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REFLEXIÓN SOBRE MI VIDA (PARTE
SEÍS)
En los días de infancia nació en mi alma una
pasión por vagar por los montes, cantar en la soledad. El amor por la
naturaleza. Vivía en mi mente los cuentos escuchados y las películas disfrutadas
en el cine, Eran sueños feliceses estando despierto dejando volar la
imaginación. Volaba por encima de las montañas, atravesaba ríos, arroyos a lomo
de mi caballo. Viví los grandes chubascos y el estruendo de sus rayos en medio
de esos parajes, admiré la libertad de los pájaros, su alegre cantar. Me sentía
atraído por los miles de mariposas que volaban por el camino en los socavones
del arroyo de Colompo.
Todo ello despertaba un sentimiento especial en
mi alma. Ese placer hizo que cada vez iniciara viajes más lejanos del pueblo.
En mi tierna alma se albergaba un corazón amante de la naturaleza. Tuve por
primera vez una enciclopedia de seis tomos en mis manos en me dediqué a leerla
con entusiasmo. Allí describían animales hermosos, su forma de vida y la
imaginación volaba a esos lugares. Por la noche cerraba los ojos para
transportarme en sueños a esas tierras y animales desconocidos. Escuche a los
arrieros y gambusinos hablar del oro, la plata. Busque literatura, pero estaba
escasa en el pueblo. En secundaria pude conseguirla para entretenerme en leer
esas novelas de cazadores, conquistadores, científicos.
Seguí soñando con esas grandes aventuras hasta
que en mis sueños a los brazos les salieron alas y salí volando alegremente
sobre la tierra observando todo a mi paso. Unos de los libros que conquistaron
mi juventud fue la “Breve historia de México” de José Vasconcelos, otro lo fue
la novela “El Dios de la lluvia llora sobre México” de Laszlo Passuth y entre
cuestión religiosa “La historia de Cristo” de Giovanni Papinni. A partir de
allí vendrían cientos pisándoles los talones. Las lecturas me quitaron muchas
noches de sueño, pero aún recuerdo el olor de sus viejas páginas. Empecé a leer
fabulosas aventuras, recuerdo que me escondía de la gente, prefería los
rincones apartados y fue hasta que llegué a la biblioteca de la Universidad
Nacional Autónoma de México donde me vi sentado con cientos de jóvenes que al
igual leían en completo silencio.
Hago la referencia a la Universidad debido a
que creía que en todas las Universidades se respetaba este silencio, pero tuve
años despues la mala experiencia de acudir a la biblioteca de la Universidad
Autónoma de Sinaloa y era una fiesta dentro de ella, desde la empleada dedicada
en su mostrador a platicar a viva voz con otras compañeras de trabajo. En mis
primeras lecturas infantiles tuve la oportunidad de luchar contra los monstros
que mi mente invocaba mediante la imaginación. En los sueños, vi a los
caballeros descritos en el libro, terribles monstruos, peleé con ellos y gané.
Te vas haciendo viejo y vas olvidando aquellos
caballos imaginarios que echaban lumbre por sus fosas nasales (Belfos), las
chicas que rescataban los caballeros andantes, las hazañas de los Hidalgos, los
caminos llenos de maleza y bandidos esperando la diligencia cargada de oro y
plata. Los ejércitos de libertad, los enemigos de la patria vencidos, las
grandes batallas épicas. Todo eso lo leía en un rincón alejado de miradas
indiscretas. El tiempo nos va borrando todo, son raros los adultos que
conservan ese maravilloso recuerdo, los ratos felices por ser momentos que solo
nos visitan cuando volvemos a sentirnos como niños.
Es allí
donde vagamos al encuentro de lo ido con aquellas lecturas, las personas que
amamos y se han marchado al eterno oriente, es el sentimiento que se comporta
con la misma capacidad que lo hizo unos años atrás siendo un niño, y su corazón
late con fuerza y alegría. En la
preparatoria José Vasconcelos comencé a escribir por vanidad, codicia y
orgullo, deseaba ser admirado por mis compañeros. Creía que ser escritor me
daría esa fama, dinero y el asedio de mis compañeras. Comencé a escribir sobre
lo bueno del amor, el romanticismo. Al ver que no producía efecto alguna mostré
lo malo de la sociedad, los políticos.
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