viernes, 19 de julio de 2024

 


MAZATLÁN, SINALOA, MÉXICO. “OLAS  ALTAS”

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Maestro en Literatura Inglesa en la Universidad Interamericana del Norte.

 Una tarde me encontré a la orilla del océano, en uno de esos lugares tan propicios para la reflexión. Estaba pensando en la pérdida de años, vida, familia, amigos, amores, en lo abarcadora y omnipresente que es el recordar. Y que, a pesar de su inevitabilidad, en nuestra sociedad hay tan poco espacio y permiso para preocuparse y llorar por las pérdidas, grandes y pequeñas. En cambio, escuchamos llamados constantes a “La voy sobrellevando, hay que aguantar, la vida es bella, hay que soportar las buenas y disfrutar las malas, ignorar muchas cosas centrarte en lo bueno, en los momentos feliceses, dejando atrás lo oscuro”, “sobrellevarlo” o “aguantar”, a “soportarlo, a ignorarlo, y centrarse en lo positivo”

 Cuantos, y cuantos anhelos, los que oscurecen por completo el papel de lo que llamamos vida entre anhelos y esperanzas, pérdida de vidas cercanas, adaptarnos a ello, no permitir que nuestra mente nos gane y controle en la desesperación. Esa tarde frente al gran océano, me daban ganas de llorar sin motivo, o por las pérdidas que en ese instante recodaba. Eran momentos propicios de llorar por todo y por nada, pero al reflexionar me dije que no podía llorar por lo que aún no había perdido.

 Hay ese algo en el mar que nos orilla a la nostalgia y contribuye de inmediato a la reflexión y a la tristeza. Recuerdo claramente cómo, siendo adolescente, me sentía atraído por la orilla del mar, como si sólo con pararme a contemplar el atardecer y sus olas sentía la pureza de mi alma sin recuerdos tristes ni lagrimas saladas. En aquellos años me bastaba con quitarme la camiseta para introducirme en sus aguas, y jugar con la espuma de sus olas. Esa tarde al desviar mi mirada observe a un niño corriendo por la arena emocionado, y su madre detrás suya. El niño corría y de repente se paró para observar la arena, levantar agua con sus pequeñas manos. Estaba descubriendo el agua de mar, la arena, los pequeños animales que entran y salen expulsados por las olas como muchos años tras lo hice.

 El niño enseguida se dio a la tarea de corretear aves playeras emocionado, perseguía a las zancudas y pequeñas creyendo lleno de esperanza que atraparía alguna. No cabe duda, quede sorprendido por la dedicación que el niño le ponía a su juego haciéndome recordar mis aventuras en esa misma playa, con diferente arena, y pájaros. Aquellos años cuando siendo un casi niño removiá la arena con mis manos excavando. Me quede parado observando a madre e hijo por un rato, más mientras la madre cansada corría detrás de su querido hijo, y este incansable no paraba. El niño gritaba, saltaba, exploraba la arena, el agua, el lugar en donde se encontraba su madre cuidándolo, yo en cambio estaba absorto con la magia del lugar y ese espectáculo que me llevaba a mis años mozos.

 Pronto me di cuenta de que estaba ocupado implementando una idea completamente nueva, recordando como dedicaba parte de ese tiempo a construir un castillo de arena que las olas en un momento me quitaban. Como podía ser de otra forma pensé “El mar siempre recupera sus pertenecías” Mis castillos de arena quedaron guardados en mi corazón, en ese lugar especial que llamamos recuerdos. Crecí y aquellos castillos de arena se convirtieron en la encarnación perfecta de lo que uno construye con sus propias manos lleno de ilusiones y esperanzas y se va perdiendo.

 El castillo es como un sueño que se construye en la arena de la playa en donde no importa cuán magnífico sea un castillo u otra obra, no importa cuánto tiempo, esfuerzo y pasión pongas en crearlo, una cosa es inevitable: ¡no durará mucho! Eventualmente será arrastrado por una ola o absorbido por la marea. Son como los sentimientos por las personas que los vamos construyendo y son arrastrados por los conflictos, el tiempo, pasiones, y que por mucho que te esfuerces terminas por perderlos. Seguimos esforzándonos por crear nuestras obras maestras y luego las entregamos a las personas que amamos, pero como las olas del mar entran en su propio juego y viene esa inevitable perdida.

 Observe que el niño construyo con arena una pequeña barda, y creo que llegue a pensar que el niño creía que había construido una verdadera obra de ingeniería, que era de lo mejor su castillo con sus torres a los lados, su decoración con unas cuantas conchas. Fue entonces que miré al horizonre mis ojos y la vi venir. Aquella ola más alta que las demás, y se acercaba muy rápido, más de lo que el niño y su madre podían suponer. La ola reventó sobre la arena y extendió su agua cubriendo de inmediato su castillo.

 Lo destruyo todo, sin piedad alguna. La arena de la playa quedo como si nunca hubiera existido ese castillo. El atónito niño estalló en sollozos desesperados al ver su palacio cuidadosamente construido arrasado ante sus ojos. Sin embargo, algo malo sucedió, y es que su madre inmediatamente levantó al niño y comenzó a reprenderlo con irritación: “Si, sigues llorando te llevare a casa” alcance a escuchar.

 

El hecho es que a ese niño no le estaba autorizado como a mí el llorar en la playa, frente al mar, quizás porque el mar ya tiene suficiente con sus aguas saladas como para recibir unas cuantas lagrimas salobres. Cerca una pareja de jóvenes enamorados se besaba, y ante esto me dije el mar no es para todos, un lugar para la nostalgia o llorar. Siempre hay otros lugares para recordar, llorar solo es cuestión en que nos llegue ese momento que nos marca las penas del alma, y como las olas del mar destruiremos nuestros castillos de arena construidos en el corazón con hojas de esperanza.

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