EL ODIO SE
ADQUIERE
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y
Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
En los días
de infancia nació en mi alma una pasión por vagar por los montes, cantar en la
soledad. El amor por la naturaleza. Vivía en mi mente los cuentos escuchados y
las películas disfrutadas en el cine, Eran sueños feliceses estando despierto
dejando volar la imaginación.
Volaba por
encima de las montañas, atravesaba ríos, arroyos a lomo de mi caballo. Viví los
grandes chubascos y el estruendo de sus rayos en medio de esos parajes, admiré
la libertad de los pájaros, su alegre cantar. Me sentía atraído por los miles
de mariposas que volaban por el camino en los socavones del arroyo de Colompo.
Todo ello
despertaba un sentimiento especial en mi alma. Ese placer hizo que cada vez
iniciara viajes más lejanos del pueblo. En mi tierna alma se albergaba un
corazón amante de la naturaleza. Tuve por primera vez una enciclopedia de seis
tomos en mis manos en me dediqué a leerla con entusiasmo. Allí describían animales
hermosos, su forma de vida y la imaginación volaba a esos lugares.
Por la noche
cerraba los ojos para transportarme en sueños a esas tierras y animales
desconocidos. Escuche a los arrieros y gambusinos hablar del oro, la plata.
Busque literatura, pero estaba escasa en el pueblo. En secundaria pude
conseguirla para entretenerme en leer esas novelas de cazadores,
conquistadores, científicos.
Seguí soñando
con esas grandes aventuras hasta que en mis sueños a los brazos les salieron
alas y salí volando alegremente sobre la tierra observando todo a mi paso. Unos
de los libros que conquistaron mi juventud fue la “Breve historia de México” de
José Vasconcelos, otro lo fue la novela “El Dios de la lluvia llora sobre
México” de Laszlo Passuth y entre cuestión religiosa “La historia de Cristo” de
Giovanni Papinni. A partir de allí vendrían cientos pisándoles los talones.
Las lecturas
me quitaron muchas noches de sueño, pero aún recuerdo el olor de sus viejas
páginas. Empecé a leer fabulosas aventuras, recuerdo que me escondía de la
gente, prefería los rincones apartados y fue hasta que llegué a la biblioteca
de la Universidad Nacional Autónoma de México donde me vi sentado con cientos
de jóvenes que al igual leían en completo silencio.
Hago la
referencia a la Universidad debido a que creía que en todas las Universidades
se respetaba este silencio, pero tuve años despues la mala experiencia de
acudir a la biblioteca de la Universidad Autónoma de Sinaloa y era una fiesta
dentro de ella, desde la empleada dedicada en su mostrador a platicar a viva
voz con otras compañeras de trabajo. En mis primeras lecturas infantiles tuve
la oportunidad de luchar contra los monstros que mi mente invocaba mediante la
imaginación. En los sueños, vi a los caballeros descritos en el libro,
terribles monstruos, peleé con ellos y gané.
Te vas
haciendo viejo y vas olvidando aquellos caballos imaginarios que echaban lumbre
por sus fosas nasales (Belfos), las chicas que rescataban los caballeros
andantes, las hazañas de los Hidalgos, los caminos llenos de maleza y bandidos
esperando la diligencia cargada de oro y plata. Los ejércitos de libertad, los
enemigos de la patria vencidos, las grandes batallas épicas.
Todo eso lo
leía en un rincón alejado de miradas indiscretas. El tiempo nos va borrando
todo, son raros los adultos que conservan ese maravilloso recuerdo, los ratos
felices por ser momentos que solo nos visitan cuando volvemos a sentirnos como
niños.
Es allí donde
vagamos al encuentro de lo ido con aquellas lecturas, las personas que amamos y
se han marchado al eterno oriente, es el sentimiento que se comporta con la
misma capacidad que lo hizo unos años atrás siendo un niño, y su corazón late
con fuerza y alegría. En la preparatoria José Vasconcelos comencé a escribir
por vanidad, codicia y orgullo, deseaba ser admirado por mis compañeros. Creía
que ser escritor me daría esa fama, dinero y el asedio de mis compañeras.
Comencé a escribir sobre lo bueno del amor, el romanticismo. Al ver que no
producía efecto alguna mostré lo malo de la sociedad, los políticos.
Investigue
sus vicios, tranzas, su oculta apariencia y su indiferencia para resolver los
problemas sociales. Los describía con burla, faltos de toda virtud y bondad,
cuyo único sentido de su vida era apoderarse de los recursos públicos al igual
que su familia. Fui elogiado por ello y arrastrado a las luchas estudiantiles.
Trabe
amistades con estudiantes iguales a mi persona y me vi convertido en uno de los
suyos marchando por las calles. Ya no podía mirar hacia atrás para ver el rostro
del escritor romántico ahora estaba en pie de guerra por lo que deje de lado
los versos, prosa para dar paso a las consignas, manifiestos, opiniones
críticas.
Las personas
mayores de mi época lo llamaron el libertinaje de los jóvenes, en cambio nosotros
considerábamos que había llegado el momento en dejar atrás las teorías
socialistas para llevarlas a la práctica. Mi visión de la vida cambio por
completo, los jóvenes tomamos por completo la agenda nacional, fuimos la parte
principal de las preocupaciones de un gobierno corrupto.
Nuestra
misión fue sensibilizar a la gente que se platearan una forma diferente de
vivir ya que poco podíamos hablarles de la pobreza que ellos la vivían en carne
propia. Fueron años en los que escribía con el estómago vacío y con las tripas
pegadas al espinazo por el miedo a ser arrestado por el gobierno que se
divertía destazando jóvenes para desaparecerlos.
Ser un
estudiante comprometido con la sociedad le daba sentido a mi vida, me sentía
satisfecho. Muchos de mis compañeros dijeron somos la juventud de los útiles,
los que la sociedad necesita y no importa que algunos nos valoren como los
malos de la película social. Entre nosotros discutíamos, peleamos, nos
regañábamos, engañábamos, nos comportábamos egoístas, y salíamos a las calles
tomados de los brazos sin importar nuestras diferencias.
En la
Universidad comencé a observar más detenidamente a los políticos, y me convencí
de que casi todos, eran gente inmoral y, en su mayoría, gente mala,
insignificante en carácter -muy inferior al de aquellas personas que leía en
mis libros épicos de la infancia. Ni siquiera conocían la palabra virtud o
decencia. Los estudiantes nos cansamos de este engaño y por extraño que parezca
llegamos a negociaciones con ellos que nunca cumplieron.
Fue así como
comprendí toda esta mentira en la que vivimos, en el rostro y palabras de
santos en campañas. Ingenuamente creí que estaba capacitado para ser maestro,
artista, escritor, poeta nunca imagine que seguiría enfrentándome con lo peor
que ha parido nuestra historia en la sociedad. Al recordar aquella época y
observar los vicios nuevos admiro como se han desarrollado los perversos.
Nunca he
estado arrepentido de luchar en contra de ellos, pero el ánimo me fue
alcanzando al ver cómo llegan sus hijos y reproducen sus vicios aprendidos de
la mano de su padre. Es cuando surge aquel mismo sentimiento de salir a luchar,
pero estoy convencido que la gente cómoda gritara que estamos locos porque
están catequizados que no existe otro tipo de vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario