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CORTAR CIRUELAS Y PITAYAS
A lo largo de los cerros fuimos varias
ocasiones a cortar pitayas y ciruelas llevando dos botes de 20 litros cada
niño, y una vara pitayera. Era un trabajo difícil debido a que los ciruelos son
quebradizos y las pitayas están llenas de espinas, pero lo hacíamos con
cuidado. Era un día largo con salida al amanecer y regreso a la puesta del sol.
Al llenar los dos baldes los cargamos con una vara que poníamos en el hombro
derecho y en cada punta de la vara colgábamos un balde para que equilibrara su
peso.
En muchas ocasiones íbamos a cortar leña para
las hornillas. En una de las vacaciones llegaron dos de mis hermanas con una
estufa transportada en la parte de arriba del autobús con ruta desde Culiacán.
En ese momento pensé que se me acababa el trabajo de cortador de leña, pero al
tiempo me di cuenta que el trabajo seguía vigente ya que en el pueblo no
vendían gas y cada vez que se acaba el cilindro había que esperar varios días
para que mi madre pudiera adquirir uno de un camión que recorría las calles
vendiéndolo.
Gustaba caminar por el monte hasta llegar a un
ojo de agua (Los Tules) en donde bebían agua las vacas y allí nos quitábamos
los huaraches para refrescar los pies y tomar agua. En casa escuchaba a mis
hermanas cuando se juntaban con otras muchachas y causaban un gran alboroto en
su cuarto, pero sinceramente esos eran asuntos que en principio no entendía y
segundo no me interesaban. Imagíname mejor caminar por esos montes con mis
huaraches de tres puntadas, llegar acalorado a ese aguaje con ganas de nadar,
recoger ciruelas, bajar pitayas y limpiarlas con dos palitos comiéndome algunas
y llevándome la otra parte a mi casa.
Siendo adulto, estuve recorriendo esos caminos
con tenis en mis pies. Recorriendo los caminos de la infancia acompañado de los
recuerdos. Pero ya en una vida completamente diferente a la de la infancia: en
el pueblo. Aquellos años en los que la gente no le daba tanta importancia a la
apariencia, y a los estudiantes que regresaban de la ciudad nos catalogaban
como libertinos, vagos y unas cuantas palabrotas, sobre todo si nos veían por
la noche vagar por una de las calles consumiendo cerveza con los amigos.
Los estudiantes creíamos como si fuera
obligación juntar un poco de dinero y destinarlo a comprar cerveza creyendo que
esa era la vida de un estudiante y no se debería de criticar por ello. Aclaro
que no éramos los únicos, tanto jóvenes de nuestra edad que no estudiaban y los
adultos que vivían en el pueblo eran muy propensos a este tipo de embriaguez.
Comenzaba el tiempo del consumo de las drogas siendo preferente entre ellas la
marihuana, y algún despistado consumía pastillas psicotrópicas llamadas
“Chochitos”
Unos días antes del regresar al pueblo, me
preguntaba ¿Cómo seguía la embriaguez de los jóvenes, el consumo de drogas, la
moral? Suspiré, luego me detuve y me prometí no pensar más en cosas malas. Para
ser honesto tuve la intención en esa fecha de no regresar debido a que se
celebraba la semana Santa y los jóvenes se vuelven locos consumiendo cerveza.
Recordé a un niño delgado quien me acompañaba a cortar ciruelas y pitayas, su
madre no sabía de él si comía o vivía.
Un niño miedoso con cara tímida quien me
esperaba a salida de la casa para acompañarme arriar las vacas al potrero. Con
él, sostenía largas conversaciones mientras caminábamos por el sendero. Incluso
me aseguro que cumpliendo unos años más (15 años) se iría para el norte
(Estados Unidos) Le pregunté su ¿Por qué? Si aquí se vive muy a gusto. Es
posible que no supiera ni siquiera ¿Dónde quedaba ese norte que mencionaba,
mucho menos la distancia a recorrer? Creía que estaba pasando el rio y unos cuantos
metros más, pero por lo visto acariciaba esa posibilidad para cambiar de vida,
ya que observaba que los que regresaban de Estados Unidos traían camionetas
nuevas.
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