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EL ANCIANO ENFERMO
A la edad de once años, todos los días me subía
a una bicicleta y recorría los caminos vecinales con mis amigos. Visitábamos la
labor, San Juan, las lajas. No existía el puente en el rio. Quince años
después, me encontré nuevamente en estos caminos, manejando un auto. El
pensamiento de lo que haría ahora me llenó de una alegría inesperada, era el
enfrentarte con el pasado, el yo actual y lo que significa puesto que ya no soy
la misma persona, ni están a mi lado los amigos con sus bicicletas. Conduje
lento para saborear el panorama, noté que el camino se convirtió en carretera,
ya no era la misma la habían ensanchado.
Veía los viejos bordes del antiguo paredón los
cuales no habían cambiado en absoluto, solo se destruyeron secciones del
camino, pero prácticamente el trazo seguía siendo el mismo. Ello me consuela
por su similitud de dónde vengo y a donde he llegado. De hecho, a veces pienso
que no hice nada más en mi vida, sino que solo caminé este segmento de un
camino que no lleva a ninguna parte, y regresé a cruzar el rio que tanto
anhelaba hacerlo ahora por un puente. Sin embargo, no podía engañarme, eso
sucedió varios años atrás, si bien es cierto al observar estos caminos y montes
me da la certeza de que tenemos un país muy rico, pero a la fecha ha sido mal
manejado a través de su historia y gobernantes y su realidad es que la mayor
riqueza son sus personas.
Con
gente como la nuestra, cualquier dificultad es fácil de arreglar, y no exagero.
En aquellos años fui testigo de la quema de la bomba de agua que suministraba
al pueblo y nada sucedía, todos nos poníamos actuar regresando a nuestro
antiguo esquema: Abriendo las norias de nuevo en las casas, sacar los botes de
20 litros adaptándolos a los burros y acarrear agua durante el tiempo que fuera
necesario. Cuando existía una planta de luz y se quemaba pasábamos meses sin
este servicio, pero eso no aminoraba el ánimo, sacábamos alumbrados de
petróleo, nos acostábamos más temprano, y listo (El cine continuaba funcionado puesto
que tenía su propia planta de gasolina).
Llegaba
un enfermo al hospital y el médico se había ido toda la semana, de inmediato
recurrían a Raúl Vega quien, sin estudios académicos, pero sí de autodidacta
daba mejores resultados que el médico pasante que enviaban al pueblo a hacer su
año de servicios social. Los balaceados, picados por víboras, partos, lograba
que sobrevivieran. La vida nos va tirando por esos caminos y de estar un día
jugando con el barro pasas a caminar por calles pavimentadas. La vida nos va
llenando de ideas para en determinado tiempo parar y comenzar a secarnos como
los manantiales hasta quedar secos por completo y en donde el cuerpo no puede
saciar su sed desde la mente.
En una de aquellas tardes siendo un infante
estaba sentado en la banqueta de la casa cuando desde el camino que baja del
monte traían dos hombres en una camilla improvisada a un anciano enfermo y una
anciana los acompañaba gimiendo de dolor. Los seguí una cuadra hasta la casa de
Raúl Vega quien estaba casado con Delfina Torróntegui (Aclaración: En la misión
Jesuita de San Agustín nació una niña a quien bautizaron como Delfina
Torróntegui, ambas eran hijas del mismo padre y de la misma edad). Escuché a
Raúl, que les dijo métanlo y acomódenlo en esa cama. La anciana rodeo al
enfermo con su brazo como si con ello lo estuviera protegiendo. Observé que
traía la ropa mojada, despues supe que lo trajeron por el arroyo de Colompo y
en esa época corría con buena agua.
Raúl estuvo preguntando como si fuera un gran médico,
yo estaba parado en la puerta escuchándolos. Les explico los riesgos y la
solución siempre con calma, le desnudo el brazo aplicándole un suero. El
anciano se doblaba de dolor. Todo estaba encajando bien, me dije él lo sacará
del problema, lo salvará ¿Cuántos habrá salvado este personaje, y murió sin ser
un héroe, incluso ya nadie lo recuerda? Su único defecto fue que no tenía un
título Universitario como otros que lo obtienen y se dedican a lucrar o matar
fetos.
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