lunes, 8 de enero de 2024

 

AQUELLOS AÑOS Y EL ABUELO

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México

A veces recuerdo las tardes de mi primera infancia con una claridad asombrosa. Nuestra gran familia en ese momento – ocho hijos, madre/padre, abuela/abuelo, tías, las primas, y muchos más. Mi familia viviendo en esa casa. En la casa había un gran patio. En aquellas tardes, mi madre salía a regar la tierra de la calle y barrer con su escoba en mano, mientras el crepúsculo iba llegando.

Enseguida encendía varios alumbrados (Lámpara de petróleo) A esa hora me mandaba a comprar el pan. El abuelo vivía en la casa de enfrente, y debía mantenerme en silencio tratando de no hacer ruido para que no me enviara a sus mandados a la tienda interrumpiendo mi juego.

Un hombre al que respetaba y me mandaba con su mirada, un hombre que nunca en su vida conoció la ociosidad, y al que la mayoría de las gentes del pueblo lo saldaban reverenciándose a su paso. Para él, la noche era el momento de su descanso, y en ese lapso de tiempo lo aprovechaba para juntarse con sus amigos en una esquina de la banqueta y de ahí, irse al cine. Crecí en una familia dominada por el abuelo, por el que criticaba al que se emborrachaba sin importar que lo justificara por ser día festivo, criticaba al que no trabaja para ganarse el pan.

Salía cada mañana antes de que rayara el sol a los campos a lomo de una mula traída de Africa de 2 metros a la cruz la que pegaba a unos escalones para poder subirse en ella. Fue de esos hombres que le daban toda la confianza a la gente y respetaba la palabra dada, así pensaba.

Aquellos años en infancia donde no le dabas importancia a usar zapatos y corrías descalzo o te balanceabas sobre un columpio, te metías al agua del rio y lanzabas el agua o mirabas despues de lanzar una piedra como los círculos de agua se dispersaban y mueren. Los años idos son los eternos testigos de las alegrías y sufrimiento humano. Los arboles nos ven crecer, lo mismo vieron a nuestros antepasados, observaron cómo se fueron apagando sus vidas, observaron a las abuelas atizar la leña de las hornillas y salir el humo, las vieron arrastrar la escoba por toda la casa y la banqueta, recuerdan las viejas canciones con las que se alegraban.

No hace mucho tiempo había pocos pueblos, no existían carreteras, y esos pequeños pueblos comenzaron a crecer naciendo las ciudades ruidosas. Los grandes árboles fueron cortados para construir casas, los que los cortaron envejecieron sin disfrutar el silencio del susurro del aire entre sus hojas. Hoy todo es ruido, música estruendosa incapaz de curar el alma. Cada momento, incluso la más pequeña, la más sin sentido, así como cada momento alegre de la vida, tienen un gran valor perdurable.

Lavan las penas espirituales, nos traen un ligero soplo de vida, y nos dan un poco de felicidad. Y podemos estar seguros, que nadie desea desperdiciar unos momentos de felicidad. Vamos por la vida corriendo tratando en tropezar con esos momentos. No le quites nunca un juego a un niño déjalo jugar y lo disfrute. En el juego descansa, se vuelve más alegre, más cariñoso, más amable.

En la convivencia de su juego con otros niños vive su inocencia desinteresada, ensancha su alma, y es que la niñez se esfuma en un instante, no obedece a la voluntad humana y no puede ser retenida a la fuerza. Camina a paso rápido y ligero. Llega alegra y se va. Por eso debemos aprender a observar la naturaleza, escucharla para entrar en su corriente de vida y unirnos a la felicidad de la naturaleza.

Quien quiera naturaleza viva, juego alegre, debe liberarse interiormente, extinguir en sí toda tensión, entregarse a ellas con espontaneidad infantil y mantener un ligero equilibrio espiritual, disfrutando de la belleza y la alegría de los seres vivos.

Al igual que cualquier niño pasaban mis dias jugando y cantando entre esas calles llenas de arena con los pies descalzaos y disfrutando el calor de la tierra. Jugué a las escondidas en los rincones de las calles al oscurecer las cuales me sacaban miedo y corría asustado a la primera sombra cerca sin importar fuera la mía.

A los años dejé de jugar y comencé a renegar con los conflictos de la vida, me olvidé de acudir a reposar en los silencios de los bosques, a respirar su aire fresco, a escuchar el canto de los pájaros. Aquellos años en que me sentaba en un tronco de árbol seco a la orilla de un camino disfrutando el silencio, el aire, el calor del día.

Probablemente, los hijos de aquellos pájaros le dejaron el mensaje del niño solitario que se sentaba en ese tronco a contemplar sus nidos y escuchar su canto. El viejo tronco alguien que lo necesitaba se lo llevo y lo hizo leña, o se fue flotando en una copiosa lluvia sobre las aguas. Han pasado los años, pero aún persiste el murmullo de los nuevos pájaros tan angelical como antaño, se deja escuchar en ese silencio que ofrece tranquilidad al espíritu. A los lejos se escucha la campana de la Iglesia llamando a misa. Al frente aparece una vaca mordisqueando la hierba. La vaca se da su tiempo para ir cosechando mordida a mordida su alimento.

De solo regresar y estar sentado en el mismo lugar de cuando era infante siento que vivo la alegría perdida. La vaca levanta su cabeza y se queda mirándome con ojos profundos, en silencio. Ella mira a su alrededor, a sus lados, se cerciora que no exista peligro alguno para continuar con su labor. De pronto parece un ternero corriendo que va hacia ella, se mete entre sus patas y empuja con fuerza para extraer su leche. A ella no le gusta mucho los golpes que recibe, pero los tolera por darle alimento a su hijo. El ternero resopla a cada empuje, la vaca sacude su cabeza. Por fin el ternero la deja en paz y ella continúa alimentándose con toda la calma del mundo.

De pronto la vaca sacude la cabeza, le han picado unas abejas rojas (Totonotas) al recargarse a rascarse en un árbol donde ellas tienen su casa. Sale asustada corriendo y con ella detrás su hijo el ternero hasta que se pierden de mi vista. Está cayendo el sol y con ello entrando el atardecer, el verdor de las hojas se va transformando. Recodé el rio, cuando en este me bañaba, habían pasado muchos zapatos, botas desgastadas para llegar de nuevo allí. No hay necesidad de ir a ningún otro lado y no hay razón para seguir sentado observando.

Ahora los pájaros vuelan buscando su lugar para dormir, se olvidan de sus asuntos de alimentarse, cantar, y revolotear. Van acercándose las horas en donde todos los seres humanos guardan sus celos, rencores, se duermen para que nadie los perturbe, los insultos se guardan para otro día, todos los pensamientos del mal desaparecerán en tales momentos. Sólo el aire y el cielo, sólo las nubes y la oscuridad, sólo la felicidad de que sea tranquila, bondadosa la noche con el durmiente.

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