miércoles, 20 de diciembre de 2023

 

EDUCACIÓN

LARRAÑAGA TORRÓNTEGU RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en desarrollo humano FESC Universidad Nacional Autónoma de México.

ENTRE más profundo es el escrito, más grande es la duda en el lector. ¿Crítico para hablar? No lo creo. Yo soy ejemplo de ello: intento tenaz de muchas cosas, aunque ninguna plenamente exitosa todavía. Y puede que no esté tan mal. Al fin y al cabo, ¿quién tiene una formación así?

Las recomendaciones de mis maestros eran: “Estudia para que tengas futuro”, y seguí estudiando. ¿No es acaso curioso que a todo tipo de formación universitaria o terciaria se le llame “carrera”?

Una carrera con una meta clara, con competidores, con jueces que arbitran. Sí, sí, ahora que lo pienso bien, eso es claramente una carrera. “Seguí una carrera”. Seguí en carrera (en la sociedad), quizás eso quería decirme subliminalmente el maestro. Porque los títulos son de algún modo rótulos, sellos, identificaciones para distinguir con facilidad en que le puedes ser útil al mundo. A ver de qué molde vienes, a ver para qué sirves.

En fin, no es objeto de este escrito el polemizar acerca del alcance de un título en la vida cotidiana, pero sí quizás reflexionar acerca de la sobreestima que se le tiene al futuro “profesional” en el mundo actual. “Dime qué estudias y te diré quién eres”. Y si no estudias probablemente no eres, y si estudias y no tiene compadres tu papá en el gobierno, tampoco eres. En esos términos se maneja el inconsciente colectivo.

Estudiar te da futuro, te ayuda a crecer, a pensar, te forma. ¿Es tan así realmente? ¿De dónde proviene esa valoración excesiva del estudio? La educación, en todos sus niveles, es en cierto modo un elemento indispensable de dominación y de poder; puede que por allí encontremos una pista. Vivimos peleando por una educación pública y la libre accesibilidad para todos, como si eso asegurara independencia, capacidad de reflexión u opinión, o emancipación racional.

Basta un plan para dominar a cierto sector; a otros, más toscos, es necesario engañarlos un poquito mejor, más sutilmente. De eso se trata, sospecho. Y créanme, no hay dominado peor que el que cree no serlo.

Siento, de todos modos, que me escapo una y otra vez por las ramas, aproximándome a cuestiones y temas que no son dignos de ser tomados a la ligera y que por sus intereses personales de muchos líderes sindicales los haga sudar gordo. Intentaré hablar de situaciones más terrenales, dejando de lado poderíos o imperios que ni siquiera somos capaces de imaginar (o constatar).

Si de carreras hablamos, entonces, alcanzar un título sería una especie de paridad, un empate con todos aquellos que igualmente llegan a la meta; esto, con toda la mediocridad que conlleva un empate. Un empate es no tener ni siquiera la identidad necesaria para perder, es resignarse y saberse igual a otro. Es ir a lo seguro, es resignar el triunfo por temor a la derrota.

Ese es el perfil profesional: moverse en un rango que no permite innovar demasiado, pero asegura el “no fracaso”. Al estudiar, de todos modos, no siempre se es consciente de todo esto, y después de varios años de quemar pestañas, uno empata (si termina) o se empantana en el camino. Cuelgas el título y, entonces sí, a buscar chamba en lo que sea. Y al fin y al cabo, terminar empatado o no terminar es casi lo mismo, ¿no?

El maestro, entre sordo y escéptico, me diría ahora: “Pero ¿qué propones entonces? La cosa ya funciona “así”. Totalmente cierto, señor, y lamento defraudarlo, pero no voy a proponer nada. A veces con señalar algo es suficiente para que ese algo se redimensione o cambie su sentido. Yo estudié largamente una carrera universitaria, y aunque suene contradictorio, no me arrepiento de ello. Fue allí donde adquirí este pensamiento crítico y la total certeza de que la verdadera carrera transcurre afuera, una que realmente se puede ganar.

Lo positivo de la educación universitaria se obtiene, a mi juicio, cuando uno descubre todo lo que ella no contiene, todo lo que el sistema deja de lado, que es, paradójicamente, lo que te destacará como profesional. Por eso, maestro amigo, no invito a desertar, sino a “insertar”: insertarle a ese molde todo lo que a uno lo hace una persona particular, inquietudes, elementos constitutivos de la personalidad y el estilo. Claro está, es indispensable tener una mirada transgresora, un pensamiento superador.

Para vivir tranquilo, el molde es ideal, de hecho, ese es su objetivo. Pero si se quiere dejar algún rastro de existencia en este mundo, quizás sea necesario romper un poco con todo ello. Y eso que lejos estoy de ser un rebelde y/o revolucionario, o mejor dicho, lejos estoy de ser un rebelde tal y como los conocemos.

¿Será que un verdadero rebelde transgresor es aquel que va inclusive en contra de aquellos que se autoproclaman rebeldes? A pensarlo… Para desempatar, entonces, busquemos ganar. Los pantanos sólo se atraviesan con voluntad, y la voluntad no nada más es esfuerzo.

No vengan con el cuento de que con esfuerzo todo se logra; el esfuerzo sin dirección no sirve de nada. La voluntad es apertura, es querer, es saber. Saber donde se quiere ir, o en su defecto, al menos saber donde no se quiere ir.

Señoras, señores, a renunciar a los actos forzados y a renunciar a hacer las cosas por inercia, sólo porque todos las hacen. Para encontrar la verdadera vocación, es indispensable admitir previamente cuáles no lo son. Con el “empate” asegurado, ¿será tiempo de intentar ganar?

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