madre devastada por la angustia y sufrimiento mientras mis hermanas trataban en consolarla. La mente se me bloqueo aún más por alguna razón inexplicable. Me acerque a ellos tratando en entender lo que había sucedido. Mi madre me abrazo, cosa que no sucedía en mucho tiempo por estar alejado de la casa, se volvió llorando diciéndome “Se nos muere tu hermano”. Eso apedreo el centro de mis sentimientos destrozando la entereza y solté las lágrimas. Luego me dijo ¿Ya cenaste? ¿Quién iba a pensar en cena?

 Sí, no podía moverme de la angustia, la mire a los ojos y me di cuenta como en la primera vez que perdimos al hermano menor José Martin al ser atropellado por un carro que el mundo para mi madre se había detenido, en realidad no podía mirarla a la cara y se debía que al igual que ella mi mundo también se había detenido. Me senté en una esquina con la cara pegada a las rodillas y con el pensamiento en los recuerdos vividos con mi hermano no hacía mucho tiempo. Asi, estuve dos días, pensando las cosas y escuchando lo que sucedía, solo esperando que mi hermano se recuperara, pero al final no lo hizo y murió. Antes de que esto sucediera entre en la habitación, sentía un silencio extraño y ensordecedor en la cabeza, lo mire vendado de la cabeza con sondas por todos lados, sabía que el sentía mi presencia y que ambos estábamos tratando de decirnos algo, pero pensé, tal vez este es el momento de callar, de olvidar el estado en que se encuentra y pedir a Dios.

 Por primera vez le dije no te dejes vencer, te necesitamos, y él escuchó, pero esa buena intención no basto, lo importante es que había soltado de mi cuerpo esa angustia que sentía al verlo indefenso y sin poder hacer nada. Creo que me escucho. Al salir de la habitación vinieron a mi mente las historias que nos contábamos a la entrada de la Universidad en la jardinera cuando nos reíamos de los castigos que mi madre nos daba para que nos arrepintiéramos. Cuando mi hermano me regañaba o yo lo hacía pero llego el momento y nos dejó, el tiempo en ese instante se detuvo. Lo hizo porque tuvo que cumplir con la ley de la vida, todo lo que seguía era llanto, recuerdos. Eligio Dios dejar ir a su familia para llevarlo a un lugar a su destino. La familia perdió, salió derrotada, mi madre cumplió con responsabilidad, mi padre lo acepto. Esa noche todo cambio, mi vida y presente se oscurecieron por el dolor, en mis lágrimas silenciosas en las noches me preguntaba ¿por qué me dejó?, no había una respuesta.

 En esos momentos comprendí lo que era la verdadera felicidad y llore con odio hacia la vida, a Dios, seguí llorando varios años y la diferencia de aquellas lagrimas a las de ahora es que ya no hay odio, sino dolor al recordar porque tuve la oportunidad de convivir varios años a su lado, de conocernos como hermanos sin embargo un accidente nos cambió la vida, el pasado. En la vida hay recuerdos dolorosos que preferimos callar sin olvidar porque ninguna felicidad igual puede borrar el dolor que traen esos recuerdos, pero en aquel momento sentí que todavía había esperanza de que Dios se apiadara de su alma y borrara todo el sufrimiento que mi madre y yo, estábamos experimentando. Todas las lágrimas y el dolor que has experimentado tienen una causa y una felicidad igual, para ello, tenemos que ser pacientes y confiar en Dios.

 Muchos años antes había muerto mi hermano menor: Quise recordar la primera vez que fui a un velorio y a un entierro. Lo cercano familiar es el dolor en llevar a mi pequeño hermano (10 años en edad, yo 17) a quien lo había atropellado un carro. Un niño que era la alegría de la casa, amigo de todos los niños, amaba jugar, daba caricias a granel, gustaba en pasear. Usted puede imaginar lo doloroso que fue para nosotros su muerte repentina.- Ese día estaba yo, sentado en la puerta de la casa a las cinco y media de la tarde jugando a empujarnos, y riendo me dijo.- ¡Quítate de la puerta, déjame pasar a tomar agua!

