CLAUDIA SHEINBAUM PARDO
PRESIDENTA ELECTA DE MÉXICO.
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN
ANTONIO.
La persona aprende
administrarse, comprende el estado que guarda dentro de su núcleo de vida, se
ocupa de sus acciones para ello requiere voluntad, postura ante la adversidad,
sensibilidad para enfrentar los retos, controlar deseos, resolver en conciencia
moral general, particular, alimentar su espíritu. La pobreza humana se refleja
en un ser que obtiene puestos por vínculos familiares, personales, venta de
dignidad, esa es la pobreza trivial. La vida con dignidad es asumir la
responsabilidad en su orientación, conciencia digna.
El ser humano, no es un rostro
bonito o feo, sino un centro de poder personal en sus decisiones lo que lo dota
de recursos para ayudar, asociarse, tener una relación en la que participa con
responsabilidad. Es una forma de responder a sus propias necesidades
(Educativas, políticas, económicas, sentimentales, familiares etc. Es una
constante en la que se respeta a si mismo y se auto promueve, eso es lo que le
importa y de lo que se siente responsable. Esta vivo y estimula para
complementarse. Nace con conciencia y aprende su dignidad, se sabe único, irrepetible,
con un rostro.
Gusta de su convivencia, le importa
su núcleo social, suple a los que no encajan con sus ideas y convive con los
que se siente bien, participa de sus gustos, preferencias, colaboración y de
convivencia que no borran, sino que fomentan el perfil inédito en una
personalidad responsable e irrepetible- de cada individuo que participa en
ellos; no es una concesión dispensada desde instancias extrañas de poder. Y
esto es más fácilmente comprensible para la sensibilidad femenina que para la
masculina.
La presencia de mujeres en la
escuela como maestras, o cargos de alta responsabilidad es indispensable, pero
por sí misma no significa necesariamente que los múltiples puntos de vista y
situaciones de las mujeres vayan a estar debidamente representados. Se trata
más bien de que la mujer, tomando como referencia su naturaleza, su capacidad
de servicio, su sensibilidad por lo humano y su creatividad, rescate e impulse
la dimensión ética y social del desarrollo humano.
Y que desde esa perspectiva sean
las mujeres las que, en todos los escenarios de la vida, pública y privada,
enriquezcan la comprensión del mundo y contribuyan eficazmente a dar a éste un
sentido a la medida de la dignidad de cada ser humano. No será una de sus
menores aportaciones recuperar el valor de la vida cotidiana, de los gestos
ordinarios que entretejen el tiempo y los afanes de los seres humanos
concretos. El servicio a los demás en lo ordinario de cada día, en la familia y
en el trabajo, en el ocio y en la participación en la vida de la comunidad, ayuda
a configurar lazos de solidaridad, confiere rostro a las relaciones personales.
En los países en vías de
desarrollo, peligrosamente olvidados por el mecanismo economicista de
Occidente, la pobreza, la inseguridad alimentaria, la degradación medioambiental
y la desestructuración de las familias tienen unos efectos demoledores que
revierten sobre la mujer; especialmente sobre la mujer rural, ya que en las
zonas rurales es donde vive el 70% de la población pobre. La mayor parte de las
mujeres del tercer mundo subsiste y soporta su vida en condiciones de
inferioridad en el orden socioeconómico, educativo, jurídico y político, a la
vez que se halla en una función crítica como productora, madre educadora y
administradora del hogar.
En muchos países, la mujer rural
es el pilar de los sectores agrícolas y de los sistemas alimentarios. En
efecto, la mayoría de la población desfavorecida en el mundo está constituida
hoy por mujeres rurales en los países en desarrollo, las cuales son las últimas
en beneficiarse del crecimiento y el desarrollo económico predominante, o que,
incluso, se han visto perjudicadas por él debido a los cambios en las formas de
producción que han dejado de contar con las posibilidades y necesidades de la
mano de obra no cualificada, y en concreto de la femenina. Las causas y los
efectos de este impacto desigual son indudablemente sistémicos, con
repercusiones de gran alcance para el desarrollo agrícola y rural en su
conjunto, así como para todas las iniciativas de cooperación al desarrollo que
tienen por objeto elevar los niveles de nutrición, mejorar la producción y
distribución de los productos agrícolas, y elevar las condiciones de vida de
las poblaciones más marginadas.
