jueves, 20 de marzo de 2025

 

MI INFANCIA EN EL PUEBLO

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

 No es ningún secreto que a las personas que nacen en los pueblos, les gusta vivir en la ciudad. Para ellas significa adquirir mayor experiencia, comodidad, encontrar trabajo, estudiar en una Universidad. Significa adquirir habilidades sociales, laborales, nuevas competencias. Salen de su pueblo sin esa experiencia especial y con un cúmulo de recuerdos, nostalgias, e impresiones imborrables de su tierra natal. Las cargaran en su vida presente y futura como lo valioso de su pasado. Salen con la idea de conquistar, de demostrar que pueden ser ese ejemplo de los grandes conquistadores que regresan como héroes a su pueblo ¿Serán capaces de mantener ese contacto con su antiguo hogar?

  ¿Con ese vínculo inquebrantable que les lleno de amor en su lugar de origen, y en donde fue enterrado su ombligo? Durante muchos años he recordado la primera vez que mi abuelo me llevó a la ciudad. Todavía no se comenzaba a construir la carretera. Como también cuando emigre a la ciudad siendo apenas un niño. De aquellos años, aun habló de los olores de la cocina, y las hornillas atizadas con leña de mi madre. Recuerdo como pasábamos la noche en catres durmiendo dos hermanos en cada uno de ellos, y a veces teníamos que despertar en medio de la noche debido a que el compañero se orinaba dormido.

 Esto, era común en cada hogar del pueblo. Me pregunto, porque me gusta recordar ¿Qué tenía de mágico mi pueblo? ¿Por qué esa tierra me llama, y parece decirme que aún está guardado ese lugar para el entierro final de mi cuerpo? Un pueblo rodeado de montes, cuevas, pero al fin y al cabo un pueblo pequeño como miles que existen en mi país. Un pueblo en donde la gente no sólo vive allí, sino que también está estrechamente conectada entre sí.

 Todos están emparentados entre sí o son vecinos, o fueron compañeros de clase. Dondequiera que vayas, conocerás gente conocida. Parece como si todos a nuestro alrededor fuéramos una gran familia. Esto, parece ser su magia o es lo suficientemente fuerte para estar conectados los unos con los otros. Cuando llegué a la ciudad los 12 años de edad, me entristecí, al ver que nadie se preocupaba por mí, sentía esa extraña sensación de agarrar mis tres cosas y regresarme de inmediato.

 Pero a la vez, pensé, que la ciudad tenía sus ventajas, podría vestirme con mayor libertad, y compórtame de forma más abierta sin miedo a la censura tradicional de mi pueblo. No niego que los primeros meses extrañaba la sensación de calidez de mi gente, añoraba ver los rostros familiares sonrientes. Aunque quizá no echaba de menos nada en concreto, sino más bien mis recuerdos de infancia, el ambiente que había en esa época de mi vida. En cuanto mis impresiones, realmente no me gustaba la ciudad, me parecía que vivía en un ambiente sin la calidez humana. El calor del ambiente era más insoportable, tanto que por las noches me subía al techo de la casa para poder dormir, y durante ese tiempo luchar con los mosquitos.

 Me llevo casi dos años adaptarme y encontrar lugares acogedores en la ciudad donde poder simplemente relajarme. Por ejemplo, en mi pueblo, había lugares cercanos a mi hogar por los que una persona de ciudad se asombraría de lo tranquilo y bello de ellos. Las señoras decoraban con macetas con plantas de flores los frentes de sus casas. En la ciudad, no es así. En el invierno la ciudad continua con un ambiente caloroso, incomodo, deprimente, mientras que en mi pueblo hacia un frio atroz. En mi pueblo las distancias que recorríamos eran cortas, en la ciudad son tan grandes que debía tomar un autobús para trasportarme. Pero con el tiempo me fui acostumbrando, pero sigo amando a mi pueblo.

 Hoy la ciudad es parte de lo que estoy hecho, me preguntaran ¿Cómo influyó la ciudad en mi desarrollo y qué me enseñó? Pienso que tuvo una influencia muy fuerte. En mi pueblo, no había mucho entretenimiento, solo un cine que funcionaba los sábados y domingos para quienes contaban con dinero para pagar su entrada. Por eso, mis amigos y yo teníamos que entretenernos en todo nuestro tiempo libre, inventando constantemente nuevas actividades. Esto es una gran ventaja. Desarrollamos nuestra imaginación y nuestras capacidades creativas: hicimos representaciones de las películas y creamos nuestros propios juegos y reglas. Creo que esa libertad y creatividad de mi infancia fue entonces cuando adquirí muchas de las cualidades que más tarde me ayudarían a vivir la vida con humor, y alegría.

 Los días en los que no teníamos clases en la escuela primaria, nos reuníamos los amigos del barrio para salir a caminar. Te despertabas, y ya al lado de tu catre estaba un amigo esperándote para ver cuál rutina iniciar. En nuestra infancia “No existían conceptos como “límites personales” y “distancia”. Mis amigos, y yo, teníamos lugares secretos que todos conocían, y podías ir allí, en cualquier momento y siempre encontrarías un amigo esperándote para jugar. Durante mi adolescencia el lugar de encuentro fue una tienda de Francisco Torrero en la entrada del mercado municipal. Al dueño le decíamos “Tío Kiko”

 Era una persona tan amable que nunca nos echaba, ni siquiera cuando nos reíamos a carcajadas y hacíamos ruido. Otro lugar secreto era, un callejón con una pequeña loma de tucurubay, como a 20 metros de las casas del pueblo. Era un lugar tranquilo y discreto que desde la calle no se veía de ningún modo. También nos reuníamos allí a menudo. A veces nos montábamos en bicicletas, y recorríamos los caminos vecinales, en resumen, nos lo pasábamos genial. Bueno, a veces también nos dejábamos caer en lugares generales como la plaza principal. La casa donde vivíamos estaba a una cuadra de la calle principal, y en días festivos como el día de San Juan todas las personas sacaban sus burros, caballos para pasearse, incluso se organizaban carreras de caballos.

 Aquel ambiente parecía sacado de una película de las que proyectaba en su cine mi tío Amado Loaiza Larrañaga. Ese día había mucha gente, y animales por las calles. Las gentes de los ranchos vecinos llegaban a vender sus mercancías por el rumbo del mercado, y se quedaban a pasar la noche en el pueblo. Esos recuerdos han permanecido conmigo para siempre. En cuanto a los edificios de gran altura recuerdo que el primero que vi, lo hice en la ciudad de Culiacán. En mi pueblo, solo existía una casa abandonada sin terminar de tres pisos de altura cuyos inquilinos nocturnos eran las palomas. ¿Qué me ha acompañado en mi vida?

 Este tipo de recuerdos asociados entre la ciudad y mi pueblo. - Quizás sea un sentimiento de ligereza interior, de despreocupación, de infancia. Una agradable brisa vespertina pegándome en el rostro infantil avisándome del frio en el pueblo, y que al mismo tiempo me recuerda a la brisa del mar en mi adolescencia. Aquellos olores en la cocina de mi madre, el rio, el olor a estiércol de las vacas, el despertarte sin plan alguno para el día, y caminar para donde el huarache apunte. Se te ocurrirán ideas sobre la marcha acerca de lo que tú y tus amigos van a hacer. Y no importaba cómo pasáramos nuestro tiempo, siempre estábamos riéndonos, éramos una pandilla alegre

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