 Bastaron unos 30 minutos para que estuviera tendido en la esquina. Yo, lo amo, incluso esa noche renegué de dios a pesar de ser católico, me preguntaba el ¿por qué? se lo llevaba, si él a nadie le hacía un mal. Fueron meses, años de llanto, un llanto diferente al dolor que produce este sentir especial de vacío en el alma, es esa sensación que con nada se compensa. Las emociones me habían ganado, incluso por encima de cualquier fe en un dios, no había forma de consolarme, ni aceptar lo que amigos católicos me decían que se encontraba en un lugar mejor al lado de dios. Ya, no estaba aquí, y, yo sufría su perdida, deseaba mi propia muerte, vivía sin disfrutar nada, eso era un dolor diario, constante, incomparable. Fui injusto al ver gente mala gozando de salud plena y deseaba a dios reclamarle ¿Por qué a mi hermano y a ellos?

El llanto en ir a sepultar a mi hermanito, viéndolo que ya no se movía, que daría mi propia vida por verlo levantarse. Llore sobre su tumba, sobre mi cama por largos años. Estaba triste, cuando pensaba en él me mostraba angustiado. Un dolor que no se marchaba, que llegaba por las noches mientras dormía, una pérdida que seguiré sintiendo todos los días de mi vida. Quisiera callar pero el dolor no pasa, es muy mío.


 SAN IGNACIO, SINALOA

RÍO PIAXTLA

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

RIO: Ahora estoy en el agua del rio, el agua es clara, está en calma, estoy parado en el medio y no hay nadie a mi lado solo la vista en la inmensidad de la belleza que refleja el panorama. Hay tranquilidad en la mente, siento que un manto espiritual cubre todas las cosas a mí alrededor. No hay miedo, la cara esta mojada con gotas de agua escurriendo hacia mi cuerpo. Aprendí a nadar cuando niño pero por lo bajo del agua en esta época no se hace necesario luchar sino nadar para ejercitarme. ¿Qué me retiene en este espacio, que despeja la mente para que la cabeza permanezca erguida con la vista clavada en ese horizonte? El agua esta tibia, decido salir, camino en las pequeñas piedras que laceran los pies.

 Estoy solo, sin más extraños cerca que mis ideas, silenciosamente me siento en la orilla. Sobre mi cabeza cruzan pájaros que posiblemente asuste un poco, a lo lejos una persona cruza el rio a lomo de su caballo y levanta los estribos para no mojarse. Luego me recuesto y dejo que el tiempo pase, que las aguas tranquilas continúen corriendo limpias y claras rio abajo hacia el mar. Estaba acostado, recordando los años felices de la niñez en donde respire tantas ocasiones esta brisa, esas aguas claras, lo verde de los arboles con sus encantos, los tiempos de frio en lo que mi madre me bañaba amaneciendo cuando me orinaba y ella calentaba una olla de agua en las hornillas y la mezclaba en una tina de aluminio en el patio de la casa.

Cruzo nuevamente el rio a nado, camino un poco y me paro en un terraplén, vuelvo a caminar y me agacho para elidir los váraños, miro al cielo azul el cual se está volviendo oscuro con el arribo de las nubes y con ellas llega el viento que sopla, que mueve las hojas y váraños. De pronto ya estaba nuevamente a la orilla del rio con el agua a las rodillas, luego al cuello por lo que opte por zambullirme.

No sentía miedo, ni nostalgia, no había sorpresas eran momentos que había conocido muchos años atrás y disfrutaba de ellos. Al salir del agua note que todo el clima cambio y antes de darme tiempo en recoger las cosas estaba en medio de la tormenta. Al darme cuenta que no podía escapar decidí disfrutarla, me tumbe en las pequeñas piedras y espere a que la tormenta pasara mientras abría la boca para que cayera en ella las gotas de lluvia limpias, claras. Respire hondo mirando a lo lejos las centellas, ahí estaba tirado en la orilla con unos calzones como ropa cubriendo las partes nobles. Esto es la vida en la naturaleza, este es el rio que da vida, su agua limpia. Los pequeños recuerdos poco a poco se fueron haciendo grandes: Aquellos años donde las preocupaciones de la vida me fueron alcanzando y solo tenía el recurso de mirar por la ventana la calle sin desear querer salir a ese mundo tenso que corría cuando llovía. Pensaba que estando dentro de la habitación las paredes me protegerían, pero al final no aguantaron las envestidas de la confusión humana, esas que preocupan y comienzan de nuevo a inquietar los miedos.

