viernes, 29 de diciembre de 2023

 


AMAR LO CABALLOS

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Médico Veterinario Zootecnista FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
Tan pronto como veo un caballo me acuerdo de mis juguetes. Tuve varios de madera con diferente rostro y el cuerpo siempre fue el mismo “Un palo de escoba” Los caballos eran mi pasión de niño. Comencé montando burros por el miedo que mi padre tenía a que un caballo me tumbara y matara, pero con el tiempo si no mal recuerdo a los 8 años en edad ya montaba caballos, así que desde muy pequeño supe lo que es ese placer, y me hizo muy feliz. Son animales fabulosos, creo que los mejores del mundo, debido a que despiertan un sentimiento indescriptible el acariciarlos y te estén mirando con sus grandes ojos cerca de tu rostro.
En una ocasión mi madre me llevo al circo, a la edad de cinco años y me compro una foto que uno de los empleados del circo tomaba, montado en un elefante (Lo sé por la foto que conservo). En mi casa, y en la de mi abuelo paterno siempre hubo caballos, mulas, machos. Con el producto de mi trabajo llevando las vacas y trayéndolas del potrero, vendiendo cuajadas y gallinas por el pueblo pude comprarme varios burros, los cuales los cambié por un caballo al que bauticé como “Huijolo”- (Significa guajolote).
Me encantaba montar caballos altos, sobre todo que fueran rápidos para correr. Me molestaban las mulas y burros por su trote disparejo. En muchas ocasiones para ir a bañarnos al arroyo de Colompo, lazábamos burros que andaban sueltos, y los jineteábamos hasta que se rendían. Varias veces me tumbaron, incluso uno de ellos corrió conmigo hacia el monte en donde estaban las cucas (Ramas muy espinosas) y termine con la camisa rota y el lomo rayado por las espinas.
No niego que a veces me asustaban, sobre todo los caballos cuando se paraban sobre sus patas traseras o reparaban con la intención de bajarme de su lomo. Me derribaron muchas veces, pero afortunadamente sin consecuencias. Por mucho que batallara con alguno de ellos no dejaba de amarlo, y no me daba miedo montarlos. Mi amor por los animales es asombrosamente increíble. Comenzó en la infancia con mis gallinas, gallos de pelea, perros, burros, caballos, vacas, becerros.
Me sentí pleno cuando compré mi primer caballo. Podría pasar horas observando y admirando la gracia y facilidad de movimiento de este enorme animal. No me disuadieron las múltiples caídas desde el lomo de este caballo al principio mientras montaba a pelo, y se resistía dando fuertes reparos. Despues vino la recompensa, ya que a lomo de este animal que corría como el viento me sentía libre, me olvidaba de todo.
En la actualidad se le ha dado mucho énfasis sobre el impacto positivo de los caballos en la salud de las personas, tanto física como psicológica. A, aparecido la hipoterapia para trabajar con niños con discapacidad (autismo, parálisis cerebral, retraso mental, trastornos nerviosos, enfermedades mentales). Yo, solo me dedicaba a montar de forma habitual, sin darle importancia a mi retraso mental. La comunicación con los caballos es de gran utilidad para los niños.
Un animal sensible, amable, no curará al infante, pero aliviará significativamente la manifestación de una enfermedad grave. ¿A qué se debe? Los músculos de la espalda de un caballo en movimiento se calientan y masajean los músculos de las piernas del jinete, mejorando el flujo sanguíneo, lo que promueve el flujo sanguíneo al cerebro. La interacción sensitiva con el caballo también ayuda psicológicamente.
El solo montarle y sentirse seguro en su lomo (Caballo mansito) inmediatamente te relajas. Para mí, montar a caballo me ayuda a ganar energía, buen humor, sensación de libertad y soledad con la naturaleza. A veces quieres silencio) En mi infancia los acariciaba, me daba la sensación de felicidad. Lo rescatable es que nunca renuncias a dejar de amarlos. Los caballos son mi necesidad, mi inevitabilidad. Creo que desde niño desarrolle esta obsesión por los caballos. Dibuje cientos en mis cuadernos de primaria. En mi memoria hay algunos recuerdos de cómo en el pueblo mi abuelo, mi padre, mi tío Fernando salían al campo montados.
Para ellos cuidarlos era algo especial. En las casas vecinas de mis amigos también había caballos y vacas. La infancia la pase sobre su lomo en paseos, viajes por las rancherías circunvecinas, el ir a traer las vacas, llevar los caballos al rio y bañarlos, todo este tipo de cosas. Estuve presente, cerca de los caballos debido a que en todo ayudaba. A los 11 años conocí a una niña en la primaria que me llamo la atención debido a que su papa tenía varios caballos hermosos y en mi mente soñaba que si me casaba con ella sería e.
El día que un caballo me tumbo en el monte, este animal regreso solo a la casa, mi madre estaba desesperada según me dijo cuándo me vio llegar con el pantalón roto. Le hizo un escándalo a mi papa. Mi padre solo se rio, ya que en su experiencia personal desde niño tuvo muchas de estas caídas. Mi padre paso toda su vida a lomo de un caballo. Lo que más me gustaba es que los rancheros me vieran montando mi caballo y me lo elogiaran.
El primer dia que lo compre, mi padre me ordeno que no lo montara hasta que él lo desbravara por lo que seguí su consejo a medias, es decir a escondidas de su vista me le monte varias veces. Mi padre fue un excelente jinete, lo vi varias veces montando toros briosos. El primer día que el caballo llego al corral de mi casa desde mi ventana pasaba los dias, minuto a minuto lo que estaba haciendo el animal en el corral

No hay comentarios:

Publicar un comentario