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REFLEXIÓN SOBRE MI VIDA
A veces
recuerdo las tardes de mi primera infancia con una claridad asombrosa. Nuestra
gran familia en ese momento – ocho hijos, madre/padre, abuela/abuelo, tías, las
primas, y muchos más. Mi familia viviendo en esa casa. En la casa había un gran
patio. En aquellas tardes, mi madre salía a regar la tierra de la calle y
barrer con su escoba en mano, mientras el crepúsculo iba llegando. Enseguida
encendía varios alumbrados (Lámpara de petróleo) A esa hora me mandaba a
comprar el pan. El abuelo vivía en la casa de enfrente, y debía mantenerme en
silencio tratando de no hacer ruido para que no me enviara a sus mandados a la
tienda interrumpiendo mi juego.
Un
hombre al que respetaba y me mandaba con su mirada, un hombre que nunca en su
vida conoció la ociosidad, y al que la mayoría de las gentes del pueblo lo saldaban
reverenciándose a su paso. Para él, la noche era el momento de su descanso, y
en ese lapso de tiempo lo aprovechaba para juntarse con sus amigos en una
esquina de la banqueta y de ahí, irse al cine. Crecí en una familia dominada
por el abuelo, por el que criticaba al que se emborrachaba sin importar que lo
justificara por ser día festivo, criticaba al que no trabaja para ganarse el
pan. Salía cada mañana antes de que rayara el sol a los campos a lomo de una
mula traída de Africa de 2 metros a la cruz la que pegaba a unos escalones para
poder subirse en ella. Fue de esos hombres que le daban toda la confianza a la
gente y respetaba la palabra dada, así pensaba.
Aquellos años en infancia donde no le dabas
importancia a usar zapatos y corrías descalzo o te balanceabas sobre un columpio,
te metías al agua del rio y lanzabas el agua o mirabas despues de lanzar una
piedra como los círculos de agua se dispersaban y mueren. Los años idos son los
eternos testigos de las alegrías y sufrimiento humano. Los arboles nos ven
crecer, lo mismo vieron a nuestros antepasados, observaron cómo se fueron
apagando sus vidas, observaron a las abuelas atizar la leña de las hornillas y
salir el humo, las vieron arrastrar la escoba por toda la casa y la banqueta,
recuerdan las viejas canciones con las que se alegraban.
No hace mucho tiempo había pocos pueblos, no
existían carreteras, y esos pequeños pueblos comenzaron a crecer naciendo las
ciudades ruidosas. Los grandes árboles fueron cortados para construir casas,
los que los cortaron envejecieron sin disfrutar el silencio del susurro del
aire entre sus hojas. Hoy todo es ruido, música estruendosa incapaz de curar el
alma. Cada momento, incluso la más pequeña, la más sin sentido, así como cada
momento alegre de la vida, tienen un gran valor perdurable.
Lavan las penas espirituales, nos traen un
ligero soplo de vida, y nos dan un poco de felicidad. Y podemos estar seguros,
que nadie desea desperdiciar unos momentos de felicidad. Vamos por la vida
corriendo tratando en tropezar con esos momentos. No le quites nunca un juego a
un niño déjalo jugar y lo disfrute. En el juego descansa, se vuelve más alegre,
más cariñoso, más amable.
En la convivencia de su juego con otros niños
vive su inocencia desinteresada, ensancha su alma, y es que la niñez se esfuma
en un instante, no obedece a la voluntad humana y no puede ser retenida a la
fuerza. Camina a paso rápido y ligero. Llega alegra y se va. Por eso debemos
aprender a observar la naturaleza, escucharla para entrar en su corriente de
vida y unirnos a la felicidad de la naturaleza. Quien quiera naturaleza viva,
juego alegre, debe liberarse interiormente, extinguir en sí toda tensión,
entregarse a ellas con espontaneidad infantil y mantener un ligero equilibrio
espiritual, disfrutando de la belleza y la alegría de los seres vivos.
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