Cuando hablaba por teléfono con mi madre siempre le decía que todo estaba bien, que estaba estudiando mucho “oh, de mí, que mentiroso era con ella” Solo cerraba los oídos para no escuchar reclamos del sacrifico que hacía por enviarme el poco de dinero que podía. Aquellos años de niñez en semana santa en que las familias llevaban a sus hijos a que nadaran cerca de la orilla, hasta donde el agua cubría sus rodillas. Muchos no querían mojarse y los aventaban entre varios niños cayendo como sapos con la barriga viendo al cielo. Ahora el agua sigue siendo azul clara, cristalina mientras los vientos soplan rumbo a las montañas. Aire limpio que llega a mi nariz y fortifica la respiración. Aquí hay tiempo para respirar, para volver a respirar.

En lo interno mientras me retiro veo a la figura de la sombra de mi padre fallecido montado en su caballo cruzando el rio con los estribos levantados para que no se mojen y a mi madre recibiendo los tambos de agua que le llevaba en burros desde este rio. Allá atrás había un niño hacendoso, atento al servicio de su casa, ahora es un adulto caminando entre laS piedras entre el agua del rio y las casas, en ese camino que dejo de ser vereda para unos y otros de los mencionados. Otra línea nos separa. Estoy parado, levanto los brazos, la cabeza, la mirada y veo por todos lados esos recuerdos de aquel niño acurrucado en su catre con su madre al lado achinquechados ambos a las siete de la noche.

Ella tomándole la mano, acariciándole los puños que posiblemente ese día uso en defensa de sus arrebatos. Contuve la respiración para disfrutar un poco más ese instante, me quede un rato parado, volví a respirar, estaba feliz. La tormenta había pasado pero en apariencia lo oscuro de ella me hizo tirar los malos pensamientos y deje atrás el joven que miraba sobre la ventana de un departamento en la ciudad pendiente del caminar de los humanos por la calle. La lluvia lavo su cuerpo y alma y dispuesto a comenzar tomo rumbo al caserío en donde vio la luz por primera vez.

3.- AHOGANDOSE: Las últimas lluvias se dejan sentir en Enero, luego el rio baja poniéndose casi seco pero esa agua que corre sirve para bañarse en la Semana Santa antes de que nuevamente lleguen las lluvias. A la gente les gusta remojarse y se van al rio la familia completa. Por supuesto aquellos que van gustan en mostrar algo de lo que poseen (Autos, caballos, joyas, etc.) Salen con su ropa de playa (Rio), sombrero para el sol, una hielera, balón de para jugar en la arena y dispuestos a socializar. En febrero compran sus trajes de baño. En las calles se mueve la pasión de Cristo, el caso es que todos andan ocupados con sus propios paseos y trucos, no importa si su cuerpo es Miss Universo o no. Lo importante es que este tirado en la arena o metido en el agua, que no tengas dolor y disfrute de lo que está haciendo. En el rio todos los niños aprenden a nadar, hacen ejercicio y se mueven por todos lados. Se practica la respiración de boca a boca por los enamorados.

Asi que en mi familia aprendimos a nadar porque asi se estila. Cuando éramos jóvenes estábamos rodeados de agua en tiempo de lluvias, asi que el rio y los arroyos se convertían en un reto a saltar, todos los días lo hacíamos. Ahí aprenden a nadar nuestros burros, caballos, perros, vacas, nos prendemos de su cola para jugar a que nos jalen. Nos bañamos en lugares que no sean profundos y jugamos mientras los más pequeños se aferran a la espada colgados del cuello. El que no sabe nadar traga agua y no falta la mano amiga que lo saca de los pelos antes de que se hunda.

El medio ahogado lo tiran en la arena de la orilla del rio y toda la gente se inclina alrededor a observarlo. Eso es motivo suficiente para que en el pueblo se corra la noticia y el que se andaba ahogando no sale en tres días de su casa por la vergüenza a la que lo someten. Incluso aunque sepas nadar sigue siendo peligroso si te agarra desprevenido o indigestas después de una opípara comida con sus chicharrones de puerco. Eso le paso a un joven de secundaria  cuando lo tiraron en una alberca en la parte profunda y resulto que la mayoría de los chamacos que lo tiraron tampoco sabían nadar. Yo estaba vestido, con zapatos y me avente a sacarlo.


