MI INFANCIA EN EL
PUEBLO
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y Maestría
en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
No es ningún secreto que a las personas que nacen en los
pueblos, les gusta vivir en la ciudad. Para ellas significa adquirir mayor
experiencia, comodidad, encontrar trabajo, estudiar en una Universidad.
Significa adquirir habilidades sociales, laborales, nuevas competencias. Salen
de su pueblo sin esa experiencia especial y con un cúmulo de recuerdos,
nostalgias, e impresiones imborrables de su tierra natal. Las cargaran en su
vida presente y futura como lo valioso de su pasado. Salen con la idea de conquistar,
de demostrar que pueden ser ese ejemplo de los grandes conquistadores que
regresan como héroes a su pueblo ¿Serán capaces de mantener ese contacto con su
antiguo hogar?
¿Con ese vínculo
inquebrantable que les lleno de amor en su lugar de origen, y en donde fue
enterrado su ombligo? Durante muchos años he recordado la primera vez que mi
abuelo me llevó a la ciudad. Todavía no se comenzaba a construir la carretera.
Como también cuando emigre a la ciudad siendo apenas un niño. De aquellos años,
aun habló de los olores de la cocina, y las hornillas atizadas con leña de mi
madre. Recuerdo como pasábamos la noche en catres durmiendo dos hermanos en
cada uno de ellos, y a veces teníamos que despertar en medio de la noche debido
a que el compañero se orinaba dormido.
Esto, era común en cada hogar del pueblo. Me pregunto, porque
me gusta recordar ¿Qué tenía de mágico mi pueblo? ¿Por qué esa tierra me llama,
y parece decirme que aún está guardado ese lugar para el entierro final de mi
cuerpo? Un pueblo rodeado de montes, cuevas, pero al fin y al cabo un pueblo
pequeño como miles que existen en mi país. Un pueblo en donde la gente no sólo vive allí, sino que también está estrechamente
conectada entre sí.
Todos están emparentados entre sí o son vecinos, o fueron
compañeros de clase. Dondequiera que vayas, conocerás gente conocida. Parece
como si todos a nuestro alrededor fuéramos una gran familia. Esto, parece ser
su magia o es lo suficientemente fuerte para estar conectados los unos con los
otros. Cuando llegué a la ciudad los 12 años de edad, me entristecí, al ver que
nadie se preocupaba por mí, sentía esa extraña sensación de agarrar mis tres
cosas y regresarme de inmediato.
Pero a la vez, pensé, que la ciudad tenía sus ventajas,
podría vestirme con mayor libertad, y compórtame de forma más abierta sin miedo
a la censura tradicional de mi pueblo. No niego que los primeros meses
extrañaba la sensación de calidez de mi gente, añoraba ver los rostros
familiares sonrientes. Aunque quizá no echaba de menos nada en concreto, sino
más bien mis recuerdos de infancia, el ambiente que había en esa época de mi
vida. En cuanto mis impresiones, realmente no me gustaba la ciudad, me parecía
que vivía en un ambiente sin la calidez humana. El calor del ambiente era más
insoportable, tanto que por las noches me subía al techo de la casa para poder
dormir, y durante ese tiempo luchar con los mosquitos.
Me llevo casi dos años adaptarme y encontrar lugares
acogedores en la ciudad donde poder simplemente relajarme. Por ejemplo, en mi
pueblo, había lugares cercanos a mi hogar por los que una persona de ciudad se
asombraría de lo tranquilo y bello de ellos. Las señoras decoraban con macetas
con plantas de flores los frentes de sus casas. En la ciudad, no es así. En el
invierno la ciudad continua con un ambiente caloroso, incomodo, deprimente,
mientras que en mi pueblo hacia un frio atroz. En mi pueblo las distancias que
recorríamos eran cortas, en la ciudad son tan grandes que debía tomar un
autobús para trasportarme. Pero con el tiempo me fui acostumbrando, pero sigo
amando a mi pueblo.
Hoy la ciudad es parte de lo que estoy hecho, me preguntaran
¿Cómo influyó la ciudad en mi desarrollo y qué me enseñó? Pienso que tuvo una
influencia muy fuerte. En mi pueblo, no había mucho entretenimiento, solo un
cine que funcionaba los sábados y domingos para quienes contaban con dinero
para pagar su entrada. Por eso, mis amigos y yo teníamos que entretenernos en
todo nuestro tiempo libre, inventando constantemente nuevas actividades. Esto
es una gran ventaja. Desarrollamos nuestra imaginación y nuestras capacidades
creativas: hicimos representaciones de las películas y creamos nuestros propios
juegos y reglas. Creo que esa libertad y creatividad de mi infancia fue
entonces cuando adquirí muchas de las cualidades que más tarde me ayudarían a
vivir la vida con humor, y alegría.
Los días en los que no teníamos clases en la escuela
primaria, nos reuníamos los amigos del barrio para salir a caminar. Te
despertabas, y ya al lado de tu catre estaba un amigo esperándote para ver cuál
rutina iniciar. En nuestra infancia “No existían conceptos como “límites
personales” y “distancia”. Mis amigos, y yo, teníamos lugares secretos que
todos conocían, y podías ir allí, en cualquier momento y siempre encontrarías
un amigo esperándote para jugar. Durante mi adolescencia el lugar de encuentro
fue una tienda de Francisco Torrero en la entrada del mercado municipal. Al
dueño le decíamos “Tío Kiko”
Era una persona tan amable que nunca nos echaba, ni siquiera
cuando nos reíamos a carcajadas y hacíamos ruido. Otro lugar secreto era, un
callejón con una pequeña loma de tucurubay, como a 20 metros de las casas del
pueblo. Era un lugar tranquilo y discreto que desde la calle no se veía de
ningún modo. También nos reuníamos allí a menudo. A veces nos montábamos en
bicicletas, y recorríamos los caminos vecinales, en resumen, nos lo pasábamos
genial. Bueno, a veces también nos dejábamos caer en lugares generales como la
plaza principal. La casa donde vivíamos estaba a una cuadra de la calle
principal, y en días festivos como el día de San Juan todas las personas
sacaban sus burros, caballos para pasearse, incluso se organizaban carreras de
caballos.
Aquel ambiente parecía
sacado de una película de las que proyectaba en su cine mi tío Amado Loaiza
Larrañaga. Ese día había mucha gente, y animales por las calles. Las gentes de
los ranchos vecinos llegaban a vender sus mercancías por el rumbo del mercado,
y se quedaban a pasar la noche en el pueblo. Esos recuerdos han permanecido
conmigo para siempre. En cuanto a los edificios de gran altura recuerdo que el
primero que vi, lo hice en la ciudad de Culiacán. En mi pueblo, solo existía
una casa abandonada sin terminar de tres pisos de altura cuyos inquilinos
nocturnos eran las palomas. ¿Qué me ha acompañado en mi vida?
Este tipo de recuerdos
asociados entre la ciudad y mi pueblo. - Quizás sea un sentimiento de ligereza
interior, de despreocupación, de infancia. Una agradable brisa vespertina
pegándome en el rostro infantil avisándome del frio en el pueblo, y que al mismo
tiempo me recuerda a la brisa del mar en mi adolescencia. Aquellos olores en la
cocina de mi madre, el rio, el olor a estiércol de las vacas, el despertarte
sin plan alguno para el día, y caminar para donde el huarache apunte. Se te
ocurrirán ideas sobre la marcha acerca de lo que tú y tus amigos van a hacer. Y
no importaba cómo pasáramos nuestro tiempo, siempre estábamos riéndonos, éramos
una pandilla alegre
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