LA ESTUDIANTE DE ODONTOLGÍA
Era domingo, no había nada que hacer más que estudiar para el
examen de admisión. Paseaba por la ciudad de México, Me metí a colonias con sus
suburbios a los que no estaba acostumbrado. Observaba a las personas, perros,
animales, que paseaban. Los árboles, los charcos por la calle. Varias horas
despues regrese medio muerto por lo agotado. En ese momento había llegado a vivir de arrimado a un
pequeño departamento con amigos que ya estaban estudiando en la Universidad. La
habitación en donde dormíamos era un cuarto de 3X3 y nosotros 4 estudiantes.
Dos camas y un pasillo entre ellas nos separaban del baño, cuyo hedor estaba
directamente entrando al cuarto donde dormíamos.
Me sentaba en un pequeño comedor que nos servía de mesa y
lugar de estudio. El invierno era frio, y por primera vez vi como mis
compañeros usaban pijama. Yo solo llevaba unos cuatro cambios, y me toco dormir
en un colchón en el suelo. Con el frio me hacía bolita, y por las desveladas me
levanta tarde, hasta que me ganaba la sensación del hambre (Rugir de la tripa)
El olor a comida por los cubos de los otros apartamentos me hacían que me
llenara de saliva la boca. Corría a la esquina a la taquería más cercana. Unos
cuantos tacos con sabor a cabeza y tripa con su respectiva coca cola. Devoraba
la comida de los pobres, sin miedo a enfermarme. En esa época no había
hamburguesas, no papas fritas, solo tortas.
Llevaba varios meses en la ciudad, tenía 18 años, y sentí un
deseo insaciable de acostarme con una mujer, acariciar el cuerpo desnudo, y
susurrarle: "Te amo, me gustas, no te vayas, por favor mírame,
quédate". " Necesitaba a alguien para calmar mi soledad, necesitaba
ternura. Pero luego recuperé el sentido: todo esto es una tontería, no necesito
nada, y mucho menos ningún tipo de ternura allí entre las piernas. Caminar por
las calles entre convencerme que necesita a una mujer que me diera amor en ese
momento, y regresar al apartamento para seguir preparándome para el examen
agitaban mi cabeza.
Recorría la alameda de la colonia Santa María la Rivera, y
las sirvientas que descansaban en su domingo en ella se me hacían preciosas,
incluso llegar a suplicarles si estaban dispuestas a darme un poco de ternura.
Sentado observándolas me respondía “Esto, es una tontería”, no necesito nada,
me las puedo arreglar solo. Regresé al apartamento. Al día siguiente, tenía que
levantarme temprano para ir a la Universidad a entregar mis papeles de
preparatoria. No, se por qué, pero esa noche no pude pegar las pestañas, eran
las doce y no me llegaba el sueño. Estaba ansioso con el pendiente en que debía
estar antes de las nueve de mañana. Siempre he sido un obsesionado con la
puntualidad, me gusta llegar una hora antes.
Para no perderme por
el camino tome un autobús en la calle Insurgentes de esos que la recorren de
norte a sur. Al principio recorrí parado varios kilómetros, enseguida me toco
un asiento, y mirando por la ventana admiraba la belleza de esa ciudad como si
mi mente se convirtiera en cámara fotográfica. Para mi estaba más que claro que
el examen no se trataría de unas preguntas para idiotas por el prestigio de la
Universidad, pero yo no era un idiota, y me interesaba ‘asar el examen para no
regresarme a mi pueblo derrotado y con la cola entre las patas.
Fueron varios meses de
melancolía, de mantener la mente ocupada, debo decir que leer entonces tenía
para mí un significado completamente diferente al que tiene ahora, es decir,
era un lector que solo estaba interesado en acreditar exámenes escolares. Venia
de la provincia, mis maestros no se
metían mucho en los temas, así que mi preparación académica era pobre. El
premio era acreditar, y ya despues buscar en donde vivir y el cómo alimentarme.
El día que me marche,
mientras recorría los 1000 kilómetros que separan esa ciudad reflexionaba que
no me había despedido de nadie, sobre todo aquellos con los que llevaba una
buena amistad. Pensaba si ellos me aprecian lo entenderán. Ahora estaba sin nadie con quien compartir mi
soledad, era tanta que hasta las doñitas pasadas de peso y de años las veía
bellas. Así, es la vida del joven, y no debía caer en la lujuria para que no me
acarreara conflictos. Pero el cuerpo gritaba que necesitaba una relación
inmediata, aunque no existiera atractivo de por medio.
Adelante de la fila
estaba una chica, me miro tímidamente, comenzamos a conversar, sus palabras me
levantaron el ánimo. Ella olía un perfume delicioso, el mío era de sobaco tras
nochado. Sin conocernos nos estábamos ofreciendo la amistad. El ver sus ojos, y
mi necesidad de mujer y soledad me daba vueltas en la cabeza con fantasías
placenteras, una aventura sexual. El sol ardía esa mañana, me quite el sombrero
para ofrecérselo, pero desde el punto de vista de una mujer no es bien visto
una chica con sombrero ranchero por lo que prefirió sufriendo. Entregamos los
papeles, y charlamos por la calle hasta llegar a una cafetería.
Por el brillo en sus
ojos y su voz aprendí que algo teníamos en común, sobre todo que nos sentíamos
abandonados, yo pensando en una aventura amorosa y ella en contar con una
persona con quien platicar. Así, que esa aventura termino sin éxito amoroso.
Dos horas duramos contándonos nuestras aventuras, sueños, esperanzas, el cómo
dejo a su familia, y yo a la mía. Nuestras vidas lejos ¿Cómo serían?
Sorprendentemente nos interesaban los mismos temas, tejíamos los mismos
planeas, incluso estábamos a punto de compartir lágrimas.
Nos confesamos
nuestras debilidades sin avergonzarnos o ruborizándonos. Quedamos en seguirnos
viendo, pero no me fue nada fácil, ella vivía en una colonia muy lejana, y yo
no tenía dinero para estar gastando en camiones, aun así, la visite en dos
ocasiones. Me invito a cenar unos huevos. Era igual de mala para cocina que yo.
La pobre solo sabía cocinar huevos aventados sobre el sarten con sus pedazos de
tomate y listo.

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