viernes, 21 de abril de 2023

 

LA ESTUDIANTE DE ODONTOLGÍA



Era domingo, no había nada que hacer más que estudiar para el examen de admisión. Paseaba por la ciudad de México, Me metí a colonias con sus suburbios a los que no estaba acostumbrado. Observaba a las personas, perros, animales, que paseaban. Los árboles, los charcos por la calle. Varias horas despues regrese medio muerto por lo agotado. En ese momento   había llegado a vivir de arrimado a un pequeño departamento con amigos que ya estaban estudiando en la Universidad. La habitación en donde dormíamos era un cuarto de 3X3 y nosotros 4 estudiantes. Dos camas y un pasillo entre ellas nos separaban del baño, cuyo hedor estaba directamente entrando al cuarto donde dormíamos.

 

Me sentaba en un pequeño comedor que nos servía de mesa y lugar de estudio. El invierno era frio, y por primera vez vi como mis compañeros usaban pijama. Yo solo llevaba unos cuatro cambios, y me toco dormir en un colchón en el suelo. Con el frio me hacía bolita, y por las desveladas me levanta tarde, hasta que me ganaba la sensación del hambre (Rugir de la tripa) El olor a comida por los cubos de los otros apartamentos me hacían que me llenara de saliva la boca. Corría a la esquina a la taquería más cercana. Unos cuantos tacos con sabor a cabeza y tripa con su respectiva coca cola. Devoraba la comida de los pobres, sin miedo a enfermarme. En esa época no había hamburguesas, no papas fritas, solo tortas.

 

Llevaba varios meses en la ciudad, tenía 18 años, y sentí un deseo insaciable de acostarme con una mujer, acariciar el cuerpo desnudo, y susurrarle: "Te amo, me gustas, no te vayas, por favor mírame, quédate". " Necesitaba a alguien para calmar mi soledad, necesitaba ternura. Pero luego recuperé el sentido: todo esto es una tontería, no necesito nada, y mucho menos ningún tipo de ternura allí entre las piernas. Caminar por las calles entre convencerme que necesita a una mujer que me diera amor en ese momento, y regresar al apartamento para seguir preparándome para el examen agitaban mi cabeza.

 

Recorría la alameda de la colonia Santa María la Rivera, y las sirvientas que descansaban en su domingo en ella se me hacían preciosas, incluso llegar a suplicarles si estaban dispuestas a darme un poco de ternura. Sentado observándolas me respondía “Esto, es una tontería”, no necesito nada, me las puedo arreglar solo. Regresé al apartamento. Al día siguiente, tenía que levantarme temprano para ir a la Universidad a entregar mis papeles de preparatoria. No, se por qué, pero esa noche no pude pegar las pestañas, eran las doce y no me llegaba el sueño. Estaba ansioso con el pendiente en que debía estar antes de las nueve de mañana. Siempre he sido un obsesionado con la puntualidad, me gusta llegar una hora antes.

 

 Para no perderme por el camino tome un autobús en la calle Insurgentes de esos que la recorren de norte a sur. Al principio recorrí parado varios kilómetros, enseguida me toco un asiento, y mirando por la ventana admiraba la belleza de esa ciudad como si mi mente se convirtiera en cámara fotográfica. Para mi estaba más que claro que el examen no se trataría de unas preguntas para idiotas por el prestigio de la Universidad, pero yo no era un idiota, y me interesaba ‘asar el examen para no regresarme a mi pueblo derrotado y con la cola entre las patas.

 

 Fueron varios meses de melancolía, de mantener la mente ocupada, debo decir que leer entonces tenía para mí un significado completamente diferente al que tiene ahora, es decir, era un lector que solo estaba interesado en acreditar exámenes escolares. Venia de la provincia, mis maestros no   se metían mucho en los temas, así que mi preparación académica era pobre. El premio era acreditar, y ya despues buscar en donde vivir y el cómo alimentarme.

 

 El día que me marche, mientras recorría los 1000 kilómetros que separan esa ciudad reflexionaba que no me había despedido de nadie, sobre todo aquellos con los que llevaba una buena amistad. Pensaba si ellos me aprecian lo entenderán.  Ahora estaba sin nadie con quien compartir mi soledad, era tanta que hasta las doñitas pasadas de peso y de años las veía bellas. Así, es la vida del joven, y no debía caer en la lujuria para que no me acarreara conflictos. Pero el cuerpo gritaba que necesitaba una relación inmediata, aunque no existiera atractivo de por medio.

 

 Adelante de la fila estaba una chica, me miro tímidamente, comenzamos a conversar, sus palabras me levantaron el ánimo. Ella olía un perfume delicioso, el mío era de sobaco tras nochado. Sin conocernos nos estábamos ofreciendo la amistad. El ver sus ojos, y mi necesidad de mujer y soledad me daba vueltas en la cabeza con fantasías placenteras, una aventura sexual. El sol ardía esa mañana, me quite el sombrero para ofrecérselo, pero desde el punto de vista de una mujer no es bien visto una chica con sombrero ranchero por lo que prefirió sufriendo. Entregamos los papeles, y charlamos por la calle hasta llegar a una cafetería.

 

 Por el brillo en sus ojos y su voz aprendí que algo teníamos en común, sobre todo que nos sentíamos abandonados, yo pensando en una aventura amorosa y ella en contar con una persona con quien platicar. Así, que esa aventura termino sin éxito amoroso. Dos horas duramos contándonos nuestras aventuras, sueños, esperanzas, el cómo dejo a su familia, y yo a la mía. Nuestras vidas lejos ¿Cómo serían? Sorprendentemente nos interesaban los mismos temas, tejíamos los mismos planeas, incluso estábamos a punto de compartir lágrimas.

 

 Nos confesamos nuestras debilidades sin avergonzarnos o ruborizándonos. Quedamos en seguirnos viendo, pero no me fue nada fácil, ella vivía en una colonia muy lejana, y yo no tenía dinero para estar gastando en camiones, aun así, la visite en dos ocasiones. Me invito a cenar unos huevos. Era igual de mala para cocina que yo. La pobre solo sabía cocinar huevos aventados sobre el sarten con sus pedazos de tomate y listo.

 

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