 SAN IGNACIO, SINALOA

NOSTALGIAS

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRONTEGUI

Todas mis metas, mis objetivos y mis logros. Mis ambiciones y mis sueños están en están ahí. Lo que quiero conseguir, lo que necesito, lo que más me gustaría ser, aquello a lo cual aspiro, o que intento, por lo que trabajo, lo que siempre ambicioné, aquello que sería el mayor de mis éxitos. Me imagino que todo eso está en el pueblo. Sin dudar, empiezo a caminar hacia allá. A poco de andar, el sendero se hace cuesta arriba. Me canso un poco, pero no me importa. Sigo. Diviso una sombra negra, más adelante, en el camino.

Al acercarme, veo que una enorme zanja impide mi paso. Temo, dudo. Me enoja que mi meta no pueda conseguirse fácilmente. De todas maneras decido saltar la zanja. Retrocedo, tomo impulso y salto. Consigo pasarla. Me repongo y sigo caminando. Unos metros más adelante, aparece otra zanja. Vuelvo a tomar el sendero y también la salto. Corro hacia las luces del pueblo el camino parece despejado. Me sorprende un abismo que detiene mi camino.

Me detengo. Imposible saltarlo. Veo que a un costado hay maderas, clavos y herramientas. Me doy cuenta de que están allí para que construya un puente. Recuerdo en ese sueño algo de lo que ya estaba seguro, vamos segurísimo, ahora no tengo ni una pizca de duda porque creo que desde el más allá de la muerte, que supongo que lo que habrá será otra, he tenido una revelación paterna que me decía: “Hijo mío, los frijoles caldudos no son un vicio”, y yo sé perfectamente que este pensamiento metafísico y trascendental solamente puede provenir de él y que me lo ha transmitido por esa intangible vía de consanguinidad ya que desde niño observaba como me atascaba de ellos como si fuera sabroso alimento jamás probado.

 Y entonces me asaltó la duda, ¿por qué los frijoles caldudos iban a ser un vicio? Y aquí empezó el problema, aunque presté tanta atención que me crecieron las orejas, no escuché respuesta alguna, ni tan siquiera una revelación casual en forma de pista interpretativa. Y como tengo este problema, que es pensar, cavilé ¿Tendré hambre, es un sueño? Y es que al final descubres que los placeres, lo que te gusta, lo que te satisface, es lo caro; y de lo que estás harto, pero harto, harto, barato, pongo este ejemplo: Nunca había comido tanto mango como este año y en su gran mayoría me lo han regalado es decir de gollete.

Porque mira lo feliz que seríamos todos si los frijoles fueran un vicio; pues no, no son un vicio, hombre, es el último recurso cuando no hay nada en casa, cuando no se tiene ganas de cocinar absolutamente nada o cuando quieres llenar el estómago de los tripudos hijitos, y para colmo pocas variantes tiene el condenado frijol. Claro que para llegar a esta conclusión tardé varios minutos en sueño, y por el camino quedaron otros pensamientos colaterales, algunos tan preocupantes (y no me digas qué tiene que ver esto con el frijol). En ese instante despierto.

Al oscurecer llegue al pueblo donde un amigo me recibió tratándome como su hermano y aunque extrañaba la ciudad, esa noche no la cambiaría por otra en la ciudad.- La casa tenía una vista privilegiada del monte con excelente atardecer.  Entre ratos escribo y en otros disfruto el recuerdo en los destellos de mi vida y cual si nuevamente fuera corriendo por sus calles. No hagas ruido niño.- Duerme, que el lobo viene y te puede comer. Lanzas rotas que se pierden en la mente infantil para estar allí, en ese catre durmiendo sin dejar la casa, pero todo lo que vale ha quedado atrás, ese es mi campo y el de muchos, esos tantos que comenzamos a viajar al pasado y recordamos lo que queremos, soñamos, el estar todos juntos en la mesa familiar y disfrutar el plato de frijoles caldudos con panocha y un pedazo de queso fresco.

Bañarse en el rio cuando uno es niño y olvidar es imposible, como lo es el ir a lomo de un burro al arroyo de Colompo y bañarse en la piedra de los cuervos, nadie se puede cambiar, solo comprender que el tiempo es un ladrón disfrazado de experiencia y que seguirá cayendo como las gotas de agua sobre el rostro en medio de una tormenta y que donde quiera que caiga traerá vida, sembrara recuerdos.

