RIO VERDE EN AJOYA, SAN IGNACIO,
SINALOA
Ajoya en esta zona es quizás el
pueblo más grande, los demás son rancherías dispersas. Muchas han ido
desapareciendo y haciendo crecer la cabecera municipal de San Ignacio, Sinaloa.
Los campesinos de la zona, no son como la de otros ranchos o pueblos que
emigran a la ciudad más cercana. Estos de aquí, no quieren separarse de su
lugar de origen, desean vivir y continuar con la costumbre y tradición
familiar. En algunos lugares más arriba de Ajoya, la zona se ha quedado sola a
diferencia de que en años anteriores para ellos era prometedora por ser rica en
minerales, agua, salud. Les cayó la plaga de las grandes mineras, sembradores
de amapola, y con ella grupos de gente pagada para expulsarlos por las buenas o
las malas.
Fue amargo pero necesario, y la gran
mayoría de rancherías quedaron borrados del mapa ¿Acaso el ser humano, no es
capaz en detener estos movimientos? Se asegura que todo depende del gobierno,
pero en realidad no es así, al gobierno le interesa el dinero que consiga por
las mineras, sin darle importancia a que estas personas abandonen sus raíces
ancestrales. Son rancherías muy bien situadas compuestas por tres cuatro casas
de familiares a la orilla del rio verde, y se van extendiendo rio abajo tanto
al lado izquierdo como derecho. Antes la gente decía voy al rancho de
(Mencionaba el apellido) y mucho antes vivieron tribus Tepehuanas, Xiximes, más
abajo vivían los Totorames.
Los hacendados llegaron despues de
las misiones Jesuitas, y presumiblemente los nombres de las misiones y la
religión trajeron consigo los apellidos. Aquella mañana camine saliendo de
Ajoya, rio abajo. Miraba al bosque frondoso, verde, hermoso. No veía huella
alguna de personas o caballos. Amó el bosque y su silencio. El caminar por horas
sin ver a nadie, hizo que me sintiera inquieto al pensar que podría toparme con
un grupo de maleantes.
Era finales de junio, un día
caluroso, pero todo estaba en calma. Cerca de la orilla del rio verde, pude ver
unas huellas de jabalí, en otra patas de jaguar. Al ver las huellas de jabalí,
recapacite que vivían tranquilos alejados del humano, en ese lugar apartado.
Por el camino junto al rio había baraños con espinas, debo decir que el
observar los bosques de enfrente no queda otra que admirar esa belleza natural,
se olvida uno de los problemas, el corazón se tranquiliza. Llegué a un pequeño
rancho, de dos casas que estaban vacías, me metí a observar y vi la hornilla
aun con su comal de lámina encima, las paredes destartaladas, las puertas
podridas, mala hierba por todos lados. Nadie le había metido mano en años, no
había personas cerca, solo silencio.
La duda se apodero de mi mente ¿Por
qué se fueron de este lugar tan hermoso? ¿Temían morir? Bueno me dije, uno va a
morir en donde menos se lo espere, pero es mejor no estar solo, y se nos van a
matar que este una persona con su teléfono para que grabe y lo haga público
¿Cuál es la diferencia? La muerte es muerte. Observo la desolación en el lugar,
y de alguna forma me llama la atención el rio de agua clara, limpia que corre
para saciar la sed de plantas y humanos rio abajo.
Subo una roca y a continuación me
siento admirar el paisaje ¿Por qué las ciudades se han convertido en
exterminadoras de vida? Aquí el sol brilla, los pájaros cantan, se respira aire
fresco. Me pongo de pie para continuar. De repente se aparece un coyote que va
caminando de prisa. No hay tiempo para seguirlo en su marcha, apenas puedo
acomodarme para bajar de nuevo a las piedras del rio. Me faltaban varias horas
caminando rio abajo para llegar al pueblo de San Ignacio, afortunadamente al
bajar no me resbale. Son sorprendentes las piedras en el cauce y el cómo las
aguas con el correr de los años las van moldeando.
Son pocos los lugares arenosos, y el
terreno llano está muy por encima del vado del rio, así que todo dependía de
mí, en el seguir adelante brincando piedras, aunque a veces se movía el tobillo
queriendo lastimarse. Afortunadamente no me Cai. Fueron horas que sirvieron
para que mi mente se olvidara de las situaciones que la intranquilizaban, lo
importante era poner bien los pies sobre la piedra, y llegar sano al destino.
Seguí resoplando y meditando por qué darme esta aventura, y es que de niño lo
hacía, no tenía miedo, visitaba a las familias, me ofrecían comida (Frijoles
con requesón).
En sus casas tenían uno o dos
caballos, igual número de vacas paridas, unos marinitos, cabras, gallinas y los
infaltables perros escandalosos. Ahora los corrales carecen de estiércol, los
han ido limpiando las lluvias, las huertas de frutales lucen descuidadas, las
casas abandonadas. Una cruz seca a punto de caerse que posiblemente fue
enterrado el abuelo, la abuela. Aquellos antiguos campesinos que no se quejaban
de nada, y en el atardecer se recogían a dormir para levantarse con el canto
del gallo. Las nuevas generaciones se mudaron al pueblo, otros se fueron a la
frontera. Muy pocos regresan al lugar en donde ha quedado enterrada su raíz y
su ombligo. Todos como las aguas del rio van cuesta abajo.

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