Un desarrollo económico que alcance a estos
sectores de la población mundial, si pretende ser equitativo, eficaz y
sostenible, requiere el reconocimiento expreso de la ingente aportación de la
mujer rural y de la madre de familia que tienen que sacar adelante a los suyos
por medio de actividades informales, y desde graves situaciones de
inestabilidad familiar y social. En un ambiente global de aumento de la
pobreza, de inseguridad alimentaria, de migración del campo, de
desestructuración familiar y de degradación ecológica, es imprescindible
priorizar a la mujer como agente de desarrollo humano y económico, porque a
través de ella es más seguro el aumento de los niveles nutricionales y de
higiene, la mejora de la producción y la distribución de los productos, y la
elevación de las condiciones de vida.
Muy a menudo son las mujeres las
que se ocupan de la subsistencia familiar. Por ello, cuando no tienen acceso a
los recursos productivos es mayor el número de personas que sufre la pobreza y
sus efectos de hambre, desnutrición, falta de salubridad, enfermedades,
carencia de vivienda, desórdenes familiares, incultura.
La mujer del tercer mundo
colabora de modo decisivo en la lucha contra el hambre, la pobreza y la
incultura, y es preciso apoyarla y facilitarle medios para lograr una vida más
estable y un acceso fácil a los recursos: alimentos, servicios de apoyo a la
agricultura y al empleo en general, remuneraciones justas, posibilidad de
participar en tareas de planificación y capacitación, acceso a la tierra, a la
vivienda, a la educación, y al crédito, así como a tecnologías que ahorren o
simplifiquen el trabajo y generen tiempo libre y mayor productividad.
Mejorar el acceso de la mujer a
los recursos y servicios incrementará la productividad agrícola, contribuirá a
un uso más eficiente de los recursos y supondrá un aumento en el nivel general
de bienestar. Y todo ello sin la tradicional discriminación negativa con
respecto al hombre, e incluso por delante de éste, en la medida en que su
aportación es más decisiva.
El progreso de la mujer es el
pivote para lograr un desarrollo sostenible y humano, en todas sus dimensiones:
social, cultural, ética, económica, ambiental. Y pasa por la promoción y el
aumento de la representación y participación de las mujeres, individual y
asociadamente, en los órganos de decisión, lo que implica un cambio importante
de mentalidad. ¿Cuál es el valor añadido de este protagonismo de la mujer? Es
preciso fomentar su participación como sujeto activo de este desarrollo porque
ella es capaz de ver al hombre mejor que el mismo hombre, porque lo ve con el
corazón, en su grandeza y en sus límites, con independencia y al margen de los
sistemas ideológicos y políticos, centrados en la lucha por el poder; porque,
desde su espontánea disposición para la cercanía y para la ayuda, es capaz de
reconocer el rostro concreto de cada ser humano y su valor irrepetible.
Parece llegado el momento, de que las mujeres,
accediendo a la preparación adecuada, vayan haciendo sentir junto al varón su
influencia en la política y, en la promoción del desarrollo y la salud, en el mundo
profesional y, en la educación, los negocios, en la comunidad y en la familia.
Los hombres y las mujeres son por naturaleza diferentes, a la vez que iguales,
y poseen talentos y capacidades diferentes para contribuir a la vida social y a
la política, a la educación familiar y a la organización económica.
De modo especial se requiere la
emergencia de las mujeres en los escenarios de la vida económica y política, y
no sólo en el ámbito de la familia, donde en cierto sentido siempre fueron las
protagonistas. También, evidentemente, en el hogar es necesaria la aportación
de su “genio” junto a la “novedosa” presencia del varón. En muchos aspectos,
las mujeres son el “sexo fuerte”. Lo cual significa que han de ser ellas mismas
para llegar a ser en verdad fuertes, porque su naturaleza lo es. “Pero cada vez
que imitan a los hombres dejan de ser auténticas y, en lugar de adquirir
fortaleza, se ven abocadas a la neurosis y a la frustración.”
Tienen que ser ellas mismas
también en la vida profesional y política, puesto que su modo de actuación, sus
relaciones, el ejercicio de las tareas de dirección y de las labores de apoyo
son netamente diferentes al modo propio del hombre. Y para que esto sea
manifiesto y efectivo es preciso no tener que competir con éste de acuerdo con
reglas hostiles a la mujer y al propio ser humano.
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