Hoy nuevamente estoy aquí con la intención de cruzar el rio, los montes, echar un vistazo en esos campos. Asi como me fui regreso pero al mirarme al espejo no puedo negar que ya no soy el mismo, y  los pájaros que observo son los equivalentes. Era un niño no hace mucho y de recordarlo me hace enloquecer, ahora riño con la vida sin parar y lo que dije ayer o se me olvida porque la mente dejo en atar ideas, recuerdos. Soy aquel chiquillo que se paraba en la piedras de las peñitas en el rio para después lavarse el cuerpo zambulléndose en las aguas para poder demostrar a las gentes del lugar y a las del monte también que la belleza está igual.

Mi madre me llevaba al mercado a las 4 de la mañana, mi padre al campo a las 8 de la mañana cuando no había clases, ambos acariciaban mi cabeza y se reían de cosas sencillas. Ella tomaba mi mano para que entendería lo que tanto me amaba pero poco la comprendía, solo dejaba lo hiciera y me sentía bien.  Ahora todo esto cambió ellos se marcharon a cumplir con la muerte y aquel chiquillo creció, se fue enviciando. El niño aquel  ya entiende lo que le decían sus padres y por qué su madre lo tomaba de la mano cuando caminaban por la calles del pueblo.

Allí está sentada la muerte en las puertas de la Iglesia para el arribo esperado de un cuerpo que un día se creyó inmortal y en un segundo crujió su cuerpo. Son humanos aferrados a la costilla de la miserias que les dan el aliento, que se mueven al compás de los deseos y se dejan iluminar por las esperanzas buscando el prójimo padecimiento. Ellos supieron, más por intuición que por algún otro tipo de conocimiento que lo difícil es posible y que lo imposible no es real. Lo supieron porque esas cosas se saben por la intuición y no por la razón, y cuando se siente en el costillar ese llamado que es el mismo que impulsó a muchos jóvenes a emprenderla la busca o quedarse a vivir con la mujer deseada. Hace muchos años San Ignacio, Sinaloa, apareció en el mapa en un terreno hostil, desconocido, una tierra fértil y dura para vivir pero soñada.


 SAN IGNACIO, SINALOA 

RECUERDOS

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

Ellos quieren llorar, no desean sembrar verbos, números y palabras en su tierno cerebro.- Ella les vuelve a gritar con mayor enojo al recordar que ella fue niña  y tuvo que correr sin rumbo sabiendo que sus padres no pudieron o tuvieron la oportunidad de mandarla a la escuela.- Ella quisiera ser una niña nuevamente para llenar de fantasías su mente, plagar de esperanzas su espíritu y lograr la plenitud de sus ilusiones perdidas. Ella quiere ser niña, gritar, correr, jugar a las muñecas ir a la escuela y saber que en casa alguien la espera con la mesa servida por eso grita y repite en diferentes tonos a sus hijos para que asistan a la escuela. Para el padre de esos niños el día es lluvioso, la tierra fangosa, sin embargo hay que ir a plantar las semillas se su maíz y calabaza bajo esas condiciones.

Nadie puede regresar los tiempos, la vida se va y no regresa por más que miremos atrás su sombra se ha marchado. Un día eres niña jugando a las comiditas y quieres ser mujer, después escuchas la voz de tu cansancio y hastió en donde se vuelve obligación y se repite a diario esa rutina perdiendo toda ilusión, pasmado los ojos sobre la limpieza de los trastes con la mirada perdida y la ilusión muerta.

Los recuerdos impregnados de un aroma suave y olor a campo fresco que presagiaba lluvia eran los emisarios del resguardo en casa. Luego vendrían los vapores traspirados por la tierra, aunque impalpables se dejaban sentir en el ánimo placentero de quien vive a plenitud ese carmesí con los ojos de una vida que se esmera en ser desmedida en sus favores y refleja nuevamente los rayos del sol sobre esos rostros para que recuerden la maravilla que les ha tocado vivir en ese espacio de brumas matinales, de hechizos inolvidables, de recuerdos en paseos al rio, la paz de sus montes, el perfume de sus flores, las nubes azules en el horizonte presagiando nuevamente lluvia y la caída de gotas en la hojas de sus árboles.

