SAN IGNACIO, SINALOA
NOSTALGIAS
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRONTEGUI
Todas mis metas, mis objetivos y mis
logros. Mis ambiciones y mis sueños están en están ahí. Lo que quiero
conseguir, lo que necesito, lo que más me gustaría ser, aquello a lo cual
aspiro, o que intento, por lo que trabajo, lo que siempre ambicioné, aquello
que sería el mayor de mis éxitos. Me imagino que todo eso está en el pueblo.
Sin dudar, empiezo a caminar hacia allá. A poco de andar, el sendero se hace
cuesta arriba. Me canso un poco, pero no me importa. Sigo. Diviso una sombra
negra, más adelante, en el camino.
Al acercarme, veo que una enorme zanja
impide mi paso. Temo, dudo. Me enoja que mi meta no pueda conseguirse
fácilmente. De todas maneras decido saltar la zanja. Retrocedo, tomo impulso y
salto. Consigo pasarla. Me repongo y sigo caminando. Unos metros más adelante,
aparece otra zanja. Vuelvo a tomar el sendero y también la salto. Corro hacia
las luces del pueblo el camino parece despejado. Me sorprende un abismo que detiene
mi camino.
Me detengo. Imposible saltarlo. Veo que
a un costado hay maderas, clavos y herramientas. Me doy cuenta de que están
allí para que construya un puente. Recuerdo en ese sueño algo de lo que ya
estaba seguro, vamos segurísimo, ahora no tengo ni una pizca de duda porque
creo que desde el más allá de la muerte, que supongo que lo que habrá será
otra, he tenido una revelación paterna que me decía: “Hijo mío, los frijoles
caldudos no son un vicio”, y yo sé perfectamente que este pensamiento metafísico
y trascendental solamente puede provenir de él y que me lo ha transmitido por
esa intangible vía de consanguinidad ya que desde niño observaba como me
atascaba de ellos como si fuera sabroso alimento jamás probado.
Y entonces me asaltó la duda, ¿por qué los
frijoles caldudos iban a ser un vicio? Y aquí empezó el problema, aunque presté
tanta atención que me crecieron las orejas, no escuché respuesta alguna, ni tan
siquiera una revelación casual en forma de pista interpretativa. Y como tengo
este problema, que es pensar, cavilé ¿Tendré hambre, es un sueño? Y es que al
final descubres que los placeres, lo que te gusta, lo que te satisface, es lo
caro; y de lo que estás harto, pero harto, harto, barato, pongo este ejemplo:
Nunca había comido tanto mango como este año y en su gran mayoría me lo han
regalado es decir de gollete.
Porque mira lo feliz que seríamos todos
si los frijoles fueran un vicio; pues no, no son un vicio, hombre, es el último
recurso cuando no hay nada en casa, cuando no se tiene ganas de cocinar
absolutamente nada o cuando quieres llenar el estómago de los tripudos hijitos,
y para colmo pocas variantes tiene el condenado frijol. Claro que para llegar a
esta conclusión tardé varios minutos en sueño, y por el camino quedaron otros
pensamientos colaterales, algunos tan preocupantes (y no me digas qué tiene que
ver esto con el frijol). En ese instante despierto.
Al oscurecer llegue al pueblo
donde un amigo me recibió tratándome como su hermano y aunque extrañaba la
ciudad, esa noche no la cambiaría por otra en la ciudad.- La casa tenía una vista
privilegiada del monte con excelente atardecer. Entre ratos escribo y en otros disfruto el
recuerdo en los destellos de mi vida y cual si nuevamente fuera corriendo por
sus calles. No hagas ruido niño.- Duerme, que el lobo viene y te puede comer.
Lanzas rotas que se pierden en la mente infantil para estar allí, en ese catre
durmiendo sin dejar la casa, pero todo lo que vale ha quedado atrás, ese es mi
campo y el de muchos, esos tantos que comenzamos a viajar al pasado y
recordamos lo que queremos, soñamos, el estar todos juntos en la mesa familiar
y disfrutar el plato de frijoles caldudos con panocha y un pedazo de queso
fresco.
Bañarse en el rio cuando uno es
niño y olvidar es imposible, como lo es el ir a lomo de un burro al arroyo de
Colompo y bañarse en la piedra de los cuervos, nadie se puede cambiar, solo
comprender que el tiempo es un ladrón disfrazado de experiencia y que seguirá
cayendo como las gotas de agua sobre el rostro en medio de una tormenta y que
donde quiera que caiga traerá vida, sembrara recuerdos.
Hoy nuevamente estoy aquí con la
intención de cruzar el rio, los montes, echar un vistazo en esos campos. Asi
como me fui regreso pero al mirarme al espejo no puedo negar que ya no soy el
mismo, y los pájaros que observo son los
equivalentes. Era un niño no hace mucho y de recordarlo me hace enloquecer,
ahora riño con la vida sin parar y lo que dije ayer o se me olvida porque la
mente dejo en atar ideas, recuerdos. Soy aquel chiquillo que se paraba en la
piedras de las peñitas en el rio para después lavarse el cuerpo zambulléndose
en las aguas para poder demostrar a las gentes del lugar y a las del monte
también que la belleza está igual.
Mi madre me llevaba al mercado a
las 4 de la mañana, mi padre al campo a las 8 de la mañana cuando no había
clases, ambos acariciaban mi cabeza y se reían de cosas sencillas. Ella tomaba
mi mano para que entendería lo que tanto me amaba pero poco la comprendía, solo
dejaba lo hiciera y me sentía bien.
Ahora todo esto cambió ellos se marcharon a cumplir con la muerte y
aquel chiquillo creció, se fue enviciando. El niño aquel ya entiende lo que le decían sus padres y por
qué su madre lo tomaba de la mano cuando caminaban por la calles del pueblo.
Allí está sentada la muerte en las puertas de la Iglesia para
el arribo esperado de un cuerpo que un día se creyó inmortal y en un segundo
crujió su cuerpo. Son humanos aferrados a la costilla de la miserias que les
dan el aliento, que se mueven al compás de los deseos y se dejan iluminar por
las esperanzas buscando el prójimo padecimiento. Ellos supieron, más por
intuición que por algún otro tipo de conocimiento que lo difícil es posible y
que lo imposible no es real. Lo supieron porque esas cosas se saben por la
intuición y no por la razón, y cuando se siente en el costillar ese llamado que
es el mismo que impulsó a muchos jóvenes a emprenderla la busca o quedarse a
vivir con la mujer deseada. Hace muchos años San Ignacio, Sinaloa, apareció en
el mapa en un terreno hostil, desconocido, una tierra fértil y dura para vivir
pero soñada.
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