SAN IGNACIO, SINALOA
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
PUEBLO: La
historia del pueblo y las poblaciones vecinas chorrean oro y plata que
desbordaron la pasión humana y cayeron como gotas del cielo marcando
territorios para aquellos arrojados
personajes que se tragaron su miedo cruzando el mar y el territorio nacional
acompañados de sus mujeres, hijos y decidieron establecerse en esta región en
donde podían perderlo todo o ganar la ansiedad en busca de que les cambiara su
vida social. Solo el cielo fue testigo de sus sufrimientos y lamentos en medio
del silencio. Finalmente llegaron las nuevas generaciones en sus hijos con esa
voz de sus hombres y mujeres que al igual que sus ancestros soñaban en el
silencio del murmullo y su infatigable quehacer por hacerse oír en la montaña.
Unos hicieron fuego, otros trajeron libros, y unos más el corazón por delante
con el alma en vilo sin desear regresarse jamás.
Llegaron
arriba de la montaña casi lo que en aquel tiempo seria igualable al fin del
mundo, como si fuera su comienzo sin que supieran el final. Han pasado los años
y el pueblo creció con el arribo de los hijos que dejaron en la montaña quienes
bajaron a vivir en espera de una vida mejor. Los del pueblo de San Ignacio, los
recibieron con los brazos abiertos sin molestias o rencores. De ambos están
naciendo esas nuevas generaciones. La lucha por encontrar el oro y la plata
quedo atrás. Todo es nuevo, no hay dolor o solo es de ellos el cual sale de la
lucha como voz principal de sus lamentos. Nuestro es el pueblo, su comarca, el
sufrimiento que costo fundarlo, los agravios recibidos. Todo en su conjunto nos
llevó amarla la tierra, su fruto como la hermosa pitayas que es comida por los
pájaros para que esparzan sus semillas y de ella nazcan los hijos del pitayo en
medio de la llanura ruda.
Alguien dirá que regresen los tiempos antiguos
porque la moral se ha relajado y es hora de una nueva siembra, pero somos
nosotros los frutos que con nuestra mano sembramos esa semilla y son nuestros.
Un día se marcharon los zopilotes y se llenó el monte de Zanates, eran bandadas
inimaginables por su número, llegaban y hacían nidos, se instalaban para
convivir con los del pueblo para la eternidad. Las mujeres dejaron de soñar,
las unas se largaron por miedo a la mala suerte, las otras tenazmente enfrentaron
la realidad cambiando su sensibilidad. Los hombres resistieron como la dura
piedra de cascajo arrastrada rio abajo dispuestos a cambiar el rumbo de las
cosas pugnando por una nueva realidad. Entre las mujeres surgieron voces de
mando para organizarse he iniciaron su tarea para hacer que sus hijos avanzaran
y de este deseo colectivo se abrió una secundaria, una preparatoria, La
Universidad. Ahora tendrían la oportunidad de contar con papeles que
acreditaran sus estudios.
El
cambio se miraba enorme, aun asi siguieron arremangando para que más gente se
sumara, se unían y convocaban. La bondad de sus pechos salía a borbotones,
fueron la sangre de aquellas mismas que en la antigüedad llegaron con sus
esposos y las de ahora eran las paridas que cantaban mientras sus años acuñaban
el futuro para sus hijos. Mujeres que saben acariciar y mueven sus caderas al
andar. Ellas pusieron el freno dando forma al cambio, entonando canciones en la
letanía como en los tiempos primeros alrededor de un fuego luego de la cosecha
de maíz y calabaza. Asi las cosas cambiaron y se mandó el aviso a todos lados
que San Ignacio ha cambiado, que hoy es un pueblo fraternal que alumbra con luz
propia para que cualquier visitante comprenda lo que es la gratitud y el vivir
en paz.