De mi pueblo San Ignacio, Sinaloa, yo recuerdo esas espantosas rayerías sobre la punta de sus cerros cercanos, la lluvia torrencial. Recuerdo flotando en las calles de arena sobre arroyos de agua que bajaban de la Mesa quienes se juntaban en la calle libertad para bajar por el callejón del beso hasta el parque frente a la Iglesia (Cerro, Atrás del pueblo) Recuerdo ese ambiente cálido, agradable, feliz teñido por los relámpagos de color plata que brotaban de todas direcciones.

 Recuerdo esa vida de niño, de joven apasionado que me excitaba en amores ilusionados, en los suspiros guardados por las grandes emociones que las jóvenes iniciaban en despertar mi juvenil hombría. Son emociones, aluviones de alegrías, recuerdo de mi naturaleza tropical. Son los recuerdos latentes de los árboles que aún siguen en su sitio dando sombras en la cenit de mi existencia y arrancan suspiros al verlos que aún están vivos, que siguen en su sitio. Recuerdo árboles, plantas, flores, hojas caídas en cierta época del año como encajes que visten la tierra, eso desata los suspiros guardados al descubrir que esos recuerdos aun hacen espuma en el centro de mis nostalgias. Recuerdo el arroyo de Colompo con sus socavones perfumados en época de lluvia, el ir al rio a sacar pequeños camarones que se escondían debajo de una piedra.

Allí bajo esas piedras con el agua arremolinada color chocolate que bañaba el cauce del rio. Aguas que pasaban de dormidas a implacables arrastraderos de todo lo que encontraban a su paso y que sentado medio pueblo en las pilas para curtir cueros se dedicaban a contar las vacas que pasaban ahogándose en medio de aquella inmensidad de agua. Recuerdo la luz de la vida, el sol en su atardecer, las promesas entretejidas entregadas a una joven y el placer embriagador de la primera tomada de una mano femenina. Recuerdo el lanchón de Santos Ríos, en donde nos colgábamos de un tubo de acero para cruzar el rio mientras el lanchón se desplazaba de un lado a otro. En ello revolotean las ideas, en esa bola abrazadora de nostalgias cuyos recuerdos los plasmo en una hoja bosquejando lo brillante con sus siluetas borrosas cuyos recuerdos se quedaron en el centro y a la orilla de aquel pueblo sin ser interrumpidos con el paso de los años.

Recuerdo que un día estando distraído me pare justo encima de un hormiguero-, ellas molestas ya se estaban subiendo por dentro del pantalón con destino a mis partes nobles y aunque no eran grandes hormigas si eran los suficiente buenas para picar dejando ardor en la zona. Las mire y tenían un color rojo con colmillos y una aguja lista. Quede por principio paralizado, empecé a moverme tratando de sacudírmelas pero estaban por todos lados, logre arrancarme unas cuantas pero otras hacían de las suyas dentro de mis partes nobles.- Muy graciosas me dije.- Falta y me dejen para caminar arqueado. Las que me mordieron creo lograron penetrar hasta el hueso, la hinchazón se dejó sentir y al caminar cojeaba de seguro me habían dejado estéril. Todo inicio al pararme a observar el hermoso panorama que tenía enfrente pero no vi el suelo.

 Eran miles que caminaban en hilera llevando comida en sus fauces y justo encima del hormiguero me encontraba parado. La única opción coherente fue salir corriendo y tirarme adelante en el agua del rio para deshacerme de ellas. Durante las siguientes cinco horas me aguante bañándome con agua helada y en esta forma disminuir la inflamación. Después de esa traumática experiencia lo que deseaba era no topar con otro tipo de bichos ya fueran voladores o rastreadores por lo que tome precauciones. Los bitachis (Insectos tipo abeja pero más esbeltos y no producen miel) sobrevolaban mi cabeza y aunque se veían inofensivos no los perdía de vista.

La ropa la traía empapada por lo que la extendí en las piedras para que secara rápido, el calor hizo su parte, yo, simplemente me relaje cerca en un remanso de agua completamente desnudo. Un rato después me gano el sueño, buscando una sombra acogedora ante el clima cálido dormí unas dos horas. El sueño trajo a mi mente otra situación: Voy andando por un sendero. Dejo que mis pies me lleven. Mis ojos se posan en los árboles, en los pájaros, en las piedras. En el horizonte se recorta la silueta de las luces del pueblo. Agudizo la mirada para distinguir bien. Siento que me atrae. Sin saber cómo, me doy cuenta de que en este lugar puedo encontrar todo lo que deseo.

