sábado, 7 de marzo de 2026

 

LA INFANCIA, EN MI PUEBLO

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano – FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

La infancia es como las ondas de un río, a veces tan tranquila como un espejo, a veces con suaves ondulaciones, y a veces con olas impetuosas; la infancia también es como el agua que debemos beber en la vida, a veces dulce, a veces amarga. Mi infancia estuvo llena de alegría, pero también impregnada de tristeza... ¿Quién dice que los niños son despreocupados? En lo personal admito que tenía muchas preocupaciones. Si me pusiera a contar cada una de mis historias en la infancia te garantizo que te reirás a carcajadas. Recordar esos eventos aparentemente insignificantes de la infancia, aunque pequeños, es un recuerdo muy conmovedor.

Gracias a ellos, podemos mejorar continuamente y aspirar a más, creciendo así. La infancia siempre es un recuerdo. Recuerda esos sueños, cuando aprendías a hablar, cuando apenas aprendías a caminar, la primera vez que hablaste ante tus compañeros en el aula, y sentías que orinabas, la primera vez que llamaste a tus padres por su nombre, etc. La infancia es un recuerdo vago para todos, pero a menudo nos esforzamos por encontrar esos recuerdos en nuestra mente. Porque la infancia es una época de días inocentes y despreocupados, una época de corazones ingenuos y sencillos, y el primer punto de inflexión en la vida.

Solo por estas razones, vale la pena vivir la infancia. A menudo recuerdo mi infancia y me pregunto por qué sigo pensando en ella. Después de reflexionar, me doy cuenta de que la naturaleza humana es intrínsecamente buena. No importa lo infeliz o feliz que sea una persona, ver a un niño y sus sonrisas sencillas, inocentes y sinceras la hará sentir mucho más feliz al instante. Al pensar en mi propia infancia y en mi capacidad de encontrar alegría incluso en las dificultades, ¿qué nos puede entristecer? Por ello pienso que no debo permitir que nadie aplaste mi dignidad, y que todo lo malo tendrá su final.

Recuerdo cuando corría por las calles el monte descalzo, cuando corría persiguiendo mariposas y viéndolas revolotear por los callejones del camino al arroyo de Colompo. Recuerdo cuando corría sobre encima de las rocas blancas en el rio para aventarme un clavado, y nadar hasta la orilla creyéndome un nadador profesional en una competencia olímpica, o cuando corría a esconderme en lo más oscuro del callejón porque nos encantaba jugar al bote escondite, y el tú la traes. Recuerdo cuando corríamos a escondernos junto a una niña en ese rincón oscuro con la intención de levantarle la falda sin que nadie nos viera.

Por eso confieso que para mí la infancia nos reconforta el alma, es como un arcoíris después de una tormenta. Es como el resplandor del atardecer, tan memorable; y como un camino sinuoso que te guía a medida que creces. El viento no puede llevarse estos cálidos recuerdos; la lluvia no puede ahogar estas conmovedoras melodías; solo la hermosa luz del sol puede iluminarlos y preservarlos en tu cabeza. La infancia es nuestro sueño futuro.

Por ejemplo: en este momento estan tocando las campanas de la iglesia en la ciudad en donde vivo, y estas campanas me recuerdan las campanas de mi pueblo en mi infancia cuando nos llamaban a misa, y me madre me peinaba poniéndome una vaselina en el pelo para peinarme y llevarme presentable. En aquellos años caminábamos ambos llenos de vida, ella con sus múltiples problemas y yo con mis ingenuidades o inocencias. Desde esa infancia aprendí que el mundo es muy amplio, que el tiempo vuela, que nadie te espera que tus acciones conforme vas creciendo dejan de ser ingenuas, inocentes, y que las imágenes permanecerán en tu memoria.

Aunque el tiempo ha volado sobre mi humanidad, en un rincón de esta humanidad siempre hay un sueño inmutable de mi tierra natal, las dificultades y alegrías de la infancia, los pasos de la infancia, el rostro sonriente del sol rojo brillante entrando en las mañanas por la ventana donde dormía y los secretos de mi infancia que nadie conoce. Soy un viajero incansable de la vida, a través de los altibajos del éxito y el fracaso, mis juegos de la infancia aún conservo aquellos paisajes a los que regreso con la ayuda de mi mente, siendo mi boleto de entrada desgaste en mis sentimientos por lo bueno y malo que permanece en esos rincones oscuros de mi alma.

Aquella a infancia que tendió puentes con mis abuelos, tíos, amigos, y que estuvieron conectados por un tiempo hasta que su camino se rompió y se alejaron de mi vida, pero que su recuerdo permanece conectado a mis recuerdos. “La infancia es un camino que nos aleja de la infancia” La infancia es como si viajáramos en un pequeño bote por el mar, el rio, o en aguas tranquilas, donde tarareábamos canciones y remábamos con alegría.

El agua salpicaba por todas partes, pero seguimos remando incansablemente, aferrándonos a una sola creencia: llegar a la orilla de la juventud. La juventud es como si de nuevo nos embarcáramos, pero ahora en una lancha más frágil en un mar embravecido, pero no nos rendimos, no admitimos la derrota, y por muy amargo o agotador que sea, no derramamos ni una lágrima con sabor a derrota. En nuestra juventud, somos tan fuertes como las osas defendiendo a sus crías. Mi infancia fue emocionante, feliz, fue despreocupada, y placentera.

Por eso considero la infancia que represento en mi vida la alegría y la satisfacción. Tanto que en mis años de estudiante fuera de mi hogar y amigos en mi pueblo me sentía triste, abandonado, extrañándolo todo. Extrañaba mi infancia, sin preocupaciones, sin responsabilidades, sin desamores, sin dolor. Una infancia en contacto con la naturaleza que nos permitía a los niños crecer sanos en un mundo dulce, tan dulce como la nieve que vendía por las calles del pueblo a quien llamábamos “Juanfra” han pasado los años, y no puedo olvidar a mis amigos de la infancia, el vibrante campo de mi feliz infancia.

Esos recuerdos me llenan de alegría, me dejan un sinfín de recuerdos entrañables he inolvidables. Todos ellos han dejado una hermosa huella en mi memoria. De niño en la escuela mis maestros se esforzaban porque amara mi patria, pero en realidad el único lugar que conocía de ella era mi pueblo y sus alrededores por lo que desconocía “Patria, no entendía el himno nacional solo lo repetía con fallas al pronunciar sus estrofas. Los maestros se esforzaban por crear mitos románticos de lo que conocemos como héroes nacionales. Recordar todo esto hace que me conmueva, y no puedo evitar sonreír. Aún recuerdo las canciones infantiles en el kínder acompañadas de un piano “La infancia nos trae mucha alegría y hermosos recuerdos”

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