Una
vez más el pueblo se puso en marcha con la pretensión de ser mejores porque asi
es su gente, capaces de admirar la luna llena y comprender que el ciclo malo ha
terminado. La gente del pueblo cuenta con la gracia de contagiar su entusiasmo
para que se multiplique en el cuerpo. Son viento que raspa y hace música, como
ese olor a un amor imposible que perdura hasta la última astilla dentro del
cuero oponiéndose a salir y generando dolor que produce placer. Fragmentos y
más pedazos tendidos sobre una mesa kilométrica, como el alimento en el último
aliento de vida, sin que se renuncie al mismo. Unos van otros llegan, otros
intercambian opiniones, consultando a las personas que más saben,
intercambiando, aprendiendo de saberes antiguos, mezclando los propios,
haciendo la magia social para que el acto sea beneficio compartido, disfrute de
todos.
Hay temor, nostalgia, zozobra,
se bebe y canta juntos, se olvidan las ofensas para sentarse nuevamente en la
mesa a disfrutar la sal y el pan. Los zopilotes se han marchado, las vacas han
retornado a sus campos, es tiempo de amarnos nuevamente de compartir de lo que
dispongamos ya que el tiempo de vida escasea y el camino es corto, nos agrade o
no, adelante nos esperan nuevamente los zopilotes cuando empecemos a empinar la
cresta de la edad.
Eran
los últimos días de aquel verano, las vacaciones tocaban a su fin. Las vacas
amanecieron acurrucadas a la puerta del potrero de los “Tules” en espera del
regreso a casa para ser ordeñadas observe a los zopilotes en la mesa (Campo
atrás del pueblo) Las vacas al pasar cerca los esquivaban con temor al mirar
como devoraban un burro muerto. La brisa era fresca, el pueblo era pobre con
sus calles de arena y lo único que sostenía a sus moradores era el amor entre
ellos mismos, alejados de toda civilización. Paliaban el hambre ayudándose unos
a otros, en esa soledad sin esperanza que se tejía solo con el canto de los
gallos y el mugir de las vacas, mientras alguien las arriaba con gritos de
sabor humano. Aquellos eran tiempos en los que la gente del pueblo se dormía
temprano debido a que creían que el diablo se paseaba por las calles en la
noche.
Se
sentaba frente a la casa escogida a esperar un muerto. Un pueblo de gente noble
con un diablo perverso asechando los caseríos y las conductas de sus moradores.
La gente tratando en espantarlo orando antes de irse a la cama para que fuera
protegida por Dios y le perdonara los pecados cometidos durante el día. Pero la
noche no era capaz de aplacar las ansias de todos, unos salían a caminar
mientras su esposa quedaba arrullada y como los zopilotes meneaba la cola al ir
en busca de otra cama.
Aun así con todas estas carencias la gente se
mostraba feliz, se olvidaba de sus padecimientos sin dejarse vencer. Los
zopilotes se fueron muriendo, las ansias de la nueva generación no se llenaban
y querían buenos tiempos. Nadie se dejaba vencer, cada cual con sus fantasías.
La ilusión del joven por salir a estudiar, la muchacha por conseguir novio o
posterior marido, entre verbalizar el amor y ofrecer futuros venturosos. Las
aguas calientes tormentosas seguían brotando en las peñas del rio Piaxtla.
Entre pasiones y almas descarriladas unos se aprovecharon de las doncellas por
su desgracia en gustarle beber, embrutecer su espíritu y no cumplir lo
prometido antes de la entrega. La vida trascurría entre almas buenas y otras
con mentiras que mantenían escondidas sus agónicas perversidades acomodadas
junto a sus demonios y que para desgracia de la muchacha no pudo leer en sus
ojos y termino acomodado en un catre y que posteriormente ese mismo catre se
llenó de niños que lloraban por sentir hambre.
Por
otro lado las que orgullosas salieron de blanco en la Iglesia, madres de
corazón puro que también dormían en un catre tranquilizando a sus hijos. San
Ignacio, había sido la tierra prometida de sus ancestros quienes las poblaron
con ilusión, espejismo, fantasías y que más allá en donde se cruza la noche con
el día estaban los tesoros que la tierra mantenía escondidos. Hoy, las nuevas
crías debían cruzar su propio horizonte, ese que aparece y parece nunca termina
porque deben arriesgar su vida, su pertenencia al territorio, su sueño de
libertad. El silencio de los zopilotes traga las palabras, les susurra a cada
instante que está presente la muerte y no hay manera en hacerla que se marche.
Desde el fondo de una vivienda una señora grita a sus hijos que se apuren para
llegar a la escuela.
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