Todas mis metas, mis objetivos y mis logros. Mis ambiciones y mis sueños están en están ahí. Lo que quiero conseguir, lo que necesito, lo que más me gustaría ser, aquello a lo cual aspiro, o que intento, por lo que trabajo, lo que siempre ambicioné, aquello que sería el mayor de mis éxitos. Me imagino que todo eso está en el pueblo. Sin dudar, empiezo a caminar hacia allá. A poco de andar, el sendero se hace cuesta arriba. Me canso un poco, pero no me importa. Sigo. Diviso una sombra negra, más adelante, en el camino.


 SAN IGNACIO, SINALOA

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

PUEBLO: La historia del pueblo y las poblaciones vecinas chorrean oro y plata que desbordaron la pasión humana y cayeron como gotas del cielo marcando territorios  para aquellos arrojados personajes que se tragaron su miedo cruzando el mar y el territorio nacional acompañados de sus mujeres, hijos y decidieron establecerse en esta región en donde podían perderlo todo o ganar la ansiedad en busca de que les cambiara su vida social. Solo el cielo fue testigo de sus sufrimientos y lamentos en medio del silencio. Finalmente llegaron las nuevas generaciones en sus hijos con esa voz de sus hombres y mujeres que al igual que sus ancestros soñaban en el silencio del murmullo y su infatigable quehacer por hacerse oír en la montaña. Unos hicieron fuego, otros trajeron libros, y unos más el corazón por delante con el alma en vilo sin desear regresarse jamás.

Llegaron arriba de la montaña casi lo que en aquel tiempo seria igualable al fin del mundo, como si fuera su comienzo sin que supieran el final. Han pasado los años y el pueblo creció con el arribo de los hijos que dejaron en la montaña quienes bajaron a vivir en espera de una vida mejor. Los del pueblo de San Ignacio, los recibieron con los brazos abiertos sin molestias o rencores. De ambos están naciendo esas nuevas generaciones. La lucha por encontrar el oro y la plata quedo atrás. Todo es nuevo, no hay dolor o solo es de ellos el cual sale de la lucha como voz principal de sus lamentos. Nuestro es el pueblo, su comarca, el sufrimiento que costo fundarlo, los agravios recibidos. Todo en su conjunto nos llevó amarla la tierra, su fruto como la hermosa pitayas que es comida por los pájaros para que esparzan sus semillas y de ella nazcan los hijos del pitayo en medio de la llanura ruda.

 Alguien dirá que regresen los tiempos antiguos porque la moral se ha relajado y es hora de una nueva siembra, pero somos nosotros los frutos que con nuestra mano sembramos esa semilla y son nuestros. Un día se marcharon los zopilotes y se llenó el monte de Zanates, eran bandadas inimaginables por su número, llegaban y hacían nidos, se instalaban para convivir con los del pueblo para la eternidad. Las mujeres dejaron de soñar, las unas se largaron por miedo a la mala suerte, las otras tenazmente enfrentaron la realidad cambiando su sensibilidad. Los hombres resistieron como la dura piedra de cascajo arrastrada rio abajo dispuestos a cambiar el rumbo de las cosas pugnando por una nueva realidad. Entre las mujeres surgieron voces de mando para organizarse he iniciaron su tarea para hacer que sus hijos avanzaran y de este deseo colectivo se abrió una secundaria, una preparatoria, La Universidad. Ahora tendrían la oportunidad de contar con papeles que acreditaran sus estudios.

El cambio se miraba enorme, aun asi siguieron arremangando para que más gente se sumara, se unían y convocaban. La bondad de sus pechos salía a borbotones, fueron la sangre de aquellas mismas que en la antigüedad llegaron con sus esposos y las de ahora eran las paridas que cantaban mientras sus años acuñaban el futuro para sus hijos. Mujeres que saben acariciar y mueven sus caderas al andar. Ellas pusieron el freno dando forma al cambio, entonando canciones en la letanía como en los tiempos primeros alrededor de un fuego luego de la cosecha de maíz y calabaza. Asi las cosas cambiaron y se mandó el aviso a todos lados que San Ignacio ha cambiado, que hoy es un pueblo fraternal que alumbra con luz propia para que cualquier visitante comprenda lo que es la gratitud y el vivir en paz.

Una vez más el pueblo se puso en marcha con la pretensión de ser mejores porque asi es su gente, capaces de admirar la luna llena y comprender que el ciclo malo ha terminado. La gente del pueblo cuenta con la gracia de contagiar su entusiasmo para que se multiplique en el cuerpo. Son viento que raspa y hace música, como ese olor a un amor imposible que perdura hasta la última astilla dentro del cuero oponiéndose a salir y generando dolor que produce placer. Fragmentos y más pedazos tendidos sobre una mesa kilométrica, como el alimento en el último aliento de vida, sin que se renuncie al mismo. Unos van otros llegan, otros intercambian opiniones, consultando a las personas que más saben, intercambiando, aprendiendo de saberes antiguos, mezclando los propios, haciendo la magia social para que el acto sea beneficio compartido, disfrute de todos.

Hay temor, nostalgia, zozobra, se bebe y canta juntos, se olvidan las ofensas para sentarse nuevamente en la mesa a disfrutar la sal y el pan. Los zopilotes se han marchado, las vacas han retornado a sus campos, es tiempo de amarnos nuevamente de compartir de lo que dispongamos ya que el tiempo de vida escasea y el camino es corto, nos agrade o no, adelante nos esperan nuevamente los zopilotes cuando empecemos a empinar la cresta de la edad.

Eran los últimos días de aquel verano, las vacaciones tocaban a su fin. Las vacas amanecieron acurrucadas a la puerta del potrero de los “Tules” en espera del regreso a casa para ser ordeñadas observe a los zopilotes en la mesa (Campo atrás del pueblo) Las vacas al pasar cerca los esquivaban con temor al mirar como devoraban un burro muerto. La brisa era fresca, el pueblo era pobre con sus calles de arena y lo único que sostenía a sus moradores era el amor entre ellos mismos, alejados de toda civilización. Paliaban el hambre ayudándose unos a otros, en esa soledad sin esperanza que se tejía solo con el canto de los gallos y el mugir de las vacas, mientras alguien las arriaba con gritos de sabor humano. Aquellos eran tiempos en los que la gente del pueblo se dormía temprano debido a que creían que el diablo se paseaba por las calles en la noche.

Se sentaba frente a la casa escogida a esperar un muerto. Un pueblo de gente noble con un diablo perverso asechando los caseríos y las conductas de sus moradores. La gente tratando en espantarlo orando antes de irse a la cama para que fuera protegida por Dios y le perdonara los pecados cometidos durante el día. Pero la noche no era capaz de aplacar las ansias de todos, unos salían a caminar mientras su esposa quedaba arrullada y como los zopilotes meneaba la cola al ir en busca de otra cama.

 Aun así con todas estas carencias la gente se mostraba feliz, se olvidaba de sus padecimientos sin dejarse vencer. Los zopilotes se fueron muriendo, las ansias de la nueva generación no se llenaban y querían buenos tiempos. Nadie se dejaba vencer, cada cual con sus fantasías. La ilusión del joven por salir a estudiar, la muchacha por conseguir novio o posterior marido, entre verbalizar el amor y ofrecer futuros venturosos. Las aguas calientes tormentosas seguían brotando en las peñas del rio Piaxtla. Entre pasiones y almas descarriladas unos se aprovecharon de las doncellas por su desgracia en gustarle beber, embrutecer su espíritu y no cumplir lo prometido antes de la entrega. La vida trascurría entre almas buenas y otras con mentiras que mantenían escondidas sus agónicas perversidades acomodadas junto a sus demonios y que para desgracia de la muchacha no pudo leer en sus ojos y termino acomodado en un catre y que posteriormente ese mismo catre se llenó de niños que lloraban por sentir hambre.

Por otro lado las que orgullosas salieron de blanco en la Iglesia, madres de corazón puro que también dormían en un catre tranquilizando a sus hijos. San Ignacio, había sido la tierra prometida de sus ancestros quienes las poblaron con ilusión, espejismo, fantasías y que más allá en donde se cruza la noche con el día estaban los tesoros que la tierra mantenía escondidos. Hoy, las nuevas crías debían cruzar su propio horizonte, ese que aparece y parece nunca termina porque deben arriesgar su vida, su pertenencia al territorio, su sueño de libertad. El silencio de los zopilotes traga las palabras, les susurra a cada instante que está presente la muerte y no hay manera en hacerla que se marche. Desde el fondo de una vivienda una señora grita a sus hijos que se apuren para llegar a la escuela.